FICHA TÉCNICA



Título obra Don Quijote murió del corazón

Autoría Federico S. Inclán

Dirección Julio Castillo

Elenco Sergio Kleiner

Espacios teatrales Teatro de la Ciudadela

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Don Quijote murió del corazón obra póstuma de Federico S. Inclán, dirige Julio Castillo]”, en Siempre!, 30 mayo 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de mayo de 1984

Columna Teatro

Don Quijote murió del corazón obra póstuma de Federico S. Inclán, dirige Julio Castillo

Rafael Solana

Con el mayor de los aciertos no ha querido el ingeniero Federico Schroeder dar a su entusiasta campaña para la conservación de la memoria de su padre ningún aspecto de sacrificio; no quiere que sea algo que le cueste, como un monumento funerario, o llevar con frecuencia flores a una tumba, sino que sea, en lo posible, un negocio, que atraiga al público (es de lo que principalmente se trata) y que así esa memoria se conserve entre muchos y no entre pocos, y además permita que la experiencia se repita, mientras más veces mejor.

Una de las 12 obras que el ingeniero Schroeder Inclán dejó inéditas (lo que en este caso quiere decir sin representar, no sin imprimir) es Don Quijote murió del corazón, y ha querido su hijo Fritz que siga a Aprendiendo a ser señora, que ya estuvo, por mucho tiempo y con excelente éxito, en el mismo teatro Ciudadela al que va la nueva pieza, y al que seguirán yendo otras, pues para eso lo ha alquilado este hijo fiel (política que los herederos de Wilberto Cantón, que también dejó obras sin estrenar, no están siguiendo). Pareciera una obra difícil, poco comercial, y aunque buenísima, carente de algunos de los atractivos del movimiento escénico, de variedad y de riqueza de reparto, que podrían seducir a los públicos amplios. El ingeniero Fritz hijo tuvo la acertadísma idea de llamar a un director que, con una absoluta libertad que el dueño de los derechos de la obra le daba, la animase, la galvanizase y la llenara de adornos, algunos de ellos indiscretos y a nuestro juicio desacertados, pero en su conjunto capaces de hacer el milagro de dar vida teatral a lo que originalmente no la tenía.

La libertad del director habría, a nuestro juicio, podido ir más allá de donde fue, y atreverse a retocar el texto mismo. Después de todo el ingeniero Fritz no era un purista de la lengua. Rara vez lo son los ingenieros (hago tres excepciones notorias: don Eduardo Hay, don Marte R. Gómez y don Vicente Leñero) y ni las tuercas, las mangueras y los tornillos con que comerciaba al principio de su carrera, en una tienda de las calles de Venustiano Carranza en la que aprovechó los momentos de ausencia de clientes para componer las primeras de sus obras, ni el cultivo del cacao, después, en su hacienda de Pichucalco, le dejaban mucho tiempo para perfeccionar su castellano, que no era su lengua paterna. No habría sido falta de respeto, sino cariñosa, filial colaboración, corregir erratas tan notorias como la de, pretendiendo hacerle hablar en un español del siglo cervantino poner a don Quijote a expresarse al itálico modo, anteponiendo los adjetivos posesivos a los nombres, con artículo, cosa que sólo se hace, hasta donde sabemos, en la lengua toscana; o como la de comenzar una frase en su tercera persona del singular y acabar en segunda del plural segun varias veces ocurre en el texto. ¿No estará a tiempo don Fritz segundo de prestar a la bella obra de don Fritz primero este importante servicio?

Aun afeado por esas erratas, fácilmente erradicables, y por la introducción de algunos vocablos fuertes no inclanianos, el texto es muy bello, y abunda en aciertos deslumbrantes; pero seguiría siendo la obra, cuando se la limpiase de tan superficiales manchas, un problema para su representación, como inmóvil y estatuario diálogo de dos figuras inertes, como se las ve a la salida de la calle Hidalgo de Guanajuato. Aquí del talento del hijo para buscar un director que supiera insuflar en la obra del padre ese santo espíritu del teatro representado, no el leído, que la hiciera aceptable para una audiencia.

Pensó el hijo de doña Violeta en Julio Castillo. Elección peligrosa, aventurada, pues es este director una suma de contrarios, tan rico en grandes aciertos como en exageraciones y errores garrafales. No se salvó su postura de algunos de ellos; pero los damos por perdonables a cambio de los muchos tiros que dieron en el blanco. Comenzó el director por aumentar algo más de media docena de personajes que el hijo de doña Esther no previó, ni creía necesitar; metió música, a veces estridente; hizo una especie de ballet a ratos (como la escena transcurre en un frío cuarto de hospital, convocó un coro entre griego y broadwayano de afanadoras), y hasta un desnudofemenino encontró la manera de hacer caber (en la obra de Cervantes sólo cabe uno masculino, el del propio don Quijote, a quien por cierto hace Castillo con su dirección enseñar casi tanto y casi lo mismo como lo que Zurita enseña en Tu gato ha muerto)(1); también una proyección de película pornográfica, que tal vez la censura (oficial, si es que la hay, o privada, del director mismo, y del productor sugirió que estuviese desafocada) y hasta unos cuantos (fallidos) actos de amor de Don Quijote, que se muestra inexperto en este tipo de lides, con alguna de las criadas. ¿Enriquece toda esta parafernalia, en parte sicalíptica, la obra de Inclán? No diríamos tanto, pero sí que la anima, la mueve, la agita, y con todo ello combate la posible, previsible, somnolencia de una parte del público.

Lo que de ninguna manera aprobamos a Castillo, pues conocimos íntimamente a don Federico, y creemos saber cómo veía él su obra, es que en vez de un diálogo entre Don Quijote y Sancho, en que cada uno de ellos sostuviera su tipo, pero respetándose su mutua categoría, haya hecho Julio que sólo el actor que encarna al Caballero de la triste figura luzca, mientras se apaga el otro, en busca de un fuerte contraste, lo que podría parecer (pero no lo es) una buena idea de dirección, ha hecho el señor Castillo que Sergio Klainer actúe en la medida del teatro, con maquillaje, vestuario y entonaciones teatrales, mientras el excelente actor que es el señor Sevilla, varias veces triunfador en muchas obras, ni se maquille, ni se vista en forma teatral, sino de calle, ni entone, ni imposte, sino hable en forma coloquial, con llaneza que raya en la vulgaridad; su voz se empequeñece y se opaca; lo único que le dejó fue un breve bailable que trajo don Alfredo de Nunca en domingo, más griego que manchego, y él tuvo la astucia, seguro de que no lo notarían ni el director ni el productor (pero tampoco el público) de ponerse unos zapatos extravagantes, lo único no vulgar ni cotidiano de todo su atuendo. Pero no los habrá visto nadie, sino su vestidor y él mismo.

Como Castillo dejó las cosas, se convierte la obra en un solo de Klainer, que se despacha con la cuchara grande, sin réplica. Este actor eminentísimo, que todos los años se queda en las ternas de la mejor actuación de la temporada, con la mala suerte de que haya siempre otro que lo derrota, parece que esta vez no podrá tener competencia (aunque faltan siete meses) y que al fin será premiado, pues está sensacional, admirable; pero nos habrá sabido mejor que tuviera una réplica a su medida y en su tono. No lo vio así don Julio, que lo ha dejado solo, y en el encontronazo se lleva a don Alfredo, lo atropella y lo esconde; y en vez de un mano a mano de dos grandes personajes, veamos una encerrona de Klainer, que se queda solo y reduce a Sevilla a un poco más que el papel de las seis inventadas afanadoras, el de la muda enfermera principal y el de la señora que hace, paloma en mano, una segunda sombra, muda también, de Don Quijote.

La ovación al autor, y la de Sergio, y también la de Julio Castillo, fueron clamorosas la noche en que la pieza fue sometida a la prensa(2). La de Sevilla, algo menos, no porque él sea menos buen artista, sino porque el director le dio muerte civil y no lo dejó sacar la cabeza. El propósito de don Fritz pequeño, rendir homenaje a la memoria de su inolvidable padre, se logra, pues brilla Inclán el gran autor que era, y también ha de lograrse el de traer muchas noches hacia el teatro de la Ciudadela a un público numeroso, para que conozca y admire a ambos Schroeder, y devuelva el dinero invertido en la producción, que de ninguna manera es tan poco como podría pensar quien sólo conociera de lectura la bella y valiosa obra.


Notas

1. Véase la crónica respectiva del 1 de febrero de 1984 que se incluye en este volumen.
2. La obra se estrenó el 8 de mayo en el teatro de la Ciudadela. Julio Castillo 1943-1988. Catálogo de obra. México. Diteatral. 1989. s/p.