FICHA TÉCNICA



Título obra Manuscrito encontrado en Zaragoza

Autoría Juan Tovar

Dirección Ludwik Margules

Elenco Juan Carlos Martínez, Emilio López, Román Valenzuela

Escenografía Mónica Kubli

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Manuscrito encontrado en Zaragoza de Juan Tovar, dirige Ludwik Margules]”, en Siempre!, 12 septiembre 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   12 de septiembre de 1984

Columna Teatro

Manuscrito encontrado en Zaragoza de Juan Tovar, dirige Ludwik Margules

Rafael Solana

Don Ludwik Margules es uno de los sumos sacerdotes, de los santones o los chamanes del teatro universitario (otros son Luis de Tavira y Héctor Mendoza); dispone ilimitadamente de capital para montar escenografías millonarias, y de tiempo para hacer a sus estudiantes ensayar un año, hasta pulirlos como diamantes. Gasta fortunas, en pesos y en horas-hombre, para montar piezas que acabarían por verse solamente de 50 en 50 durante 50 representaciones, 2 500 personas, que en un local de razonables proporciones podrían verlas en un solo día.

Ahora está presentando(1) (a veces hay que hacer varios largos viajes al fondo del Pedregal Universitario para conseguir boletos, que vuelan) la obra de Juan Tovar Manuscrito encontrado en Zaragoza, basada en un confuso papasal de Juan Potocki, polaco. A quienes nos quejamos de que Las adoraciones era larga y pesada nos responde el señor Tovar: “Al que no quiera caldo, la taza llena”. Y nos da un espectáculo que tiene tres horas y media de duración, que es algo a lo que algunas óperas de Wagner no llegan.

Lleva tres escenografías totales, de Mónica Kubli; por totales entendemos que cambia hasta el patio de butacas (para lo cual el público tiene que abandonar el local dos veces; se ha tendido un manteado en las afueras del edificio para que no se mojen los señores espectadores si llueve cuando salen a esperar los cambios); no hay muebles, casi (el escenario entero se convierte en mesa, una vez) ni hay pintura, ni, aparentemente, ropa (pero sí la hay, en realidad), y el trabajo del iluminador (Nicolás Schlee) consiste en encender y apagar la luz, sin cambios ni para señalar los de lugar ni para separar los supuestamente real de lo realmente supuesto, distinciones que habrían significado un grave compromiso para el director (posiblemente tampoco él sabe cuál es cuál), pero que habrían ayudado un poco al público a resolver el crucigrama que la obra plantea.

Es asombroso y digno del más encendido elogio el trabajo del señor Margules con unos 20 actores y actrices que hacen 60 papeles. Con el público no ha tenido piedad, pues lo hace no solamente entrar y salir (Jesús expulsó a los mercaderes del templo: Margules a los espectadores del teatro) sino durante una parte de la representación nos obliga a sacarnos ojos de la nuca, pues la acción ocurre detrás de nosotros, y en otra parte a ver la escena como se ven los frescos de la Capilla Sixtina, con el pescuezo doblado hacia arriba, también fue implacable con sus intérpretes, que actúan, bailan, cantan, tocan instrumentos, se baten, saltan; también a Tavira le vimos, en Xalapa, una olimpiada teatral, en que sus actores eran pentatletas.

¿Quiénes de los 20 (o 40, pues casi todos tienen sobresaliente) están mejor? Nos gustaron mucho Juan Carlos Martínez, Emilio López y Román Valenzuela, que tienen los papeles más largos y lucidos; pero están muy bien todos; a algunos se les confunde, porque se visten igual y se cortan las barbas en forma semejante.

En el tercer acto logra Margules algunas muy bellas composiciones, y en los primeros consigue crear efecto de terror; pero tal vez les habríamos agradecido al director y al autor mayor claridad en la exposición, que es deliberadamente ardua y confusa, y mayor benevolencia hacia el público, no obligándolo a tomar posturas torticolíticas y dejándole regresar a su casa siquiera una hora o dos más temprano.


Notas

1. En el Centro Universitario de Teatro. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.