FICHA TÉCNICA



Título obra P.D. Tu gato a muerto

Autoría James Kirkwood

Notas de autoría Carlos Téllez, Luis Zapata, Federico Sánchez / traducción

Dirección Enrique Gómez Vadillo

Elenco Alfredo Zarazúa, Karmen Erpenbach, Manuel Ojeda, Humberto Zurita

Escenografía Humberto Figueroa

Espacios teatrales Teatro el Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [P.D. Tu gato a muerto de James Kirkwood, dirige Enrique Gómez Vadillo]”, en Siempre!, 1 febrero 1984.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de febrero de 1984

Columna Teatro

P.D. Tu gato a muerto de James Kirkwood, dirige Enrique Gómez Vadillo

Rafael Solana

Siempre hay una última rosa del verano, acaba de marchitarse el género abracadabrante, del lenguaje dinamitero, enseñamiento de nachas y fuerte sexualidad, con fumadero de marihuana en escena y otros elementos que consideraban ya tan manidos que no volveríamos a verlos; pero nos quedaba una obra de ese estilo por conocer, ella es P.D. Tu gato ha muerto, del autor norteamericano James Kirkwood. Nos sabe a llegada con 20 años de retraso, y nos recuerda la época de nuestros padres, que descubrieron el léxico carretoneril y las libertades sexuales en ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, hace ya 20 años corridos. Fumar un carrujo a la vista del público ya lo hicieron, con gran escándalo del regente Uruchurtu, los muchachos de Malditos, el mostrar las nalgas lo pusieron de moda Carlos Ancira e Isela Vega en los jodoroswskianos tiempos en que iban al kinder quienes ahora tienen tamaños bigotes o son madres de familia.

Lo de las palabras gordas, que se escriben en la paredes de los excusados públicos, lo introdujo Rodolfo Usigli en 1952, es decir hace ya una generación entera, cinco sexenios y pico.

Pues bien, todavía nos llega, con visible retraso, una obra de este estilo, y la presenta el mismo teatro en que han tenido gran éxito Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, Encuentra tu camino y aquella otra obra cuyo nombre ya olvidamos en que enseñaban todo lo que tienen Jaime Garza y Pepe Alonso, o aquélla en que Garza... (¿sería entonces otro el de la obra anterior que violaba en escena, sólo que en el intermedio y a oscuras, a Salvador Pineda?). Parecía que estaba todo dicho en materia de homosexualismo masculino o femenino, que se habían quemado ya todas las palabras estallantes, con che, con pe o con ce y que ya no quedaba ningún actor joven al que no le conociéramos mejor que su enfermera el sitio en que le ponen las inyecciones (las terapéuticas) y he aquí que todavía nos presenta el director Enrique Gómez Vadillo una más, que llega tarde, pero que alcanza el tren, y en vez de hastío por lo ya muy visto produce encanto y delicia, por lo bien escrita, lo bien dirigida y lo bien hecha que está, y que proporciona un triunfo mayúsculo a dos actores que están ya desde hace algún tiempo bien consagrados.

P.D. Tu gato ha muerto(1), a pesar de que incurre en todas esas que llegaron a convertirse en vulgaridades, y que trata el tema manidísimo de la incomunicación en una ciudad gigantesca, la soledad en la multitud, tiene gran novedad en su planteamiento; nos ofrece una relación insólita entre dos solitarios seres humanos, y es de una vigorosa teatralidad en su exposición. Agreguemosa todas estas originalidades de invención y de construcción (todo sin salirse del más realista de los estilos) una traducción verdaderamente estupenda, llena de agilidad y de color, admirable en suma, de Carlos Téllez, Luis Zapata y Federico Sánchez, y una dirección igualmente magnífica, ciento por ciento realista también, de Enrique Gómez Vadillo, que siente como nadie este género que llega a superar sus más sólidos triunfos anteriores en él (Equus, por ejemplo). La sensación de autenticidad, de verdad, llega a tener una fuerza tremenda; todo se hace creíble y vivo, nada se ve artificioso o deliberado. Y las interpretaciones nos hacen opinar, una vez más como ocurre en El vestidor, que se está viendo en México actualmente, el mejor teatro del mundo.

Un papel muy pequeño, con una sola entrada, tiene Alfredo Zarazúa, debutante hasta donde nuestra memoria alcanza. Podría decirse que estuvo bien escogido, por su físico, para el personaje que el texto define únicamente con la palabra “encamable”, lo que sin duda se presta a opiniones subjetivas; pensamos que el director ha tenido tino, y que la mayoría de los espectadores encontraráque corresponde el artista a esa escueta definición. Sólo una escena tiene, pero la hace con inteligencia y con aplomo. He aquí un nuevo nombre que podemos agregar a la lista de nuestros actores jóvenes de talento, como Garza, Ferriz, Beristáin, Nesme y el propio Zurita, que es por ahorael rey, de quien ya hablaremos. El otro papel complementario, un poco más largo lo hace la también nueva para nosotros Karmen Erpenbach, que nada deja que desear, si bien no hay en su personaje graves dificultades; es guapa, sin una personalidad demasiado acusada, y dijo con exactitud sus líneas.

Pero la obra es un choque de dos actores, uno algo más maduro que el otro. Manuel Ojeda a quien tantas veces hemos visto en la escena y en el cine en papeles de loco, o poco menos, una vez más saca partido de su físico, de sus expresivos ojos, y nos da otra actuación cumplidísima, en nada inferior a las que le anotamos en Educando a Rita, en Pedro Páramo(2) o en Encuentra tu camino. Lleva el mayor peso de la obra, es su columna vertebral; y en todo modo está magistral y brillantísimo.

Sin embargo, quien acaba por hacerse el amo, porque ahora sí nadie podrá decir que el papel no le viene, como pensaron algunos de su Kovalsky en Un tranvía llamado deseo(3), es Humberto Zurita, que en Trampa de muerte, por bien que estuviera, no logró comerse a ese lobo marino que es Manolo Fábregas, maestro de maestros. Ahora sí el papel corresponde a su edad y a su tipo, y ha sabido bordarlo con el primor más exquisito. Por largos momentos creemos que no estamos viendo a un actor interpretar un papel, sino es en persona Vito Antonucci quien está ante nosotros, un desaprensivo joven italoamericano, en la segunda mitad de sus años veintes, aficionado a la mota, ratero y con otras características que no suelen describirse como virtudes; desde luego, con un vocabulario de esos que hacen a la gente preguntar si con esa boca besa a su mamá. Ahora sí se decidió Zurita, por fin, a encuerarse, algo a lo que había venido resistiéndose; lo hace incompletamente, no tan del todo como Gómez Vadillo habría querido, y la situación permitiría, pero en fin, ya muy poco es lo que le ha faltado para que su desnudo fuese integral; algo, unos centímetros, deja a la imaginación de los espectadores; no se cohíbe a pesar de su falta de costumbre de actuar en bataclán, sino lo hace con naturalidad y soltura, su personaje llega a ser tierno sin nunca ser blando, y es vulgar y sucio sin ser en ningún momento chocante. Es la suya una verdadera creación, y le sirve para ganarse una carretada de aplausos por su arte, y otra por su personal simpatía, que es mucha.

La clientela del Granero estará feliz muchos meses con esta obra atrevida, picante, brava, en que alcanza un triunfo tan completo el autor, los traductores, el director y los intérpretes, y en que cumple su misión, que es modesta, el escenógrafo Humberto Figueroa.


Notas

1. Que se estrenó el 13 de enero en el teatro del Granero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. Véase la crónica respectiva del 22 de agosto de 1979 incluida en este volumen.
3. Cuya crónica del 13 de julio se incluye en este volumen.