FICHA TÉCNICA



Título obra Herejía

Autoría Sabina Berman

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Tina Romero, María Eugenia Ríos, Ana Mérida, Jannette Terrazas, Julio Lucena, Mario Sauret, Armando de León, Hugo Semoloni, Alejandro Baura, Alejandro Bracho

Escenografía Arnold Belkin

Productores Elías Fasja Cohen

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Herejía de Sabina Berman, dirige Abraham Oceransky]”, en Siempre!, 25 julio 1984.




Título obra Dos tandas por un boleto

Autoría Enrique Alonso

Dirección Enrique Alonso

Elenco Enrique Alonso, Martha Ofelia Galindo, Blanca Sánchez, Mariela Flores, Ofelia Medina, Olga Ramos, Martha Ofelia, Lupe Vázquez, Ángel Casarín, César Arias, Ricardo Ledezma y Roberto Comadurán

Vestuario María Conesa

Espacios teatrales Teatro Coyoacán

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Herejía de Sabina Berman, dirige Abraham Oceransky]”, en Siempre!, 25 julio 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de julio de 1984

Columna Teatro

Herejía de Sabina Berman, dirige Abraham Oceransky

Rafael Solana

Es una noblísima cruzada la que la Sociedad General de Escritores de México ha emprendido al respaldar y secundar a la Unión Nacional de Autores en su empeño de impulsar a los dramaturgos, a cuyo exclusivo servicio ha sido puesto el bello y cómodo teatro en que se convirtió la sala cinematográfica que tenía la Sociedad, costosa conversión que fue acometida con una parte de la herencia que Wilberto Cantón dejó a la Unión, quien le ha impuesto al nuevo local el nombre del ilustre comediógrafo yucateco.

Podría pensarse que no habría sino que escoger entre muchas obras de autor nacional las mejores, para irlas haciendo subir a este escenario. En la práctica las cosas no han sido tan fáciles. Para algunas obras se ha fracasado en el intento de conjuntar un interesante reparto, porque los artistas dan mayor importancia a sus trabajos en la televisión, en los palenques, alguna que otra vez en el cine, que al teatro; por lo menos los más populares entre ellos. Y hasta los autores mismos ponen a veces ciertas dificultades, pues dicen haber escogido para estrenar locales de características diferentes de las de este teatro. Estos escollos han tenido cerrado el teatro Cantón por algunos meses. Finalmente la autora Sabina Berman, de quien se había escogido otra obra (Rompecabezas, que no cupo en este escenario) accedió a presentar Anatema, a la que cambió ese nombre por el de Herejía, que tampoco suena particularmente atractivo. Se trata de una obra de tipo histórico, que recuerda la época, hace unos 60 años, en que don Julio Jiménez Rueda estrenó Monsén, o la otra, mucho más cercana, en que Carlo Coccioli dio a conocer una pieza suya aparatosa y plúmbea que interesó poco, para no decir, como mucho nos cuidamos de hacerlo, que fracasó estrepitosamente en el teatro del Bosque. También recuerda algunas películas en que se ha construido la edad colonial, hace cuatro siglos, con uso y abuso de tintas muy espesas para describir las crueldades y los horrores de la Inquisición, un tema que no está de moda, que parece demasiado sombrío y partidista, y que carece de novedad. Sobre estas desventajas tiene la obra de la señora Berman la de parecer muy costosa, por la pluralidad de personajes y de escenarios y la mucha ropa que necesita.

El productor, señor Elías Fasja Cohen, el director Abraham Oceransky, y el escenógrafo, Arnold Belkin, dan la impresión de haber tenido como preocupación suprema no la de dar brillo y particularidad a la obra, sino la de ahorrar todo lo posible. Belkin hizo una construcción vistosa, pero que nunca da a los espectadores la ilusión que se trate a veces de un muelle, o del camarote de un barco, de una plaza, una casa, el interior de una iglesia, etcétera. La ropa también se tiene la sensación de que está escamoteada, pues apenas unos detalles, unas botas, unos hábitos, son como pinceladas para hacer alusión a los personajes. Y en el reparto también se hicieron economías, pues fueron repartidos los 20 personajes entre solamente 10 artistas; esto ya se ha hecho, desde los días en que estuvo de moda Brecht; pero en esos casos se disfrazan un poco los actores, cambian de maquillaje, de vestuario, y hasta de voz, de acento al menos; no intentó esto Oceransky, o si lo intentó no lo logró, y acaba por crear confusión en el público, por ejemplo, oír que ya se murió un personaje, si lo estamos viendo, pues está en escena la misma actriz con el mismo vestido y la misma caracterización, sólo que tenemos que entender que es otra persona. Tampoco nos pareció un acierto del director repartir los papeles de inquisidores, sacerdote, rabino, a jóvenes apuestos y de fresca voz, pues nos hemos hecho ya el ánimo, en muchas piezas anteriores, de que estos personajes corresponden más a hombres que a muchachos atléticos.

No pondríamos a Herejía, antes Anatema, a la cabeza de las obras de Sabina Berman que hemos visto representar o que hemos leído. Además de la confusión y de la falta de caracterización de muchos personajes secundarios, ocurre que se le escapa uno de los principales, que desaparece de pronto, que no llega al final, que se desvanece. Otros están mejor construidos. Nos parece el mejor logrado por la autora, y también el mejor acabado por la intérprete, el de doña Isabel, que fue encomendado a Tina Romero, quien luce más bella, a pesar de su vestuario modernísimo, y entra en su personaje y le da vigor y personalidad. No consigue esa nitidez María Eugenia Ríos porque le dieron dos personajes que se parecen entre sí hasta confundirse, y es que tienen poco carácter sus escenas finales, la de un supuesto desnudo, toscamente trucado, resultan lamentables. En una de las películas sobre parecido tema, al negarse la actriz que había sido llamada (María Teresa Rivas) a desnudarse, fue sustituida por otra (Ana Mérida) que accedió: María Eugenia habría tenido o que dar ese paso (acceder) o que renunciar al papel, pues su desnudo en gruesas mallas o su sustitución por una burda muñeca, no pueden considerarse como aciertos del director, sino lo contrario.

Se completa el reparto femenino con la presentación de una chica muy fresca y muy mona, Jannette Terrazas, quien, aunque todavía su dicción pueda mejorar mucho, encarna dos pequeños papeles con gracia y suficiencia. Podría considerarse esto su debut, aunque la hemos visto en algún pequeño papel, el de golondrina en El príncipe Feliz, antes.

Más numeroso es el personal masculino. Lo encabeza Julio Lucena, un actor excelente, que no deja de recordarnos a don Francisco Jambrina. Luce mucho su perfil, que es estatuario, y tiene una voz magnífica, que ya ha probado en varias obras; su personaje es vigoroso, pero no está sostenido en todo momento; sin que nos parezca que hay que incurrir en monotonía, opinamos que hay adornos o apostillas que desvirtúan un personaje, que hay salidas de tono que suenan destempladas y extrañas, y el director le puso algunas a Lucena, hasta desconcertar al auditor atento. Más parejo, lo que no quiere decir más chato, nos pareció el joven García, a quien se habría podido proteger evitándole las escenas con actores mucho más altos que él, que lo achaparran. Las escenas que más nos gustaron de toda la obra, las mejores sacadas y que lograron mayor comunicación con el auditorio, fueron suyas. Mario Sauret se desempeña bien en un papel largo y de responsabilidad, y Armando de León lució en dos de sus personajes. Hugo Semoloni, Alejandro Baura y Alejandro Bracho nos pareció que actuaron bien, pero que fueron mal escogidos para sus papeles.

Ojalá que interese esta obra y que se sostenga; ojalá que traiga a la colonia israelita, que es rica y generosa, y gusta del teatro. Deseamos la mayor de las venturas a esta buena autora mexicana,y a este teatro dedicado a los comediógrafos nacionales.

Ahora la mala noticia: al día siguiente del estreno, al salir a escena a oscuras, pues la obra es de las que se representan sin telón, con apagones, el señor Lucena equivocó el camino y fue a caerse en el patio de butacas, con lo que se rompió algunas costillas; hubo que suspender las representaciones en los mejores días, los del fin de semana, en espera de que el señor Armando de León se aprendiera el papel, pues no se atrevió a tocarlo. Digan ustedes si esto es o no es empezar una obra con mala pata. Ojalá el señor De León memorice pronto el que sería su cuarto personaje en la pieza, o que don Julio sea tan valiente de ponerse una apretada faja y salir y actuar con las costillas rotas, como un torero valiente no dudaría en hacer, para que vayan ustedes pronto a conocer tan interesante pieza.

Dos tandas por un boleto espectáculo teatral de Enrique Alonso

Ha flojeado Margo Su en la preparación de su espectáculo, que esperamos estupendo, y al que auguramos el mayor de los éxitos, El país de las tandas, que ya debería de tener listo, pues lo está esperando el teatro Hidalgo, vacío mientras tanto. Este retraso ha dado ocasión a que se adelante y le coma el mandado Enrique Alonso con un espectáculo parecido hasta en el nombre: Dos tandas por un boleto, compuesto por las evocativas revistas Instantáneas nacionales y ¡Del cielo a la tierra!, que “Cachirulo” confiesa haberse fusilado, letra y música, de obras que, más de 50 años después de estrenadas, ya no significan regalías para los autores originales, que fueron, posiblemente, Carlitos Ortega, Pablito Prida, el maestro Vigil y Robles, Manuel Castro Padilla, don Federico Ruiz, Guz Águila, o vaya usted a saber quiénes. Este espectáculo ha pegado de tal manera que lo único que da tristeza es ver la contrariedad de las personas a quienes se ruega comprar boletos para alguno de los días siguientes, porque los de la fecha en la que acuden están agotados. Esas personas se conforman con quedarse a cenar en la hostería del teatro Coyoacán, que por cierto da un excelente servicio, y se prometen advertir a sus amigos que tengan la precaución de apartar con tiempo sus localidades.

Un teatro que agota en todas sus funciones o en casi todas, en una época en que en los demás no se habla sino de crisis, de baja de las entradas y de terror ante la proximidad de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, que al ser transmitidos por televisión es posible que retraigan a una parte del público teatral, es un fenómeno digno de consideración. ¿Qué tiene el teatro del SAI, que de esta manera agota mientras otros teatros se asfixian? Tiene mucho, aunque otras cosas le faltan.

Es un local escondido y algo difícil para estacionarse, alejado de muchos puntos de la ciudad y pequeño, aunque cómodo y acogedor, pero el espectáculo cachirulesco es de tal manera estupendo, que todas las incomodidades de la lejanía y del callejón se aceptan con gusto y se dan muy bien empleadas. Se siente que todo el mundo está haciendo lo suyo con el alma y con el corazón, y ese fervor no puede menos que comunicarse a los espectadores, que encuentran una presentación tan amable, tan fresca, tan jovial y alegre como verdaderamente muy pocas podrían recordarse en estos últimos tiempos.

El alma es Enrique, no solamente como actor que lo es formidable en este género, sino como motor, ya que su buen humor y su cariño al arte son contagiosos, y como director, que supo sacar del arcón de sus recuerdos números que muchos de nosotros ignorábamos o lo habíamos olvidado, y además como conservador del deslumbrante, riquísimo vestuario de María Conesa, que lo instituyó como su heredero y que lo quería como a un hijo. No es lo mismo ver un vestuario inventado la semana anterior hecho por una sastra que reconocer los trajes con tocados auténticos de las señora Conesa, un traje que le vimos puesto, una diadema con la que aparece en fotografías que conservamos. A algunos vestidos habrá habido que soltarles un poquito para que entre en ellos Martha Ofelia Galindo, que está muy saludable; el conjunto del guardarropa que tantos recuerdos nos trae no es el menor de los atractivos de estas emotivas funciones. Lo más curioso es que no nada más hay viejecitos, que fueron admiradores o amigos de María, sino hasta filas enteras de jovencitos y aun niños, que son quienes menos se rompen las manos aplaudiendo.

Ya mencionamos dos de las claves de este enorme y justificadísimo éxito: “Cachirulo” y la ropa. Vamos con otras más. Aunque el reparto está encabezado por la guapa y prestigiosa actriz Blanca Sánchez, que está adorable, pero se ve que no pertenece al género, que no ha nacido en él por lo menos, la figura femenina que más se ve (no se necesita lupa para ello) es Martha Ofelia Galindo, actriz a quien vimos debutar, niña, en el Palacio de Bellas Artes, en 1948, y que de tal manera se apodera del público con su gracia y su ángel, que, a pesar de la enorme distancia física que la separa de la bellísima valenciana, nunca hemos visto a nadie que nos recuerde tanto a la Conesa como ella: ni a Mariela Flores, que estuvo tan admirable en su imitación, ni a Ofelia Medina, que es tan hermosa, ni a Olga Ramos, que da el tipo y es española, ni nadie. Martha Ofelia está deliciosa, encantadora, para comérsela en números como La fea y todos los demás en que toma parte; ella es por sí misma todo un espectáculo, y no cometeríamos error los críticos si les diésemos este año el premio a la mejor actriz cómica. La recomendamos con la mayor efusión y el más grande entusiasmo.

Otra actriz que arranca una ovación cerrada es Lupe Vázquez, a quien no conocíamos; hace muchos papeles a lo largo de las dos revistas; pero cuando la dejan sola en el número La pava constituye una revelación. A Irlanda Mora, Luz Adriana (a cuyo cargo está evocar a LupeRivas Cacho, a Delia Magaña y a Amelia Wilhelmy), lo mismo que a María Luisa Banquells, Angelines Fernández y María Teresa Monroy, conformémonos con enlistarlas, pues ponernos a detallar sus gracias alargaría esta reseña desmesuradamente.

A Enrique Alonso lo acompañan, en el reparto varonil, en primer lugar Ángel Casarín, que se muestra tan capaz y brillante en este género (actúa, canta, baila, caricaturiza) como en todos los demás que domina; y, en muchos personajes cada uno, todos con agilidad y con gracia, César Arias, Ricardo Ledezma y Roberto Comadurán, que se parten en cuarto para hacer todos sus papeles con buen humor y dinamismo.

La gracia de los sketchs, modernizados para contener alusiones de actualidad, la belleza de la música, la picardía de los cuplés, todo contribuye a hacer un espectáculo delicioso hasta para aquellos espectadores que, por su juventud, nada evoquen, como los de mayor edad evocamos, en este homenaje a un gobierno mexicanísimo, a una artista inolvidable y a un México que fue, y por el que suspiramos muchos. Nos permitimos a la empresa una sugestión en beneficio del público: cuando el vecindario de Coyoacán y sus alrededores se agote, y comiencen a bajar las entradas (pero para eso suponemos que falta mucho) agradeceríamos que fuera traída la obra a algún otro teatro de otro punto de la metrópoli (tal se hizo, acertadamente, con Salón Calavera, el otro de los mayores triunfos del teatro Coyoacán); por ejemplo, al 20 de Noviembre, que es un local más amplio, muy bien comunicado, y en el centro de la urbe. Así podrían verlo, sin el excesivo gasto de taxis, muchísima gente que a Coyoacán no podrá desplazarse. Pero esto será cuando empiece a aflojar la afluencia de cochetenientes, lo que no tiene para cuando.