FICHA TÉCNICA



Título obra La fiera del Ajusco

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección Marta Luna

Elenco Ángeles Marín, Josefina Echánove

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La fiera del Ajusco de Víctor Hugo Rascón Banda, dirige Marta Luna]”, en Siempre!, 2 octubre 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de octubre de 1985

Columna Teatro

La fiera del Ajusco de Víctor Hugo Rascón Banda, dirige Marta Luna

Rafael Solana

Como el poeta lírico, como el novelista, como el dramaturgo, el crítico, que después de todo ejerce también un género literario, se ve a veces constreñido a confesarse, a poner algo de sí mismo en su escrito, a desnudarse delante de sus lectores; el caso se vuelve más transparente cuando tiene que optar, entre varias posibilidades, por alguna hacia la que inclina su preferencia. ¿Con cuál se queda de varios compositores, por ejemplo, que hayan puesto música al mismo libro? ¿Con Berlioz, con Gounod, con Boito? ¿Con cuál de varios novelistas que hayan relatado la misma noche? ¿Con Spota, con la Poniatowska? ¿Quién dirá que estuvo mejor en narrar cierto episodio arrancado de las planas rojas, Spota, o Sergio Magaña?

Hoy tiene la impresión el cronista de haber visto, en un taller académico, a una misma modelo que posaba, y de la cual un autor hizo una bella figura en porcelana de Sajonia, y otro talló a martillazos un bronce de grandes proporciones; uno hizo una delicada acuarela, y otro un tenebroso fresco; uno buriló un soneto y otro lanzó una proclama. El crítico se siente mal, piensa que va a dar una impresión de apocamiento, de debilidad, si confiesa que prefiere la estatuilla, el soneto, el madrigal, a la mole, el grito herido; pero, si es sincero, ha de correr ese riesgo.

Un mismo fait divers, una misma acta de comisaría ha servido a Héctor Azar para escribir su fina Appasionata y a Víctor Hugo Rascón para tallar La fiera del Ajusco; el uno manejó con poesía el hecho trágico, y lo sacó de los infiernos de la angustia para elevarlo a la diafanidad de la esperanza; el otro le echó más leña al fuego, y a lo que ya era de por sí un horror le agregó muchos horrores más; "no se midió", sería la expresión popular. No le bastó la matanza, sino acumuló otras calamidades; un tropel, una estampida de jinetes del Apocalipsis: asesinato, infanticidio, estupro, hambre, injusticia, crueldad. El marqués de Sade en persona nada podría agregar a este original, con el que se sentiría superado.

Víctor Hugo es ya tal vez el más grande de los dramaturgos de su caudalosa generación; desde luego es el más torrencial, el más vigoroso, el más incansable. Parece una fuerza de la naturaleza; moja su pluma en la catarata del Niágara. Interesa, fascina, y aterra, que son grados ascendentes de lo mismo. Descontemos una obra suya que es breve y deliciosa, la comedia Manos arriba, y ¿qué encontramos en todo lo demás? Magnitud, pavor, exageración que desde los románticos (¡y qué bien puesto lleva su nombre de pila!) no había vuelto a verse. Su tocayo, que se desayunaba rayos y cenaba truenos, aprobaría estos tamaños (ya dijimos magnitud; pero nos resistimos a decir grandeza). En el mismo festival en el que presentó, para la función inaugural, su Máscara contra cabellera, obra en algunos de sus aspectos descompasada y excesiva, ha presentado, para la noche de clausura, otra no menos tempestuosa; La fiera del Ajusco(1), también terrible, también apabullante e incendiaria. No es música de cámara (mucho menos de recámara) como la de otros autores, sino sinfonía de cañonazos, que atarantan al espectador y lo hacen salir tambaleante.

Tiene la obra 63 personajes (que pueden interpretar quince actores y actrices) y el programa de mano da crédito a 32 técnicos (hay quien se conforma con un director y un escenógrafo). Agreguemos a esta cifra el autor y ya son casi 100 los participantes. No éramos mucho más los espectadores (porque no cabían más en el pequeño teatro de Santa Catarina). Se redondea el centenar con taquillero, acomodadores (hicieron este trabajo grandes personajes del teatro, lo que fue un gran honor para los invitados). La obra tiene también un alto coste en atrezzo, con varios telones(2) y bastante ropa especial(3), aunque parezca que ha de ser barata la de albañiles y teporochos. Piensa en grande Rascón; entre Máscara y La fiera, un montaje de millones.

Decía Jaime Torres Bodet en una de sus novelas: "Los trajes más abundantes que las personas, las ediciones más valiosas que los libros, los actores más sugestivos que las comedias no han sido nunca de mi gusto". Hasta ahora Rascón parece inclinado a poner a sus obras demasiada ropa, una excesivamente rica encuadernación y, en el caso de la que hoy nos ocupa, una actuación, la de la actriz Ángeles Marín (para no hablar de la recamadísima dirección de Marta Luna), que parecen exceder al texto (como tan visible fue en Máscara contra cabellera); ¿es modestia del autor tratar de no quedarse solo, sino figurar sólo como una parte, y no la mayor, del espectáculo? ¿O es, al contrario, soberbia, de no conformarse con una puesta en escena normal, habitual, sino requerir unas tan complicadas y dispendiosas?

Cada quien tiene su modo de matar pulgas; tan mortífero es un puñal burilado por Benvenuto como el espadón de García de Paredes, que se maneja a dos manos, y provoca un chorro de sangre; Rascón está por lo grandioso, en la tesis de que lo que abunda no daña, y esta vez le secunda Marta Luna, que, por ejemplo, multiplica los actos sexuales en escena (uno habría bastado y aun sobrado). En cuanto al horror de los infanticidios, ¿qué dirá de cuatro quien ya se espantaba con uno en El deseo bajo los olmos, y mucho más con dos en Norma y en Medea? La idea de matanza de inocentes es particularmente macabra y lastima la sensibilidad de quien la tenga; pero ésta es una cuerda tocada con regodeo en esa obra que horripila y que anonada.

En mover constantemente a sus 15 intérpretes para que hagan más de 60 personajes, Marta Luna se ha lucido; no consiguió, ni sabemos si se lo propuso, que la feria de San Juan de los Lagos, espectacular, agitadísima, fuese un descanso en la tétrica obra, un intermezzo de alegría y una ocasión de sonreír y respirar (tuvo un "asesor de feria", como el autor un auxiliar de sketchs y textos de anunciadores); uno de los mayores aciertos de autor que advertimos fue la diversificación del lenguaje, según los niveles de educación de los personajes; un tanto irónico y burlesco hacia los más educados. Difícil mencionar nombres entre 60 personajes; pero desde luego hay una actriz, Ángeles Marín, que se remonta a lo más alto en su difícil y acusado carácter; Ramiro García resulta antipático en el principal de los que hace, y Josefina Echánove está fuera de tipo para alguno de los que le fueron repartidos.

Defecto, no podríamos señalar ninguno a esta obra fuerte, recia; excesos, sí, muchos. ¡Cuánto va a ganar el magnífico Víctor Hugo Rascón Banda cuando vaya aprendiendo, como dicen en La verbena de la Paloma, a comprimirse! Cuando se apiade de nosotros y trate más de alegrarnos que de atormentarnos, de provocar nuestro agrado y no nuestro espanto. Que ya hemos tenido prueba de que también sabe hacerlo.


Notas

1. Estrenada el 6 de septiembre en el teatro Santa Catarina. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. El programa consigna la pintura escénica a cargo de Sergio Mandujano y Alberto Orozco. Idem.
3. En el programa no se consigna el crédito respectivo. Idem.