FICHA TÉCNICA



Título obra Un tranvía llamado deseo

Autoría Tennessee Williams

Dirección Marta Luna

Elenco Jacqueline Andere, Humberto Zurita, Diana Bracho, Mario Casillas, Rubén Calderón

Escenografía Alejandro Luna

Vestuario Lucile Donay

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Productores Fernández Unsaín

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, dirige Marta Luna]”, en Siempre!, 13 julio 1983.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de julio de 1983

Columna Teatro

Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, dirige Marta Luna

Rafael Solana

Tal vez ya pueda afirmarse que Tennessee Williams es el más importante autor dramático que Estados Unidos ha tenido en este siglo, y, por supuesto, en todos los demás, en que no hay allá nadaque sobrepase las fronteras del tiempo y las del espacio y sobrenade hasta esta época y fuera del país. Hasta ahora se ha venido teniendo por tal a Eugenio O´Neill premio Nobel 1936; pero la verdad es que las últimas veces que hemos visto obras suyas se nos han despintado un poco, y que ya no hay quien pregunte por Ana Christie, ni probablemente quien soporte Extraño intermedio [sic](1), y que El luto embellece a Electra nos pareció una lata. También es un autor muy notable Arthur Miller, y algunas de sus obras permanecen vivas; pero Williams no solamente se sobrevive a sí mismo (ha muerto en este mismo año), sino parece crecer. En los últimos meses hemos vuelto a ver su The cat in the hot tin roof (en el Vasco de Quiroga), La rosa tatuada (en el Cadac) y allí mismo unas obritas suyas breves y tempranas, que no fueron interesantes sino por lo raras y curiosas, y ahora se nos repone Un tranvía llamado deseo(2),la pieza con la que llamó tanto la atención hace años; y tanto La rosa como Un tranvía nos tiran de espaldas por su belleza, su pujanza, su intensidad. Claro que influye el que estén tan estupendamente dirigidas, actuadas, montadas; pero ni el mejor montaje las salvaría si no volviésemos a ver en ellas piezas extraordinarias, obras maestras; lo principal en ellas sigue siendo el texto, que no solamente no ha envejecido, sino se ve más fuerte y sano que nunca.

¿Cuál es la mejor de las dos? Costaría trabajo decidirlo, pues ambas son supremas; pero Un tranvía es la más famosa y tal vez pueda decirse, a pesar de El emperador Jones, de El crisol, de La muerte de un viajante, que es la obra teatral más vigorosa que Estados Unidos, país del que Stendhal decía (hace 150 años) que no había sido capaz de dar un cuadro, ni una escena de tragedia, ofrece al mundo.

Fue muy honda la huella en los espectadores mexicanos el primer Tranvía que aquí se vio, y en que estuvieron inolvidables María Douglas y Wolf Ruvinskis(3), dos grandes figuras contra cuyos fantasmas salen ahora a combatir Jacqueline Andere y Humberto Zurita, como Marta Luna contra la excelente dirección de entonces. Pero antes de referirnos a ellos vamos a decir que el personaje de Estela, nunca lo vimos mejor que ahora; todos los directores o los empresarios anteriores pensaron que con una buena Blanche y un buen Stanley sería suficiente, y descuidaban el resto del reparto; ahora el productor Fernández Unsaín no ha temido que Estela haga alguna sombra sobre su hermana, y ha dado el segundo papel femenino a Diana Bracho, que está espléndida, como nunca, y que arranca al final una ovación de reconocimiento y de afecto. Ella da a su papel una importancia, una hondura y una fuerza que no le habían sido dadas antes. Está admirable, se consagra.

Zurita sale a pelear contra una notable desventaja física ante el recuerdo de Ruvinskis, que, luchador y atleta, daba más la tosca figura del gorila descrito por el autor, se veía más rudo (la de Humberto es más bien una figura fina, elegante), y con su voz estentórea llenaba la sala enlas escenas de gritos, pero Zurita, de quien hasta pudo llegar a pensarse que estuviese mal escogido para el papel (que antes que él ensayó otro artista) va poco a poco remontando esa desventaja, como un caballo muy bueno que se retrasó en su salida pero que va devorando pista y alcanzando y luego pasando a los punteros. Al final de la obra, ya Zurita está por encima del lituano-argentino que estrenó aquí el papel y en él estuvo formidable, sus entonaciones parecen igualmente imponentes y más naturales; ahora sentimos a la voz de Wolf algo ahuecada y postiza, afectada, y a Humberto menos deliberado y previsto, más humano, de manera que le agiganta el vencer las dificultades, y llena con arte, con grandeza histriónica, lo que su físico, que es varonil, pero no brutal, parecía restarle para identificarse con su personaje.

En cuanto a Jacqueline Andere, el suyo era el paquete más pesado, pues la Blanche de María Douglas fue la mejor creación de su corta vida, no se nos olvidará nunca. La señora Andere se identifica tanto con el personaje, al que también la Douglas se había incorporado íntegramente, que hay momentos en que nos parece estar volviendo a ver y a oír a María, (impresión que también llegó a darnos Beatriz Sheridan, otra gran actriz) no porque haya imitación alguna (tal vez Jacqueline, que en aquel tiempo sería una niña, ni vio a su predecesora) sino porque hay igualdad en la grandeza. También una vez vimos a la señora Montoya parecerse a doña Virginia Fábregas (la noche del estreno de La función de despedida) hasta hacernos dudar acerca de cuál de las dos estábamos viendo. Jacqueline, con la dirección sabia de la señora Luna, ha bordado todos los detalles, que son muchos, del complicado personaje, que en sí lleva una falsedad, una hipocresía, una mistificación, que pueden ser tomados, por un espectador superficial, como afectación de actriz. Llega Jacqueline a los momentos culminantes del drama con majestad, como antes ha pasado por sus matices con maestría.

Mario Casillas hace muy bien el menos secundario de los restantes personajes (también mejor que otros actores que lo han hecho) cumplen los complementarios, que sólo cuando lleguenlos programas se sabrá cómo se llaman. Marta Luna, que tuvo la idea algo barroca de poner a lo largo de toda la pieza, como inminente (Horacio decía “inminente luna” en el sentido de cosa que parece estar colgada encima, y que en cualquier momento puede caer), como latente, al doctor (psiquiatra, loquero, el también en la vida real doctor Rubén Calderón) que vendrá a resolver el drama en su cuadro final. Tal vez es algo que no le ocurrió a Williams, pero que tiene sentido, como una aportación de la inteligente directora; Alejandro Luna hizo un decorado magnífico, como casi todos los suyos, y Lucille Donay escogió una ropa muy acertada. En general la función de prensa de Un tranvía llamado deseo, salvo algún par de pequeños errores de tramoya (un foco demasiado alto, o demasiado bajo) fue brillantísima, y concurrida por el todo México que casi solamente Fela Fábregas (o, a veces Pilar Colín) saben congregar para una noche de gala.

Gran obra, dirección estupenda, actuaciones históricas, hacen de la reposición de Un tranvía llamado deseo un acontecimiento teatral de máxima categoría en la vida teatral de México.


Notas

1. El título original de la obra es Extraño interludio.
2. Que se estrenó el 15 de junio en el teatro Manolo Fábregas. P de m. A: Biblioteca de las Artes.
3. Se refiere a la puesta dirigida por Seki Sano en el teatro del Músico estrenada el 22 de agosto de 1957. Invitación al estreno. A: Peggy Mitchell.