FICHA TÉCNICA



Título obra Amadeus

Autoría Peter Shaffer

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Manolo Fábregas, Rafael Sánchez Navarro, María Sorté, Ricardo Cortés

Escenografía David Antón

Iluminación Manolo Sanchez Navarro

Espacios teatrales Teatro San Rafael

Productores Manolo Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Amadeus de Peter Shaffer, dirige Manolo Fábregas]”, en Siempre!, 4 julio 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   4 de julio de 1984

Columna Teatro

Amadeus de Peter Shaffer, dirige Manolo Fábregas

Rafael Solana

Se produce a veces, en la historia del teatro universal, un acontecimiento llamado a ser histórico, algún triunfo sensacional, el estreno de una obra que causa conmoción, como el del estallido de una bomba, y que despierta curiosidad en todo el mundo. Podríamos remontarnos al estreno de Hernani, en fecha en que suele datarse el acta bautismal del romanticismo; un poco más cerca de nosotros está La dama de las camelias, que provocó interés en todo el occidente y más en nuestros tiempos Cyrano, que todo el mundo quiso ver. Eso había pasado antes con Espectros, y, ya en nuestro siglo, ha ocurrido con Seis personajes en busca de su autor, con Bodas de sangre...

El caso más reciente de una obra teatral que sacuda al mundo, que desde todos los escenarios occidentales sea solicitada, y que públicos de varios países esperen con ansia es el de Amadeus, de Peter Shaffer, de la que se sabe que ha obtenido resonantes triunfos donde quiera que se estrena; aquí desde hace años provocaba una curiosidad enorme; pero ha tardado en llegar, porque sus derechos fueron comprados, tal vez con propósitos de revenderlos, por un señor de Puebla que no es muy conocido y que había pocas probabilidades de que la estrenara; varios empresarios se interesaron por adquirirlos y no los obtenían; el público hasta hizo algunos repartos imaginarios, y algunas personas, o se la encontraron por ahí en algún viaje, o (caso en el que estuvo el anónimo cronista) hicieron uno especial para conocerla en una ciudad extranjera. Finalmente, por informaciones que fue recibiendo de personas o de sociedades responsables, el autor llegó al convencimiento de que la empresa más calificada para presentar con probabilidades de éxito máximo esta obra en México sería la de Manolo Fábregas, y a sus manos fueron a dar esos codiciados, controvertidos, peleados derechos. Nada mejor pudo haberles pasado ni al autor, ni a la obra, ni al público mexicano.

El lugar a donde el anónimo cronista que están ustedes leyendo fue a ver esta obra fue el teatro Chatelet, de París, y tal vez recuerden ustedes los comentarios que acerca de ellos se publicaron en esta página hace algunos dos años. Podemos hoy repetir, para quienes lo hayan olvidado, que la pieza es estupenda, de corte moderno, con pluralidad de sitios y de tiempos, y en escenarios múltiples, regresos al pasado, racconti, o flash back, como se dice en otros idiomas, y con un narrador o conductor que se dirige a los espectadores, y otros modernismos. Tiene la fuerza de la creación de un par de personajes vigorosísimos, sobre todo uno de ellos; están tomados ambos, y mucho de los que los rodean, de la historia, como han hecho siempre ampliamente los clásicos, los románticos y los modernos. Shaffer, como los mayores autores, entre los cuales Shakespeare, Molière y Calderón mismo (los máximos) hace en su pieza la monografía de una pasión o un vicio; no los celos, la hipocresía, el honor que ya trataron sus ilustres predecesores, sino algo que, o no había sido tratado, o, más probablemente, no lo había sido con tan acierto: la envidia, la de un mediocre a un genio; personificados ellos en Antonio Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart, dos sobresalientes figuras de la historia de la música barroca.

Se atrevió a decir el autor de esta columna, después de ver Amadeus en París, que aceptaba apuestas a que, si la hacía Manolo Fábregas, la postura en escena mexicana sería superior a la parisiense, que por supuesto no era mala, sino excelente, decorosa, digna de aquella grande y culta capital del mundo. Esas apuestas las habría ganado de calle. Ahora, después de ver la obra en elteatro San Rafael(1), osa el cronista al adjetivo comparativo “mejor” agregar un adverbio: incomparablemente. Sí, repitamos: incomparablemente mejor que en París. Claro que haría falta conocer la opinión de quienes la vieron en Londres, en Nueva York, en Madrid o en Río. Y cabe hacer un comentario trivial: en París costaba 20 dólares cada boleto, y aquí se puede calcular que como tres o cuatro.

Pongamos por delante a uno de los triunfadores de esta puesta en escena, a quien echamos de menos a la hora de dar las gracias, momento en que tendría él que estar al centro del escenario, con los otros más victoriosos artistas. Antón, que tiene imaginación de artista, cultura de sabio, pericia de técnico, y a veces el dinero de un nabad (cuando trabaja para la ópera o para Manolo) ha superado en forma absoluta la postura que en París vimos; allá tienen mucha costumbre de hacer teatro de época, y cuentan con bodegas enteras de buenos y auténticos muebles y de bien documentados trajes; pero el telón pintado (único para toda la obra) se veía fatigado, y la ropa ya un poco marchita (la de los lacayos y comparsas, no la de las estrellas); aquí ha hecho David media docena de telones y ambientes, y en cuanto a los trajes ni los de los divos y las divas eran allá como aquí; si está uno lo bastante cerca alcanza a percibir las aguas de los moirés, el cuerpo de las sedas, la clase de los terciopelos; se dirá que es éste un comentario de modista; pero en el teatro todo cuenta, y una obra vestida con elegancia, con lujo, con gusto y con abundancia, enriquece el espectáculo, y la agradece (y la paga) el público. También el iluminador, Manolo Sánchez Navarro, es aquí superior al que vimos en otra parte.

A Manolo Fábregas hay que juzgarlo desde tres miradores, como actor, como director y como empresario. ¿Por dónde empezaríamos? Como director, es muy posible que se haya inspirado para emplazamientos y movimientos en algún antecesor; pero es suyo todo el mérito de haber logrado rendimiento supremo de los artistas que manejó, y que cumplan los secundarios, y brillen en forma notable los principales. Como empresario, ha gastado una millonada en ropa, sobre todo aunque también en decorados; pero, sobre todo, ha puesto distinción, buen gusto, clase, categoría; no bastan los millones cuando nada más son arrojados sobre el público como un torrente; y todo en este montaje es de gusto finísimo, nada es exagerado, ni aun con el pretexto de que sería “teatral”; cuidó Manolo con primor detalles como la pronunciación, en tres idiomas (algunos personajes hablan en italiano, y otros en francés); se midió en el uso de la música, que convida al abuso, pues es preciosa. No incurrió en ninguna vulgaridad, en alguna corrientez, con la excepción de las que exige el texto.

En cuanto a su actuación personal... bueno, él es el único que no supera al que vimos en Francia, que es insuperable; pero lo iguala, y eso, al tratarse de François Périer, actor enorme en el mejor papel de su vida, ya es algo muy grande. Al final, detallando, acabaríamos por quedarnos con Manolo, que está más irónico, desde luego mejor vestido y más elegante en sus movimientos; pero el otro es de una grandeza tal que a nadie se puede poner por encima. Tuvo el mayor acierto Fábregas en, al cambiar de edad, no volverse una especie de “señorito de Tacna”; hasta eso lo hizo con dignidad y sin exageraciones.

Pero si pasamos al segundo papel de la obra, que es el titular, la cosa cambia. Rafael Sánchez si está mejor, sin comparación, que Román Polanski, que dirigió e interpretó la pieza en el Chatelet. No sólo tiene más noble talla, y menos narizotas, y habla mejor los tres idiomas en que se expresa (Polanski no usaba su lengua natal, que es el polaco), sino tocó un diapasón más amplio:más cómico en la primera parte, y más dramático en la última; transita de una juguetona farsa a un hondo y conmovedor drama en menos de dos horas. Queda muy atrás El hombre elefante, con la que ganó premios. Está en su verdadera consagración como un actor que, por lo menos mientras lo dirija su padre (ya vimos que cuando no es éste el caso no resulta lo mismo) alcanza alturas interpretativas de suprema importancia.

Sorpresa la que nos dio María Sorté, a quien sólo conocíamos (o recordábamos) en cine; está monísima, desenvuelta, graciosa e intensa. La actriz que hizo este papel en París pasaba por la escena sin dejar ninguna huella. Algo parecido ocurría con el actor que interpretó, allá en forma muy gris, el papel de Francisco II. El que lo hace aquí, Ricardo Cortés, llama la atención, está estupendo. Al principio parece un poco redicho (así es el); pero sostiene el tipo, y va ganándose al público para acabar por oír una de las mayores ovaciones. Una sola cosa escapó a la dirección: que el emperador no puede tener menos ropa que sus servidores; mientras Mozart y Salieri lucen varias preciosas casacas y pelucas, el monarca siempre está igual. Un ligero descuido, que puede corregirse.

Van a decir ustedes que se ha abusado en esta crónica de comparaciones y reminiscencias; pero para eso exclusivamente fuimos a ver Amadeus en París, para compararla con la que se pondrían alguna vez en México, pues buscamos las ocasiones posibles para confirmarnos en la idea, que seguimos sosteniendo, de que si no se hace en México el mejor teatro del mundo, al menos se hace teatro como el mejor del mundo. Y a precios, eso sí, los más bajos de que tengamos conocimiento.


Notas

1. La obra se había estrenado el 14 de junio. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.