FICHA TÉCNICA



Título obra Contradanza

Autoría Francisco Ors

Dirección Xavier Rojas

Elenco Claudio Obregón, Olivia Obregón, Alejandro Ávila, Jorge Camarena, Armando Palomo, Margarita Isabel, Roberto Ballesteros

Coreografía Xavier Rojas

Vestuario Lucile Donay

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Contradanza de Francisco Ors, dirige Xavier Rojas. Gran actuación de Claudio Obregón]”, en Siempre!, 20 marzo 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de marzo de 1985

Columna Teatro

Contradanza de Francisco Ors, dirige Xavier Rojas. Gran actuación de Claudio Obregón

Rafael Solana

El crítico don Eduardo Santaella trajo de España la obra Contradanza(1), que vio en Madrid, la puso en manos de la directora Marta Luna; ella la dejó escapar, y la tómo en la suyas Xavier Rojas, quien se formó una audaz concepción de ella, y conjuntó para montarla un atinadísimo reparto, el mayor acierto en el cual es la participación de Claudio Obregón en un papel del que por lo menos habríamos podido decir todos que no le veíamos, en el que no conseguíamos imaginarlo. Pero Obregón, con tan aguda visión como Rojas mismo, percibió las posibilidades del personaje, la estudió con todo su talento, y el resultado de ello ha sido una creación artística que nos ha tirado de espaldas. De matador de toros que corona con una estocada recibiendo una faena de maravilla, o de tenor que sostuvo un minuto un Re sobreagudo, fue la ovación que, de pie, un público fascinado tributó al enorme artista, llenándole el escenario de flores y haciendo retumbar en las catacumbas del Polyforum bravos tan delirantes como pensamos que nunca se habían escuchado allí. Quienes temíamos que se viese el señor Obregón incómodo o forzado en el papel, nos hemos quedado de una pieza. Su actuación supera la que tuvo en Los inmigrantes, y cualquiera otra que recordemos suya, y si deseáramos compararla con alguna de un artista distinto, tendríamos que recurrir a cumbres solitarias, como Ignacio López Tarso en El vestidor, María Tereza Montoya en Locura de Amor, Sergio de Bustamante en Calígula, María Douglas en Un tranvía llamado Deseo.

Nada sabíamos de Francisco Ors, el autor, español, de la obra. Es no solamente un excelenteescritor, que ha dado interés, sabor y corrección a sus diálogos, sino también un habilísimo dramaturgo, que ha compuesto su pieza, en varios cuadros, con sorprendente maestría, desde la muy pocas veces vista y atrevidísima escena inicial hasta la grandeza trágica de la última; se desliza todo con una rapidez que no permite parpadear, y el público va de asombro en asombro en una sucesión de revelaciones y de acontecimientos imprevisibles; no solamente a los personajes vivientes presta animación el dramaturgo, sino hasta a un objeto inerte, un anillo, que llega a tener la importancia que en Los tres mosqueteros tienen los herretes de la reina, en Otelo un pañuelo, y en Lady Windermere una abanico. Jamás hay escena alguna que languidezca, o que pueda considerarse de hojarasca; todo avanza, con velocidad enorme; todo se intensifica, y apenas hay clímax, porque toda la obra transcurre en una cúspide de atención del público y de sostenida intensidad dramática.

Diríamos que es la obra de un misógino, pues resulta pésimamente parada la única mujer que habla en escena, coqueta, astuta, extorsionadora y libertina; pero si nos fijamos bien, tampoco están favorecidos los papeles de hombre; apenas uno salvaremos, el del joven Moors, único personaje noble, generoso y de sentimientos elevados; los demás son un diplomático estúpido, un marido complaciente, un duque casquivano, un gigoló asesino, convenenciero y traidor. Se diría que el autor que ha creado tan negros y shakespearinos [sic] personajes no es nada más un misógino, sino todo un misántropo; pero esa apreciación sería injusta; en el fondo de tan macabra y maledicente pieza brilla una luz, de amor, de justicia, de tolerancia, y una acusación contra el medieval machismo, representado en la figura roma, chata, de un troglodita embajador de España.

El deslumbrante brillo del triunfo espectacular de Claudio Obregón ensombrece un poco, al final, a sus compañeros de escena, al grado de que para las ovaciones postreras haya quien grite: "¡solo!", como en la ópera; pero a lo largo de la representación hay algunos que también han estado notables, lo que habla en su favor y en el del director que los ha movido; es mudo, y casi solamente danzante, el papel de la señorita Olivia Obregón; brevísimo y también sin palabras el de ArmandoLeal, quien, sin embargo, algo se deja ver, por los menos por su buena figura; con los papeles de menor relieve apechugan, y los sacan adelante sin tropiezo, Alejandro Ávila y Jorge Camarena; deaquí para arriba todo raya en la excelencia.

Claudio Sorel, que no es nuevo, sino lo respalda una carrera larga, está magnífico en su papel al que consigue dar emoción en los momentos culminantes. Y el joven Armando Palomo constituye una grata revelación, por su buena figura, su simpatía personal, y el aplomo y la gracia con que saber decir su papel, el único amable de toda la obra. Margarita Isabel, a quien mucho hemos admirado siempre (le recordamos una Laurencia de Fuenteovejuna, una "chivera" de Salón Calavera y una vecina chismosa de Crímenesdel corazón) está perfecta en el amargoso papel que le fue dado, y al que presta gran pluralidad de matices. Y Roberto Ballesteros, que además baila, y no lo hace mal (un día sele ocurrirá montar algún "Ballesteros show") no se contenta esta vez con su prestancia y su gallardo físico, como cuando lo veíamos en el feudo de la señora Serrano, ni con estar ágil, dinámico, como en La fierecilla domada, sino rinde una actuación de muchos kilates en un papel que si ha de ser seductor para otros personajes, al público ha de resultarle repugnante. Nunca lo hemos visto mejor.

Pero lo de Claudio Obregón es otra cosa. Jamás personaje alguno de los muchos que en su vida ha hecho le planteó tan severas dificultades; nos dicen que el solo maquillaje le lleva hora y media todos los días; luego tiene el estudio cuidadosísimo de cada entonación y cada movimiento para sin nunca verse afeminado, ni muchísimo menos ajotado representar a una mujer que en todo momento es además, una reina (no hace mucho vimos a Arturo Beristain en una, la Clitemnestra de La Orestiada); hay en su voz siempre autoridad; pero también cuando lo pide el caso mucha ternura,y no nada más hacia el que representa ser su amante, sino para otros personajes, unos que aparecen en escena y otros de los que únicamente se habla; el portavoz del autor en su mensaje, que es de generosidady de valiente lucha contra generalizados prejuicios y contra actitudes estrechas. Viene a resultar que al cargamento de laureles que se gana con su actuación espléndida hay que agregar la simpatía que a su personaje le dan los textos puestos en su boca, y que hacen de una reina tiránica una especie de apostol que predica y practica un evangelio de solidaridad humana en una corte que el autor pinta, con un subrayado legítimo en un creador literario, como más exageradamente intolerante y cerrada de lo que la historia nos enseña que fue la de Londres en la época de William Shakespeare.

Para resumir: buena ropa(2), buena coreografía(3), dirección estupenda, obra magnífica, y junto a otras tres o cuatro muy dignas de alabanza, una actuación, la de Claudio Obregón, que pasará a la historia, y que lo reafirma en los cuernos de la luna en que ya desde antes estaba por otras también brillantísimas e innolvidables.


Notas

1. En México se estrenó el 25 de febrero. Xavier Rojas medio siglo en escena. p. 159.
2. Diseñada por Lucille Donay. Idem.
3. De Xavier Rojas. Idem.