FICHA TÉCNICA



Título obra Crímenes del corazón

Autoría Beth Harley

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Margarita Isabel, Margarita Sanz, Julieta Egurrola, José Luis Martínez, Isabel Blanch, Josefo Rodríguez

Escenografía Alejandro Luna

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Crímenes del corazón de Beth Harley, dirige Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 7 marzo 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de marzo de 1984

Columna Teatro

Crímenes del corazón de Beth Harley, dirige Héctor Mendoza

Rafael Solana

Alguna vez el anónimo cronista aventuró la teoría de que entre los aficionados a los toros no hay suicidas, porque nadie que tenga una afición verdaderamente arraigada se quiere quedar sin ver qué es lo que va a pasar en la próxima corrida. Ahora las cosas han cambiado; puede uno muy tranquilamente morirse, o quedarse vivo, sin que le importe un comino lo que va a suceder en la novillada; pero es muy probable que al presunto suicida lo retenga en este mundo, si es aficionado al teatro, laperspectiva de algún estreno próximo. Ha habido en los últimos meses tres o cuatro obras, o cinco, que se daría uno sentones en una piedra picuda, en el infierno, en el purgatorio, y hastaposiblemente en el cielo, si hubiese cometido la tontería de morirse sin verlas. Quien estas notas escribe piensa que el paraíso puede esperarlo; pero por nada habría querido marcharse de esta vida antes de ver El vestidor, de volver a ver Pluto, de conocer P.D. tu gato ha muerto y Ausencia de dios; pero, sobre todo (excepto sobre El vestidor) sin haber visto Crímenes del corazón, unespectáculo que lo reconcilia a uno con la vida, que le hace olvidar las crisis, las guerras, las hambres, las escaladas de precios, y, al que las tenga, las enfermedades o las penas morales de cualquier índole. Una obra que, como una puesta de sol inolvidable, como una bella noche estrellada, como un amanecer tropical, hace a uno sentir apego al planeta, y pensar que acierta a uno en todavía estar aquí y no haberse marchado a otra parte, por halagüeñas que sean las perspectivas que un cambio de mundo pueda ofrecer.

Dejando fuera el amor, que tiene su lugar aparte (incluye el amor a los hijos, y el de los hijos a sus padres), y, para algunos, la política, que también tiene sus irresistibles encantos (dicen los que la conocen) nada hay tan bello como una buena corrida de toros y un espectáculo teatral bien logrado (en esto última entra la ópera). De una buena representación teatral sale uno renovado, más que de una operación quirúrgica, o que de unos ejercicios espirituales. Y esa sensación de baño interior, de bálsamo, la hemos vuelto a tener (la anterior nos la dio El vestidor, todo en ella, obra, dirección, actuaciones) con Crímenes del corazón, obra a la que, tendremos la sinceridad de confesarlo, íbamos sin demasiado entusiasmo. Un título que nos parecía como para alguna película del tiempo de Susana Guízar (esa fue Impaciencia del corazón, con un asunto de Stefan Zweig) o para alguna fotonovela de Yolanda Vargas Dulché, más cursi que el arroz con leche y que el color verde Nilo. Esa inocencia, ese esperar poco, nos ayudó a saborear más la comedia, que es estupenda, y su dirección, que es admirable, pero, sobre todo, las actuaciones, que rayan, las cuatro femeninas, en la eminencia. Sobre todo nos tiró de espaldas la de la señorita Bach. Ya la habíamos visto antes, en el Arlequín, y de muy mona no había pasado. La vemos cada noche en Bodas de odio, y aunque todos sus sombreros se parecen, la encontramos muy guapa, si bien algo sosa y fría; pero en el teatro, ahora, dirigida por Héctor Mendoza (de quien más bien recordábamos humorísticas extravagancias), y en ese papel de Babe Botrelle que ha escrito Beth Harley [Henley], la hemos hallado deslumbrante y maravillosa.

En realidad están así todas las actrices, las cuatro, Margarita Isabel, la mejor Laurencia que hemos visto en nuestra vida (y que nos perdone Rosenda Monteros, a quien queremos mucho) algo se nos había despintado cuando la encontramos en alguna comedia más ligera, al lado del entonces su marido, la “revelación” cuadragenaria (por lo menos) del año pasado. Ya en Salón Calavera la volvimos a ver formidable. Pero ahora este breve papel de la prima Chick lo dibuja, hace una creación, sin importar el tamaño. Ella está al nivel de las otras tres, las chejovianas tres hermanas que son la base de la pieza. Ni un solo centímetro atrás.

Pero en realidad tendríamos que hablar antes de la pieza. Es muy bella y justifica el haber obtenido un premio tan importante como el Pulitzer, que es el Nobel del teatro norteamericano. Tiene la gracia, el buen humor, la ligereza, de que muchos escritores de esa nación carecen. En O´Neill, en Miller, en Williams, en Albee, no piensa uno sino por el lado dramático. Por la faceta sonriente en quien piensa uno es en Simon. Las autoras, como la señora Hellman, son también muy serias, graves. Esta señora Henley tiene gracia; sin dejar de escoger asuntos fuertemente dramáticos, como son los varios que utiliza en la pieza que nos ocupa, por el difícil grano de sal en su narración, de tal manera que a pesar de que hay tiros, sangre, suicidios, chantajes, odio y miseria, sexo y otros ingredientes (entre los cuales el racismo, pues se trata de un estado del Sur, como los de Tennessee, y como el de Sartre en La prostituta respetuosa, que tiene también senador y negro), el público puede seguir la representación con la sonrisa en los labios. El humorismo una vez más tenemos ocasión de repetirlo, es el rey de los géneros literarios.

Además, está construida la pieza, y esto para algunos es un mérito, con el más estricto apego a las reglas de las unidades aristótelicas, la de lugar, la del tiempo y de la acción; unas uvas que están verdes para muchos, que las desprecian, o fingen hacerlo, porque no las alcanzan. Cuando un autor, o, en este caso, una autora, logra apegarse a ellas, aunque no se den cuenta muchos espectadores, sesiente que se está viendo algo redondo y maduro como una manzana. Eso se percibe hasta sin razonar acerca de ello.

Algunos directores, en lo que llevamos visto este año, han pecado por carta de más. Han sido muy originales, muy novedosos y muy experimentales y les ha salido por la culata. Dos no han estado en ese caso: ni Ibáñez, ni, ahora, Héctor Mendoza, que en otras ocasiones se ha mostrado tan desparpajado, tan ligero y tan guasón. Esta vez ha hecho un trabajo que podría calificarse de conservador, si este vocablo puede tener para ustedes un significado positivo. No echó a volar la imaginación, ni intentó convencernos, por ejemplo, de que los personajes fueran plantas, una orquídea una de las chicas, un cardo otra, otra una magnolia y alguna una calabaza. Y qué bueno que no se le ocurrió tal cosa, sino se limitó a poner en escena a los personajes que concibió la autora, a darles vida, a hacerlos respirar frente a nosotros como seres vivos y normales... normales hasta cierto punto, en su anormalidad, pues medio locas lo son las tres, cada una en su cuerda (si se puede hablar de cuerda, como no sea la de colgarse, en una casa de locas). Hacía mucho que no aplaudimos a Héctor Mendoza con tanta sinceridad y con grande entusiasmo como ahora.

Al único que no aplaudimos mucho fue a don Alejandro Luna, escenógrafo estrella, de los de mayor brillo (con Antón, con Barclay, con López Mancera, con Félida) pero al que no había que haber llamado para este escenario y para esta obra. No tuvo sino que poner seis muebles de cocina y los escogió muy feos y los puso mal. Dirán ustedes que no se puede imprimir una fuerte personalidad a una estufa y a un refrigerador; muy bien; como no se puede, no se acepta ese trabajo; se deja que los muebles los pongan los tramoyistas (ni tramoyistas hay en ese teatro). Pero de poner el teléfono en... el refrigerador... a menos que así lo pida la autora, que podría pasar nada más como puntada, es algo que nunca debió de llevar al firma de uno de nuestros escenógrafos más talentosos.

Hay dos margaritas en esta pieza, y ya mencionamos a una de ellas. La otra es Margarita Sanz, todavía no de mucho renombre (la vimos en El destierro y en alguna otra cosa, y en la televisión también). Pero qué estupenda actriz. Brillaría enormemente si no estuviera al lado de otras que como tienen el mismo esplendor, no la dejan destacarse. Si se pudiera (pero no se puede) habría que ver esta obra tapándose un ojo, como se puede ver un cuadro, para nada más ver a cada actriz recortándola de las otras (como se pueden tocar sin orquesta la parte de piano, o de violín, de un concierto). Es una actuación soberbia, imponente, la de la señorita Sanz en el papel de Meg (se llaman un poco estas hermanitas como las Mujercitas, de la señora Alcott). Pero no es la única, ni siquiera la mejor ¡Cómo estarían las otras!

La señorita Bach, creíamos que ya había dado de sí todo lo que tiene, en el papel de Magdalena, en el que está lacrimógena y guapísima, en la mejor y la más popular de todas las telenovelas del momento. Ya hemos dicho que cuando la vimos en el Arlequín no nos sacó de nuestros quicios. Pues bien, ahora, en estos Crímenes, está para chuparse los dedos. Encantadora, ágil, graciosa, fresca, deliciosísima. ¡Qué dulzura respira! ¡Qué aladamente se mueve sobre la escena! ¡Cómo quisiéramos perdonarle todas sus diabluras, que el marido al que tiroteó se levantara de su charco de sangre a besarle las puntas de los dedos con que manejó la pistola! Es un ángel, un maravilloso ángel, al que no habrá más remedio que encerrar en una cárcel, o en un manicomio, pero que va dejando caer las plumas de sus alas por donde pasa. Si con la televisión se ha hecho popular, en el teatro está convirtiéndose en adorable.

Sin embargo, supongamos que tuviéramos que votar por una sola de las tres, de las cuatro (y en ese terrible caso nos vemos los críticos al final del año, a la hora de los premios) ¿A cuál le daríamos la palma, por encima de las otras? Muy difícil, muy arduo... habrá opiniones en favor de todos.

Pero acabaríamos por inclinarnos hacia la señorita Egurrola; también está en la misma popular telenovela, también la hemos visto en otras obras (en De la vida de las marionetas, por ejemplo, y en varias más). Ella no nos da ninguna sorpresa, no nos rinde una actuación inesperada. Y su papel es, de todos los femeninos el más agrio. Bueno, pues es, a nuestro juicio la que está mejor. Pero no se conformen ustedes con esta opinión, no la respeten. Vayan y vean ustedes mismos. Y pudiera ocurrir, si van tres veces, que una vez les guste más una, y otra, otra, y la tercera la restante. Con ser el suyo el personaje más anguloso, el menos atrayente, la señorita Egurrola, a quien ya no es posible mencionar sin quitarse el sombrero, hacer una inclinación de cabeza, o esbozar una genuflexión, en homenaje a su grandeza de actriz, de tal manera lo enriquece, lo cristaliza, que provoca toda nuestra más amplia gama de emociones. Hasta cuando mueve las aspas como una grulla que emprende el vuelo, hasta cuando tiene que gritar, que patalear, está tan metida en su Lannie que no nos deja escaparnos, nos atrapa, nos hipnotiza. ¡Qué actriz! ¡Qué actrices, todas ellas!

Hay también dos actores. Ellos sí son de este mundo. Están muy bien, ambos; pero... ¡qué terrible, para ellos, medirse con esas diosas! Se llaman José Luis Martínez, uno más de los muchos que con esos nombres conocemos y estimamos mucho, y Josefo Rodríguez, que si no fuera por el fo también sería un nombre fácil de confundir con los de muchos otros. Están bien, están muy bien, están excelentes. Pero es otra cosa.

Dejen ustedes de hacer lo que tenían pensado para esta noche, casarse, viajar, cobrar una herencia... lo podrán hacer mañana. Hoy, sin excusa ni pretexto, váyanse a ver esta comedia cuyo cursi título no les había hecho tilín, pero que es de lo que no pueden por ningún motivo perderse. No dejen para mañana lo que puedan hacer hoy. Nos agradecerán el consejo.