FICHA TÉCNICA



Título obra La loba

Autoría Lilian Hellman

Dirección Juan Ibáñez

Elenco Carlos Cámara, Marta Zamora, Pilar Pellicer, Sergio (de) Bustamante, Guillermo Murray, Miguel Priego, Luz María Jerez, Aurora Cortés, Arsenio Núñez

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La loba de Lilian Hellman, dirige Juan Ibáñez]”, en Siempre!, 18 abril 1984.




Título obra La ley de Creón

Autoría Olga Harmony

Dirección Manuel Montoro

Elenco Aurora Molina, Salvador Sánchez, Patricia Reyes Spíndola, Gerardo Vigil, Zaide Silvia Gutiérrez, Marcos García, Miguel Rodarte, Eugenio Cobo

Escenografía Guillermo Barclay

Música Manuel de Elías

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La loba de Lilian Hellman, dirige Juan Ibáñez]”, en Siempre!, 18 abril 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de abril de 1984

Columna Teatro

La loba de Lilian Hellman, dirige Juan Ibáñez

Rafael Solana

Aunque sólo tiene 45 años de edad, que es una que muchas mujeres hermosas saben resistir con aires victoriosos, el melodramón de Lilian Hellman The little foxes, esta vez traducido como La loba para destacar sobre sus hermanos a la protagonista, se ve viejo y pasado de moda, porque ya lo era y lo estaba en la noche de su estreno, en que atrasa medio siglo con respecto a las modas dramáticas de 1939, época en que evocaba el tono de los dramas de Victoriano Sardou, de don Enrique Ibsen y de don Jacinto Benavente. Que el melodrama, aunque había envejecido, no había muerto por entonces, nos lo dicen, entre otras que se siguieron entrenando en varios países, algunas de las obras de nuestro Luis G. Basurto, uno de los más eminentes melodramaturgos de la generación mexicana que ya ha dejado de ser joven. Esta obra muy bien construida en su estilo, y que sigue siendo muy eficaz en sus efectos fue un triunfo, en la pantalla, de la trágica Bette Davis, especializada en villanas espeluznantes, y en el teatro la han hecho a través de dos o tres generaciones muchas actrices notables, en todas partes; el de Regina es, como el de Raymunda, el de Fedora y muchos otros, uno de los papeles favoritos de las artistas de temperamento.

Pilar Pellicer no ha querido morirse sin hacerlo (como su hermana Pina sin hacer La dama de las camelias, que es otra de las obras, esta vez romántica, que ninguna actriz que se respete quisiera dejar de haber hecho). No ha temido Pilar medirse con algunas grandes a quienes conservamos en nuestra memoria. Sólo que ella ha querido lucirse doblemente: como actriz, desde luego; pero también como productora.

Dos cosas nos habían impresionado ya enormemente antes de que nadie abriera la boca para pronunciar la primera palabra; una fue el reparto, de 10 personas, cinco de ellas en letras negritas, y algunas de las otras cinco igualmente buenas, en la categoría siguiente. La otra fue la escenografía,del argentino Ariel Blanco, que sin duda no es un escenógrafo barato, pero que ha hecho una construcción impresionante, aparatosa, y de bastante buen gusto (quizá en una casa tan rica no caben copias de cuadros muy conocidos, que sólo muy recientemente, 50 años después de la época en que pasan los hechos del drama, se han difundido, por medio de la cromotipia, si esta observación mereciera ser escuchada, bastaría con cambiarlos por otros); al abrirse el telón estalla un aplauso, no sólo por el bello y caro decorado, sino porque aparecen en un cuadro muy bien compuesto muchos de los principales artistas, acomodados como en un lujoso escaparate.

Ya hemos dicho que la obra huele a rancio, y hemos de agregar que el director, Juan Ibáñez (hay dos Ibáñez, y a José Luis podría llamarsele “el bueno”) nada ha hecho por disipar ese aroma, sino ha procurado subrayarlo. Adopta un tempo que de andante maestoso se convierte por momentos en lento, y subraya algunos papeles en tal forma que más parecen destinados a un público de telenovelas que a uno de teatro, sin duda más fino. Especialmente exagerada en los papeles encargados a Carlos Cámara, que habla siempre dentro de una olla, en forma cavernosa y deliberadamente villana, y de la excelente y delicada Marta Zamora, que es tan buena actriz que se salva a pesar de que le fue puesto su papel como el de una mártir de televisión, sin escatimarle siquiera una escena de borrachera, que es un recurso que ya ha sido mandado retirar en el teatro bueno, especialmente desde que en ¿Quién teme a Virginia Woolf? las borracheras escénicas tuvieron su quijote, que al exagerarlas las puso en ridículo. Marta Zamora suma un éxito a los muchos que ya tiene conseguidos, a pesar de la obviedad con que el papel, apoyado sin discreción, le ha sido puesto.

A nadie puede escapar el hecho de que el sentido de que se haya desempolvado este dramón es el lucimiento de la señora Pellicer; ella lo logra (además de como productora, a lo que ya nos hemos referido) en estos tres planos: luce muy bella, lo que a veces en las películas no le ha sido suficientemente cuidado; aparece muy elegante y muy señora, con ropa de una época y de una clase social que la hacen brillar mucho (en el cine suele hacer viejas chamagosas, harapientas, sucias) y como actriz se pone a la altura de sus más crueles escenas dramáticas, aunque no llega a hacerse todo lo odiosa que el personaje pide, pues su perversidad inaudita nunca la hace perder elbello perfil ni la elegante postura. También ella, como Ana Ofelia Murguía en Medea, nos muestra cómo se puede llegar a los más terribles horrores sin despeinarse. Sus escenas cumbres; del tercer acto (¿para qué dirán que son dos actos, si es tan evidente que han sido tres siempre?) horrorizan al espectador sencillo, por la maldad de aquella materialista y cruel mujer a la que se da el nombre, el de la obra, de un feroz animal carnicero. Una loba sin la ternura de la que amamantó a Rómulo y a Remo, ni la provisional bondad de su congénere que amansó San Francisco.

Por bien que esté Pilar Pellicer, y está excelente, el espectador no puede dejar de tener la impresión de que quien domina la escena, en muchos momentos, es Sergio (de) Bustamante, en cuyo papel el director Juan trabajó más que en otros. Bustamante ha sido siempre una gran personalidad, así en piezas en que ha de interpretar a horribles asesinos como en aquellas en que le han tocado personajes cómicos. Esta vez brilla sobre un cuadro de actores de primera clase, los supera, sobrenada por encima de ellos, se adueña de la atención del público. Como se trata de un ladrón, no está fuera de sitio la famosa frase “se roba la obra”, que tantas veces hemos visto y oído aplicar a Bertha Moss. Es el único personaje en que el director se permitió matizar, en vez de cortarlo, como todos los otros, de una pieza. Su cínico tiene hasta perfiles de buen humor, los únicos rayos de sonrisa que penetran en la espesura de la sórdida pieza. Creemos que serán muchos quienes opinen, como aquí lo estamos haciendo, que este Sergio (tenemos otros tres o cuatro muy buenos) es el mayor de los triunfadores, entre los intérpretes de la pieza.

Ya dijimos que es bueno Carlos Cámara, y que lamentamos que su papel le haya sido puesto tan plana y ostensiblemente. Nos falta referirnos, de entre las estrellas mayores, a Guillermo Murray,que también está muy lineal, y que trae a nuestra memoria, con emoción, a don Arturo de Córdova, recordado y estimadísimo actor a quien se tuvo la crueldad de presentar en este papel de moribundo cuando efectivamente estaba en las últimas, con lo que se logró inigualable naturalidad. Los dos papeles de jóvenes fueron repartidos a Miguel Priego, actor a quien premió la crítica por una actuación soberbia en Pedro y el capitán, y a la señorita Luz María Jerez, que llamó la atención en La Celestina. Los pequeños papeles de los criados fueron hechos impecablemente por doña Aurora Cortés, que está nada menos que perfecta, y Arsenio Núñez, que aunque es 20 o 40 años menor que lo que el personaje podríamos pensar que pide, está intachable de tipo y en su dicción y sus movimientos; como el personaje más débilmente hecho aparece el que se repartió a Salvador Jaramillo, actor que se limita a decirlo con cierta opacidad, sin sacarle lustre, aunque sin tampoco desentonar.

Como el melodrama no ha muerto, sino vive robusto y saludable, aunque refugiado en las pantallas chicas, puede esperarse que esta anciana obra, sobre todo por estar tan exquisitamente montada e interpretada por artistas tan de primera clase, atraiga mucha gente el teatro Julio Prieto, y coseche, de públicos ingenuos, ovaciones más largas y cálidas que la que el día del estreno nos pareció más bien cortés y fría, tal vez a causa del cansancio que el público resentía por haber tenido que esperar una hora a que se levantara el telón, inexactitud que no deja nunca de producir alguna contrariedad y cierta fatiga, que puede llegar, si se exagera (Los tres mosqueteros se retrasó dos horas) hasta a provocar el enojo y el fracaso, extremos que en esta ocasión no fueron alcanzados.

La ley de Creón de Olga Harmony, dirige Manuel Montoro

Estaba muy ufano Sergio Magaña de que la única tragedia escrita en México fuese la suya de Moctezuma II, pretensión tal vez un poco exagerada o ignorante. Ahora ya evidentemente no lo es; ya hay otra de la misma gran categoría estética, que también respira grandeza y maestría, si bien no trata algún asunto heroico de dioses o reyes de nuestra historia y nuestra mitología, sino trasplanta a México y a tiempos cercanos a los que vivimos un tema clásico, patinado por los siglos.

Cristígona que así podría llamarse por el nombre de su antigonista, está ungida por su antigoneidad; pero a pesar de antíguona no ha perdido vigencia. Su autora, la nueva dramaturga mexicana doña Olga Harmony, no se ha limitado, como Séneca, o Unamuno, a traducir, ni como Racine a versificar, ni como Brecht, Cocteau, Anouilh, Fry, Giraudoux, O´Neill, Villaurrutia y media página de etcéteras a parafrasear o recrear, con base en una situación y unos personajes que pertenecen al género humano, y no nada más a Sófocles, ha escrito una obra nueva, llena de vigor, de aliento, de majestad. Son muchos los momentos en que sentimos que se nos pone frente a una gran obra; si bien en otras ocasiones habríamos agradecido un poco menos de obviedad; a veces no está claro si la señora Harmony escribe para un público inteligente de entendidos (lo hace casi siempre) o para uno muy primario, popular, a quien haya que repetirle las cosas más sabidas con el fin de difundirlas más. Sentimos que la gran calidad de la pieza desciende un poco (con ayuda del director) cuando, por ejemplo, un coro de señores de chistera y a los que sólo falta un anillo en la nariz para ser de Orozco de Quezada, dice “¡Qué buen champaña bebemos!” con la previsible respuesta de otro coro de mujeres de rebozo y trenzas, de Goitia o de Rodríguez Lozano que contesta: “¡Qué pocas tortillas comemos!”. Frases como “Los ricos lo son a expensas de los pobres” también nos suenan más propias de editorial de periódico obrero que de tragedia artística. Pero si un autor se recorta las alas por temor a decir algo que ya está dicho enmudecerían casi todos.

Los defectos (trasnochada demagogia, revolucionarismo primario, inocentona generosidad, fiestecita lorquiana) son mínimos ante las virtudes de la obra, vigorosa, seria, de gran hálito que la señora Harmony muestra, y que la pone de golpe, en la primera fila entre la ya legión de nuestros nuevos talentosísimos dramaturgos.

Confiesa Manuel Montoro que en cuanto leyó La ley de Creón (que todavía no se llamaba así entonces) se relamió los bigotes y se dijo: “¡Esto es lo mío!”. Sobre todo, la imaginamos, cuando llegó al final. Un padre que mata a sus hijos no podía escapársele al director de Medea, de El malentendido, y que tal vez está esperando algún buen tratamiento dramático del caso del Zar que de un cetrazo en el cráneo mató al Zarevitch su presunto heredero, y quizá no tarde en descubrir la schilleriana tragedia de Felipe II y el príncipe don Carlos. El gran tono, por todo lo alto, es lo que mejor está a Montoro, quien pospone la ocasión de mostrarnos la versatilidad que han de tener los grandes directores y prefiere nuevamente apoyar la misma tecla en que no le cabe duda a nadie de que es un as.

Memo Barclay esta vez ha hecho una escenografía que parece desabrida, escueta o fría, pero que en realidad es austera, sobria, franciscana y mental. No se crea que es barata ni sencilla; es complicadísima, llena de carros, y sin duda costosísima; pero los disimula con la mayor modestia, como aquellos trajes que María Félix solía hacerse, de manta de Toluca, pero forrados de seda italiana, o como el abrigo que Dolores del Río sacaba en La vidente, de lanilla por fuera, y con los forros, invisibles, por dentro. Barclay resuelve el problema de la multiplicidad de ámbitos que pide la obra de doña Olga, que en lo de la unidad de sitio no respetó a Aristóteles.

Brilla Montoro sobre todo (a nuestro humilde juicio) en la dirección de actores. Su tratamiento del coro viene ya después de alguno muy acertado que hemos visto a la maestra Marta Luna. Su uso de máscaras tampoco nos resulta nuevo. Su sabor a la visita de las Ayolas a doña Rosita la Soltera en una que hacen las jóvenes hacendadas a su vecina tampoco nos deslumbró, ni su vals, “no pocas veces visto” (como habría dicho Magaña Esquivel); pero su férrea mano de gran director, uno de los mejores de la Nueva España, se hace sentir en el trabajo de los intérpretes, que es soberbio. No nos sorprende el de la maestra Aurora Molina, que está enorme, ni el de don Salvador Sánchez, que si grita a veces un poco por demás, para las dimensiones del teatro Milán, compone un tirano de primera fuerza. Pero hemos de confesar que a la elegante e interesantísma Patricia Reyes Spíndola jamás la habíamos visto volar a esta altura, que es la de nuestras trágicas máximas, la Montejo y la Guilmain, la Alexander y la Murguía, la Reyes o la Olivier, que han sabido ponerse, como ahora hace Patricia, al nivel de las marmóreas tragedias clásicas. Grande está la señorita Reyes Spíndola y con ella, además de los dos maestros citados antes, dos jóvenes que nos dan una completa satisfacción con triunfo: Gerardo Vigil, a quien hemos admirado en tipospopulares, y mucho en una de sus películas, y de Zaide Silvia Gutiérrez, que va creciendo con su personaje, le va dando cuerpo según su tono se agranda, y acaba por estar al ras de las primeras figuras. Marcos García y Miguel Rodarte están muy bien, y el único que no logró convencernos fue Eugenio Cobo en su cura convencional y sin relieve.

Por contraste con la de la noche anterior (la de La loba) que nos pareció una ovación breve y fría, la de La ley de Creón fue apasionada(1), tan caliente como el teatro mismo, que era un horno, y tan prolongada que hubo tiempo de ir llamando, además de los dos coros y de cada uno de los ocho artistas, y del director, y del escenógrafo, y del compositor (Manuel de Elías), y, por supuesto, ovación máxima, de la autora, hasta a los rectores de la Universidad Veracruzana, el actual, Carlos Aguirre, y el anterior, que dio gran impulso a la compañía, a la que tenemos hoy, desaparecida o poco menos la Nacional, por la mejor y la más valiosa compañía de teatro del país (la Universidad Autónoma tiene menos cohesión en las suyas, que parecen muchas en vez de una, pero son también todas excelentes). Subrayó este largo aplauso la aprobación del pueblo a los trabajos de altísima calidad, por costosos que a veces resulten, que tienen el deber de llevar adelante, sobre todo si es con tan total acierto, las instituciones nacionales de cultura.


Notas

1. Estrenada el 30 de marzo en el teatro Milán. Currículum de Manuel Montoro. CITRU-INBA.