FICHA TÉCNICA



Título obra Noche decisiva en la vida sentimental de Eva Iriarte

Autoría Héctor Mendoza

Dirección Luis de Tavira

Elenco Yolanda Mérida, Miguel Córcega, Mario García González, Rosa María Bianchi, Marco Zetina, Luis Rábago, Silvia Mariscal

Escenografía Jorge de Santiago

Iluminación Gabriel Pascal

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Noche decisiva en la vida sentimental de Eva Iriarte de Héctor Mendoza, dirige Luis de Tavira]”, en Siempre!, 20 junio 1984.




Título obra Andrómaca

Autoría Jean Racine

Dirección José Solé

Elenco Jorge Fink, Blanca Torres, Tara Parra, Oscar Bonfiglio, Carmen Delgado, Laura Zapata, Arturo Beristain, Oscar Narváez

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Noche decisiva en la vida sentimental de Eva Iriarte de Héctor Mendoza, dirige Luis de Tavira]”, en Siempre!, 20 junio 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de junio de 1984

Columna Teatro

Noche decisiva en la vida sentimental de Eva Iriarte de Héctor Mendoza, dirige Luis de Tavira

Rafael Solana

Héctor Mendoza lo parece, pero no es ya un pollito. No confiesa su rostro aniñado, ni su cuerpo esbelto, que de autor teatral estrenado cumplió 32 años el mes pasado, puesto que fue en mayo de 1952 cuando subió a escena, en el teatro Colón, en que daba una de sus fecundas temporadas la Unión Nacional de Autores, su breve pieza Ahogados. Fue esa misma Unión la que lo lanzó ya más en firme, en el teatro Ideal, con Las cosas simples, que sigue siendo su obra cumbre y que está viva en los repertorios de las compañías profesionales y de estudiantes o aficionados (ahora mismo la está ensayando el maestro Terrazas para reponerla en el 20 de Noviembre: no en ese día, sino en ese teatro); la tercera pieza que escribió, El tobogán, que tenía por escenario la Universidad de Guanajuato, no hemos sabido que haya llegado a estrenarse; después, cuando fue director de teatro de la Universidad, estrenó otras, no siempre por completo suyas, sino paráfrasis o reconstrucciones de obras clásicas; pareció desviar lo mejor de su atención hacia la dirección, en la que es un as (prueba: su Crímenes del corazón(1), que está en cartel, y que muy vivamente recomendamos). Una característica de su personalidad, lo mismo de autor que de director y alguna vez actor, parece ser la inclinación a la chufla. Llamémosla buen humor, aunque a veces parezca ironía, y aun sátira.

No dirige él mismo la más reciente de sus composiciones, que lleva el argüellescamente kilométrico título de Noche decisiva en la vida sentimental de Eva Iriarte(2); si llega a llamarse su protagonista, en vez de Eva, María de la Consolación, no habría marquesina donde poner ese título, que se ha optado por reducir a Noche decisiva para efectos publicitarios y de imprenta.

Si nos preguntan ustedes a qué género pertenece esta obra nos pondrán en un brete. No es nada tan simple de encajonar como tragedia, drama, comedia o sainete. Robando un término al léxico de la música la llamaríamos scherzo, que es vocablo italiano, como muchos de los que se usan en ese arte. Traducirlo “broma” equivocaría; “jugueteo” tampoco corresponde, pues ya Benavente y los hermanos Álvarez Quintero hace tres cuartos de siglo o más dejaron muy en claro lo que es un “juguete cómico”. ¿Acaso es un “divertimento? El caso es que en música los scherzi generalmente duran 10 o 15 minutos, nunca dos horas y media, duración algo forzada para sostener una frivolidad escénica.

El director llamado fue Luis de Tavira, que en la dirección del teatro universitario ha sucedido a Mendoza, quien por lo visto no se muestra resentido de esa sustitución, sino ampliamente colabora con su sucesor. Tavira ha brillado en la Universidad, y lo sigue haciendo, por dos faces (no poner fases, cuidado) de su personalidad; como en los chistes de noticias, una es buena y otra es mala. ¿Comenzamos por la buena? Que tiene muchísimo talento, una desbordante y a veces casi loca imaginación, una gran valentía y una originalidad asombrosa. Ahora la mala: que es costosísimo; la Universidad, que es muy rica, no se arredra de que cada postura en escena suya cueste millones. Pero creíamos que la Compañía Nacional de Teatro había entrado en un periodo de austeridad, que casi podríamos calificar de suicida; abdicada su grandeza, quedan de ellos despojos, como de un naufragio; suponíamos que íbamos a ver una postura en escena modesta, discreta, ya que no indigente o franciscana. Nada hay de eso, Tavira ha dispuesto de millones como si estuviera en CU. Bástenos apuntar que la escenografía, de José de Santiago, es sólida, con una casa entera practicable, con escalinatas, con agua corriente que sale de la manguera con que se riega un jardín, y que es casa, además de una mesa de tenis, tiene una alberca; cierto que no olímpica, pero sí con agua en la que se bañan algunos personajes. En cuanto a la utilería, hay hasta un automóvil que hace evoluciones por el escenario (el segundo, que solamente se oye arrancar, podría estar grabado, aunque con Tavira no puede saberse). En lo único en que se ha ahorrado ha sido en el reparto.

Porque no se trata esta vez de uno pluriestelar, como aquéllos a que nos malacostumbró la CNT; tres ases se salvaron solamente de la quema: Yolanda Mérida, cuyo papel prácticamente consiste en un par de escenas, que saca con tal maestría que justifica el que lo haya aceptado; Miguel Córcega, que es el único que tiene oportunidad de lucirse, y amplísimamente la aprovecha; y Mario García González, que convierte en básico un papel de criado, como algunos de Shakespeare, de Lope, de Calderón o de García Lorca (en este caso, criadas); éstos son los tres artistas que dominan la escena, que se apoderan de la atención, y que imponen su personalidad y obtienen resonancia. Los otros...

Desconocidos no son: la señorita Rosa María Bianchi ya ha brillado, y hasta ha sido premiada; Marco Zetina estuvo formidable en El alcalde de Zalamea y en La muralla china: tampoco los nombres de Luis Rábago y Silvia Mariscal suenan por primera vez; quizá ni el de Graciela Torres; pero ¡cuánto distan todos ellos de ponerse en el mismo plano en que están Yolanda, Miguel y Mario! Se establece una comparación que no los favorece. Un cronista de toros los llamaría banderilleros.

Luchan todos los artistas, no nada más los juveniles, con un estorbo tremendo: como durante toda la obra se hace la inserción de viñetas cinematográficas (de Julio Prieto), algunas de las cuales absolutamente para nada vienen al caso, hay siempre frente al escenario una pantalla de gasa que sirve para esas proyecciones, y entonces se hace muy difícil verle la cara a nadie; se podría decir de todos que actúan como a oscuras, atenidos a sus entonaciones, no a sus gestos; la iluminación tampoco los ayuda (es el primer caso que recordamos en que un iluminador, Gabriel Pascal, es aplaudido no cuando enciende sus luces, sino ¡cuando las apaga!). Esa gasa también sirve para dar un ambiente de ensoñación, de irrealidad, lo que hace más comprensible que sean incomprensibles los sucesos.

Se rió la gente, a veces (sin duda la vena de Héctor Mendoza es la cómica) y a ratos se fatigó, pues son muchos 10 cuartos de hora para sostener un relato teatral-cinematográfico en que no era infrecuente perder el hilo de lo que estaba sucediendo.

Andrómaca

de Racine, dirige José Solé

Es difícil de entender, y más de explicar, por qué de los grandes ases del teatro francés en el siglo del Rey Sol solamente uno, Molière, es conocido en México; Corneille y Racine son casi por completo ignorados; el que diga que ha visto (fuera de Fedra, que hace apenas unos meses que se ha puesto) obras de Racine, a quien suele tenerse (Gide) por “el poeta mayor de Francia”, será que las vio en París, o aquí a la Comedia Francesa que nos ha visitado ocasionalmente. Y el desconocimiento de Racine (y Corneille) es una grave laguna en la cultura teatral del público mexicano, un bache que habría que tratar de llenar. Ignorar a Racine, los aficionados al teatro, equivale a que no conocieran a Beethoven los que lo son a la música, o a Mozart los entendidos en ópera. Esto es: un absurdo.

Fedra nos ha sido dada a conocer hace muy poco, por cierto en una versión en verso que es admirable, de Tomás Segovia, y con una interpretación magnífica de la señorita María Luisa Medina; pero en general su postura en escena pudo calificarse de pobre, o al menos de modesta, y la vio poca gente. Ahora Pepe Solé, en su carácter de supremo sacerdote del teatro mexicano, que tiene desde hace ocho años y que ojalá conservara para siempre, nos presenta otra obra de ese genio, el Shakespeare y el de Lope de su idioma: Andrómaca(3), con personajes homéricos, de nombres bien conocidos porque los hemos oído sonar en obras griegas, norteamericanas y hasta mexicanas; pero esta vez, si bien no dispuso don José de una traducción tan bella como la de Fedra, hay muchísimo mayor riqueza en la presentación, y en la dirección mayor aliento. Ahora sí podemos ver y escuchar la obra en el plan en que se la pone en la Sala Richelieu, en París. Pepe escenógrafo ha colgado unostelones en blanco y negro que parecen grabados de Piranesi, con asunto arquitectónico neoclásico, y ha hecho unos trajes masculinos como los de los sotas de la baraja francesa (cabe recordar, muchos lo olvidan, hasta López Velarde, que sota es masculino, y que no hay “la sota moza”, sino el sota, ayudante del caballero, que a su vez lo es del rey). A las damas las vistió más vagamente, ya sin recuerdo alguno de Grecia, con trajes que pueden servirles para cuando hagan Molière, Marivaux y hasta Beaumarchais. Ha puesto una música “a lo Lully”, y Guillermina Peñalosa montó unos que no llegan a bailables, sino tal vez sólo a desplazamientos, pero que ponen en la representación la musicalidad que se echa de menos por la falta de versos: nobles, majestuosos, elegantes. Un fuerte y justo aplauso comentó la presencia en la escena de la señora Peñalosa, al final de la representación.

Para una compañía que sigue siendo rica en talentos, a pesar de su fortísima reducción (más tiene el rico cuando empobrece que el pobre cuando se saca los pronósticos) esta obra no resulta muy adecuada, pues contiene pocos papeles grandes, y ellos no son lucidos, quienes no alcanzan uno de los cuatro o cinco personajes supremos se quedan en la sombra, son meros criados; pero no graciosos, como los del teatro español, ni atrevidos, como algunos de Shakespeare, sino oscuros y lánguidos; esa triste suerte corrieron en esta ocasión tres artistas disciplinados y magníficos, que otras veces han brillado mucho: Jorge Fink, Blanca Torres y Tara Parra; papel semibrillante, discreto al menos es el de Pílades (en Electra es mudo), y lo hace con postura y solvencia Oscar Bonfiglio, hijo de tigre y tigresa; pero el botín de los aplausos se reserva para ser repartido, a como les toque, entre el cuarteto dominante, que forman Andrómaca y Orestes, Pirro y Hermione. Supuestamente, han de ser los dos primeramente mencionados quienes más se destaquen, y se dan esos papeles a las estrellas de las compañías; aquí ocurrió que se crecieron más los otros dos, y así nos pareció escuchar que la ovación más cerrada y entusiasta fue la que arrancó la señorita Carmen Delgado, que constituye una verdadera revelación; está formidable, imponente, esta homónima de una inolvidable estrella del género chico de hace 50 años, viuda de Mendoza López después. Bella, grácil, pizpireta, intencionada no sólo en sus dichos, sino en sus miradas, sus gestos, sus movimientos; arrebató al público y acusó una personalidad impresionante, una proyección irresistible.

A Laura Zapata le fue puesto el papel por el director a la francesa, sin límite de tono, gritado, vociferado, rugido, con rodillazos y grandes azotones, no estamos aquí acostumbrados a este tono, que llamaremos heroico, y que a muchos parecerá exagerado. Para la señorita Zapata, que ha hecho obras más ligeras, y hasta frívolas, es una prueba capital en su carrera someterse a un trabajo de esta índole, una prueba que pocas pueden superar (la Guilmain, la Montejo, la Alexander, en fin: las diosas). Mucho aprenderá con esta lección. Convence, está a la altura. Triunfo.

Parecidas consideraciones pueden hacerse sobre la pareja masculina. Da la medida en su papel exaltadísimo Beristain, en quien seguimos viendo, porque así nos lo conserva nuestra memoria, al borrachito mexicanísimo de Salón Calavera (el mayor triunfo de su carrera), y se nos falsea un poco al convertirse en este héroe grecofrancés; pero alcanza la talla. Sólo que parece superarlo en buen tipo, en majestad, en grandeza, Oscar Narváez, en el que es solamente el segundo de los papeles viriles; como que tiene mejor tipo y más sólida escuela para esta clase de teatro; pero esto podrá ser cuestión de matices, de preferencias personales. Los cuatro están muy bien, y hay que verlos.

Advirtamos al público que no va a pasar el rato, que tal vez le va a pesar un poco la obra, siempre solemne, sin el rayito de luz de la más leve sonrisa jamás; un poco campanuda y estirada en sus dos horas y media de duración. Ni a reírse ni a divertirse va uno; pero va a aprender, va a llenar un doloroso hueco que todo el público mexicano tiene en su cultura; va a admirar a un grande entre los grandes, a Racine, y a algunos de los genios de nuestro teatro mexicano actual, a Pepe Solé, desde luego, que se cubre de gloria con esta presentación de gran aliento de una obra que era un pecado que no fuese aquí conocida.


Notas

1. Consúltese la crónica respectiva que con fecha del 7 de marzo de 1984 se incluye en este volumen.
2. Que se había estrenado el 29 de mayo en el teatro del Bosque. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
3. Estrenada en el teatro Julio Jiménez Rueda el 31 de mayo. Invitación al estreno. A: Biblioteca de las Artes.