FICHA TÉCNICA



Título obra Martirio de Morelos

Autoría Vicente Leñero

Dirección Luis de Tavira

Elenco Ramiro García, Claudio Brook, Ignacio Retes, Arturo Beristáin, Juan de la Loza

Escenografía José de Santiago

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Martirio de Morelos de Vicente Leñero, dirige Luis de Tavira]”, en Siempre!, 9 noviembre 1983.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de noviembre de 1983

Columna Teatro

Martirio de Morelos de Vicente Leñero, dirige Luis de Tavira

Rafael Solana

Ya no nos tocó ver en el papel de Morelos a Juan José Gurrola, artista de acusada personalidad a quien admiramos mucho, si bien le tenemos por algo vanidoso y locotote, a veces, en el papel que más constantemente hace, que es el del Orson Welles local, fue corrido por informalidad puesdejó a la Compañía plantada un par de veces. El actor que lo sustituye no es tan impactante(1), pero hace su papel con una sinceridad, una ternura y hasta una humildad que van muy bien el personaje, tal como lo han concebido el autor Vicente Leñero y el director Luis de Tavira, que se dan muy apretadamente la mano en la creación de este formidable espectáculo(2).

Leñero ha provocado poco menos que un escándalo con su concepción de esta obra. Se habla mucho de “teatro de ideas” como la gran cosa. En esta pieza vicentina nos confirmamos una vez más en nuestra teoría de que las ideas pueden ser de menos en una obra teatral, en el sentido de que no es necesario compartirlas para admirarla. Nos parece que en esta ocasión no está Leñero tratando de convencernos de algo en que él crea y a lo que pretende hacer propaganda, sino que, con la mayor seriedad artística ha estudiado, sólidamente a un personaje de la historia y le ha dado un enfoque estético al llevarlo a la escena, como habría podido llevarlo a la novela, que es otro género que domina con su maestría sorprendente. Con amplia y académica documentación ha extractado pasajes de los últimos tiempos de la vida del gran héroe para contarlos escénicamente. Ha concebido a Morelos no como un Sigfrido ni como un Cid, sino como un Hamlet; le ha hecho a esta colosal figura de nuestra lucha por la Independencia lo que en el siglo pasado Ernesto Renán hizo a la figura de Cristo, con enorme susto de la grey cristiana: la ha humanizado; para Leñero en esta obra don José María no parece con aquella entereza ni con aquel gesto heroico con que suele vérsele en las estatuas, sino con las flaquezas, las dudas, el “desengaño”, dice él mismo, con que un hombre que se ve fracasado en una lucha en la que apasionadamente creía puede verse, en la contradicción entre algunas de las ideas que tuvo siempre y otras que le asaltaron después, que le obsedieron y le apasionaron sin borrar las antiguas. Visto así, este personaje es un soberbia creación del escritor que crea un personaje entristecedor, inquietante, que despierta nuestra emoción, y que desnuda ante los espectadores su pensamiento y su sentimiento, sin adoptar en ningún momento actitudes hipócritas, sin posar para los historiadores. Hay quienes opinan que se le fue un poco la mano a Leñero en esta humanización y desmitificación del héroe.

La pieza está admirablemente escrita, aunque quizá se vuelve por momentos reiterativa, y llega a fatigar en sus tres horas de duración, que le dan proporciones wagnerianas. Más concisa, más lapidaria, habría tal vez sido más impactante y más perfecta.

Es imposible saber, si no se ha leído el texto hasta dónde llega la creación del escritor y dónde comienza la del director de escena. Luis de Tavira consigue el mejor trabajo de su vida en esta dirección vigorosísima, llena de originalidad y de fuerza; pero también puede llegar a pensarse que se saboreó a sí mismo, que se deleitó en sus hallazgos, y que insiste en algunos de ellos hasta pesadamente; las fumarolas, que la primera vez deslumbran, acaban por parecer, de tanrepetidas, fatigosas, hay escenas en que hay que hacer un esfuerzo de atención para no dejarse distraer del texto por superficialidades, como el remontar y descender la montañosa escenografía, que sujeta a los actores a un alpinismo extenuante, o por los demasiados caballos que muy poco tienen que ver con algunas de las escenas en que se les introduce. La escenografía de José de Santiago es novedosísima, plantea un concepto absolutamente nuevo del espacio escénico; sin duda ha costado un ojo de la cara y la yema del otro; pero la Universidad todo lo aguanta. No se parece a nada que hayamos visto nunca; es buena, pero tal vez un poco demasiado, la música. La iluminación, de Gabriel Pascal, es por momentos, como ya ocurrió en alguna otra obra dirigida por De Tavira, cruel y molesta para el público, al que ofende con sus crudezas.

Procuró Luis de Tavira, como también otras veces ha hecho, no caer en el vedetismo y evitar que se luzcan en lo personal lo actores; no consiguió apagar a Claudio Brook, que tiene una espléndida figura y una voz inconfundible, y a quien el texto brinda un par de ocasiones de brilloexcepcional; tampoco a Ignacio Retes, para quien hay también momentos de dejarse ver sobre el resto de sus compañeros; pero a actores tan excelentes como Arturo Beristáin o Juan de la Loza difuminó entre el humo y les hizo perder relieve, fundiéndose en el conjunto.

Es obra colosal, de búsqueda, lo mismo histórica que escenográfica y editorial, que están yendo a ver los estudiantes, pero que deben de ver todos los aficionados al teatro de máxima categoría.


Notas

1. Se refiere a Ramiro García. P. de m. A: Ignacio Retes.
2. Se estrenó el 24 de septiembre en el teatro Juan Ruiz de Alarcón. Jovita Millán, “Registro de obra de Vicente Leñero” en Lecturas desde afuera. Ensayos sobre la obra de Vicente Leñero. Comp. Kirstein F. Nigro, El Milagro-UNAM, México, 1997.