FICHA TÉCNICA



Título obra Las memorias de la divina Sarah

Autoría John Murrell

Dirección Roberto D’Amico

Elenco Ariel Blanco, Susana Alexander, Aarón Hernán, Silvia Pinal

Espacios teatrales Teatro Xicoténcatl

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Con Las memorias de la divina Sarah se reinaugura el teatro Xicoténcatl de Tlaxcala]”, en Siempre!, 13 marzo 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de marzo de 1985

Columna Teatro

Con Las memorias de la divina Sarah se reinaugura el teatro Xicoténcatl de Tlaxcala

Rafael Solana

Si es un hermoso espectáculo la inauguración de un nuevo teatro, tal vez pueda considerarse como igualmente alegre y satisfactorio el presenciar la reinauguración de uno que estaba olvidado y como muerto, y que vuelve a la vida; es hermoso ver salir de la tierra el primer brote de una planta que nace; pero asistir al reflorecimiento de un tronco que se había secado, al que una nueva primavera reverdece (una de las más memorables páginas de Guerra y paz) también produce alegría; este ha sido el caso del "Xicoténcatl", de Tlaxcala, un teatro pequeño, a la medida de la modesta capital provinciana en que se alberga; pero que, remozado por el actual gobernador(1), que parece compartir con las taurinas las aficiones teatrales (en ambas le acompañamos muy entrañablemente) resulta ahora un encantador estuche para representaciones no exageradamente aparatosas. Tiene un lunetario reducido, de no más de 200 butacas, y otras tantas se distribuyen en una concha de tres filas de palcos, lo que nos ha recordado los elegantes, íntimos y cálidos teatros de algunas cortes alemanas, el de Meklemburgo, por ejemplo, en su capital, Schwerin; hay un plafón con pinturas, probablemente no de mucho mérito, pero que decoran; y alfombras, de seguro no persas ni chinas, pero que visten; una boca de pocos metros para un escenario que es uno un boudoir; no cabrán allí las obras de masas, ni se darán batallas, ni entrarán caballos; pero para una obra de cámara, como la escogida para la reapertura, resulta el marco ideal; ya desde antes de que se levantara el telón estábamos encantados con el teatro que, si lleva hoy el nombre de un caudillo de la Tlaxcala cortesiana, tal vez con el tiempo acabe por llevar el de la actriz que lo ha reestrenado, lo que sería justo.

Por ahora se llama Xicoténcatl el que la gobernadora consorte ha reabierto(2) en la capital de un estado ni muy extenso ni muy rico, pero tan próximo a la metrópoli que puede ser fácilmente visitado por los capitalinos. En su pequeñez (no cabe más gente que en el Wilberto Cantón, o que en el Emilio Brillas) de nada carece; tiene caché, aire teatral, no de auditorio de sindicato, ni de futuro cinematógrafo; un teatro a la medida deuna comedia, en el que todo se puede ver y oír sin esfuerzo, sin gemelos y sin micrófono.

Silvia Pinal, actualmente de Hernández, es una actriz ocupadísima, sumamente solicitadapor la televisión, por el cine, por las giras y porlos grandes espectáculos teatrales, la comedia musical por ejemplo; en todos ellos es reina, como ha habido en la historia otras que han ostentado a la vez varias coronas. Pero se dio maña para, mientras va preparando la reposición, en México, de La tía Mame, una opereta americana que ya le vimos a ella misma (y en el cine a Rosalind Russell), ensayar y montar una pieza teatral breve, y de solamente dos personajes, ideal para la rehabilitación de un teatro pequeño, y para giras no muy costosas. Habíamos conocido por lectura Las memorias de la divina Sarah cuando el actor y director Roberto D´Amico, que adquirió los derechos, se trazó el plan de estrenarla en la ciudad de México, dirigida y actuada por él mismo, y con la divina Betty (la Sheridan) en el papel titular. El escritor teatral John Murrell hizo una habilísima adaptación a la escan del libro Ma double vie, Mémoires de Sarah Bernhardt, publicado en París (Librairie Charpentier et Fasquelle) en 1907; es un volumen de cerca de 600 páginas (y promete continuación) en que brilla espectacularmente la egolatría de la que fue tenida, en Francia, por la mejor actriz del orbe, y en Estados Unidos, a donde hizo varias giras, por "la mujer más vieja del mundo". Murrellredujo este papasal, con muy buen humor y con sentido teatral, a una pieza que puede representarse, si se desea, en hora y media; y que puede alagarse a varias horas, si en vez de unos cuantos renglones de Fedra, de La dama de las camelias, y de Hamlet, se dejan grandes escenas de esas obras, y de otras, que la Bernhardt hacía, (Adriana Lecouvreur, Hernani, Frou Frou, La esfinge, La extranjera, etcétera) para lucimiento de la actriz que interpreta a la diva. Susana Alexander, una directora de enorme talento, recortó de esas arias la pieza, le quitó mucho de su pesadez, de su pedantería, y en cambio subrayó con mano muy feliz la comicidad de algunas escenas; lo que pudo ser, en otras manos, un recital soporífero, se volvió en las de Susana una comedia muy amable, en que la señora Pinal, en vez de una exhibición masiva y asfixiante de talentos que ya demostró a lo largo de su vida y que no tiene ninguna necesidad de compendiar en una sola función, se limita a dar pinceladas acertadísimas, y suficientes, para que pueda considerarse la representación un triunfo suyo; pero elegante y discreto, no agobiador.

Ariel Blanco, una excelente nueva aportación al teatro mexicano venida de la Argentina (como Fernández Unsaín, como Bertha Moss, como Libertad Lamarque, como Lucy Gallardo, y otras más) ambientó perfectamente no sólo la época (la belle époque), con art nouveau, sino el alma de la protagonista, a quien han vestido y peinado tan cuidadosamente que más de una vez reconocemos fotografías que hemos visto de la señora Bernhardt, o pinturas que le hicieron algunos de los artistas más famosos de su largo tiempo.

Susana Alexander ha permitido que el deuteragonista de la obra no se limite a ser patiño, que de vez en cuando da cuerda a la estrella para que siga hablando (como en la escena de la muñequita Olímpica, de Los cuentos de Hoffmann) sino tenga lucimiento propio; pero a la vez lo ha contenido para que ese lucimiento nunca se logre a base de exageraciones, de payasadas o de vulgaridades, a lo que podría prestarse (piénsese que, entre los papeles que se ve obligado a representar, están el de la madre de Sarah, el de una monja, y el muy resbaloso de OscarWilde, que habría invitado a otros a soltarse el pelo). El artista escogido (por algún motivo que aquí no vamos a discutir no fue aceptado el señor D´Amico) para este papel, modesto o brillante, según la dirección que se le imprima, fue Aarón Hernán, y esa selección fue un gran acierto. Aarón llena la escena (que no estaba vacía) y mantiene al público, especialmente el más ingenuo, encantado, sonriente y aun hilarante; Silvia Pinal ha dejado que coseche su compañero todas las risas y todos los aplausos que quiera, y ella se ha limitado a estar majestuosa, imponente a veces, y delicada, finísima y encantadora en las escenas finales, con las que la directora hizo un breve segundo acto, después de una interrupción que no era estrictamente necesaria.

¿Verá pronto el público de la capital estas Memorias de la Divina Sarah? no es seguro; tal vez para la ciudad de México la señora Pinal prefiera La tía Mame, que tiene canto, baile, espectáculo, y un tipo de comedia más al alcance de las grandes masas. Pero se nos ocurre una fórmula, claro que al precio de la fatiga física de la Divina Silvia (pero los artistas, mientras los aplausos los reaniman, no se cansan nunca) y es la siguiente; que pongan seis días de la semana La tía Mame, y el lunes, para un público más escogido, menos numeroso, pero más delicado y de paladar más exigente, las Memorias, en el mismo teatro. La comedia musical le daría muchísimo dinero. Y la pieza dramática, mucha gloria. Y así nos tendría contentos a todos; a los que la preferimos como primera actriz que como vedette, ya los que sólo tienen alcances para el "músical" [sic].


Notas

1. Tulio Hernández.
2. El 22 de febrero. Giovanna Recchia. Por un museo de las artes escénicas. Proyecto de investigación en proceso. CITRU, INBA, 1997.