FICHA TÉCNICA



Título obra Kean

Autoría Alejandro Dumas

Dirección Héctor Azar

Elenco Blanca Torres, Farnesio de Bernal, Miguel Córcega, Eduardo Ocaña, Mónica Serna, Carmen Delgado, Carmen Sagredo, Oscar Narváez, Miguel Maciá

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Julio Jimenez Rueda

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Kean de Alejandro Dumas, dirige Héctor Azar]”, en Siempre!, 28 agosto 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de agosto de 1985

Columna Teatro

Kean de Alejandro Dumas, dirige Héctor Azar

Rafael Solana

Conservábamos la impresión, de una anterior puesta en escena en México, hace ya un cierto número de años, de que la obra de Alejandro Dumas Kean(1) –que es con Chatterton, de Vigny, con Antony, del mismo Dumas padre, y con dos o tres de Víctor Hugo, una de las más altas cumbres del romanticismo francés en el teatro– era, a pesar de la modernización de Jean-Paul Sartre, o tal vez hasta un poco a causa de ella, un plomo. Larguísima, como la pedían antaño las costumbres de los escritores y, sobre todo, de los espectadores de París (también algunas de Sartre lo son, aunque ya pertenecen a nuestro siglo) y deliberadamente declamatoria, como que está hecha para el gran lucimiento de un primer actor, que representa al "mejor del mundo" de un país y un tiempo muy teatrales, se nos hizo muy pesada cuando la vimos por primera vez, y temíamos que nos volviese a ocurrir lo mismo, hemos de dar amplio crédito al director Héctor Azar por haber evitado que tal cosa nos sucediera; aplicó un remedio mágico, que es el buen humor; matizó la pieza con sonrisas, yde este modo la convirtió de solemne en amable; también le imprimió, pero esto ya no con tanto acierto, un nervioso movimiento; la primera escena llega a marear por la velocidad de los incansables e innecesarios desplazamientos de las actrices, subrayados por la inmovilidad estatuaria de un comparsa. De toda la anterior puesta en escena lo único que se salva, en nuestra memoria, es una de las batas que sacaba Sergio Bustamante, mucho más impresionante que la raboncilla y muy rutilante de que Villanueva, el diseñador del nuevo vestuario, ha dotado a Bracho. Por cierto, tampoco se nos hizo comprensible el resto de la ropa; a imitación de lo hecho por Ludwik Margules en Infausto, hace Benjamín un coctel de siglos; por lo menos uno de los trajes de Rosángela Balbó y otro de Tina Romero son de nuestros días... pero no los atuendos del príncipe de Gales, que se nos vuelve carnavalesco, y que no corresponden a la realidad histórica en que los autores han pretendido encuadrar su relato.

Salta a la vista que fue Kean la inspiración de El vestidor, a la que mucho se parece en sus grandes rasgos; Carlos Bracho y Guillermo Zarur acometen un acto de gran valentía al provocar que los compare el público con Ignacio López Tarso y Héctor Bonilla en papeles muy semejantes; ambos pasan muy airosamente la prueba, pues están excelentes, con sus propias personalidades, al encarnar a ese gran actor que se maquilla en su camerino para salir a hacer una escena de Shakespeare, y el confidente y servidor que le ayuda a vestirse. El papel es, como los de Hamlet, Otelo, Cyrano o Don Juan, de los que los actores llevan toda su vida clavados en la imaginación como llevan las actrices a La dama de las camelias, a La Malquerida o a La mujer X. Bracho, seguramente, no quería morirse sin hacerlo. Ya ha satisfecho ese anhelo. Está brillante, de voz, de gesto, de majestad y de ironía. Hay que verlo. Damos por hecho que ha de entrar en la terna para elegir al mejor actor del año, en compentencia con Claudio Obregón y con Farnesio del Bernal; pero tal vez no consiga vencerlos.

Mucho nos gustó Tina Romero, que está encantadora en el personaje en el que mayores matices de comicidad fina puso Azar; ella es la alegría de la pieza. Rosángela Balbó luce sobre todo su belleza, pero su papel de amorosa exaltada ha quedado algo desvaído en el giro que el director da a la pieza. A juicio de algunos críticos, se le pasó un poco la mano a don Héctor al dirigir al personaje que encargó a Maricruz Nájera, pues aparece como un tanto subrayado y redicho; quizá fue la idea del director exagerar un poco la comicidad de la escena que abre la obra, para advertir al público de que esta vez va a ver una comedia, y no el culebrón melodramático que vio la vez pasada; a nosotros nos gustó la forma en que dijo sus líneas, casi wildeanas, esta actriz fina y excelente.

Siempre ha sido difícil en México encontrar aristócratas ingleses para los repartos; sobre todo desde que Claudio Brook prefiere anunciar automóviles a actuar en el teatro; recordamos como verdaderos desastres aquellos duques y condes que hacían el Indio Bedoya, José Chávez Trowe y Miguel Inclán (u otros parecidos a ellos) en un lejano Abanico de lady Windermere; ciertamente Javier Ruán, una belleza chichimeca, es un joven apuesto y atractivo, y un actor magnífico; cuesta trabajo, sin embargo, creerle que es el presunto heredero del Imperio Británico; en cuanto a Álvaro Tarcicio, hizo un embajador de Dinamarca tan poco convicente que cuando por los altavoces se pidió que su dueño moviera un automóvil con placas de Tlaxcala, mal estacionado, pensamos que ese coche sería el suyo, que lo habría traído no de Copenhague, sino de Huamantla; pero debemos consignar que Ruán, a pesar de que su tipo es más el de un príncipe de las Mil y una Noches que el de un noble inglés, da un rendimiento muy plausible, y hace con agilidad y con gracia, ya que no con majestad, su personaje.

Nos pareció en conjunto un bello triunfo, salvo las pequeñas imperfecciones que dejamos anotadas, esta reposición de Kean, éxito principalmente de Carlos Bracho y de Héctor Azar. Deseamos a este espectáculo larga vida en el escenario del teatro Hidalgo.


Notas

1. Probablemente se refiera a la anterior puesta en escena de Héctor Azar y cuya crónica con fecha del 17 de septiembre de 1969 se incluye en este volumen.