FICHA TÉCNICA



Título obra Traición

Autoría Harold Pinter

Dirección Marta Luna

Elenco Álvaro Guerrero, Héctor Beacon, Jorge Humberto Robles, Ofelia Medina

Espacios teatrales Teatro Reforma

Productores Augusto Elías

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Traición de Harold Pinter, dirige Marta Luna]”, en Siempre!, 29 junio 1983.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   29 de junio de 1983

Columna Teatro

Traición de Harold Pinter, dirige Marta Luna

Rafael Solana

Hemos tenido la gran satisfacción de equivocarnos diametralmente en nuestro pronóstico acerca de La señorita de Tacna, obra de la que pensábamos, con nuestra experiencia de 56 años de asistir a teatros, semanalmente los primeros, diariamente los últimos, que podría no gustar. Y, efectivamente, no ha gustado... al público teatral. Pero ¿qué es ese público, comparado con el de la televisión? Mientras al teatro acuden aquí cada noche dos o tres mil personas, tal vez seis millones de ellas permanecen sentadas frente a su aparato de T.V., y han adquirido una sensibilidad y una cultura de telenovela, además de que se ha despertado en ellas una adoración por ciertas figuras, entre las cuales está Silvia Pinal, sin duda una de las reinas de ese espectáculo, en que es actriz y productora. La señorita de Tacna, que llegamos a temer que se derrumbaría en la taquilla después de la noche del estreno por invitación(1), nos ha dado la sorpresa de sostenerse en forma airosísima, de agotar los sábados y los domingos en el que es uno de los teatros más vastos de México, y de no bajar de un millón de pesos de entradas en ninguna de sus primeras semanas(2). Y no sólo acude la gente, sino hasta hay alguna que sale contenta, que se emociona con ese militar casquivano, con esa solterona amargada y con las demás cursilerías que la pieza contiene y que no son tantas como las que cada tarde asimilan esas espectadoras, que logran con ellas su catarsis y sus emociones.

Nos preguntamos ahora, ya sin atrevernos a darnos respuesta alguna, si doña Ofelia Medina, que es otro monstruo sagrado de la televisión (su taquillazo con Rina ha sido uno de los más sensacionales de la historia de ese octavo arte en México) irá a repetir el caso de la señora Pinal, y también agotará, y se mantendrá mucho tiempo en el teatro Reforma. En la obra que ha escogido para hacer una nueva presentación teatral es la única mujer, luce muy bella, sin que pasen por ella los años en que la trama transcurre, y se ve muy bien vestida, con trajes supuestamente pasados de moda, pero que en ningún momento lo parecen (los supervisó y aprobó Lucille Donay, una experta en la materia).

Sólo que hay, entre La señora de Tacna y Traición(3), una enorme diferencia: la de Harold Pinter no es una novela rosa cursi, como la de Vargas Llosa, sino una obra flemática, con ribetesde modernidad (por ejemplo, mal hablada) y con atrevimientos técnicos que los televidentes habituales van a entender poco; por ejemplo, de ocho lapsos que transcurren entre episodio y episodio, solamente tres están colocados en orden cronológico progresivo, y los otros cinco están en reversa; la obra, que se inicia en 1977, termina en 1968, después de una serie de saltos retrospectivos; la acción, en vez de avanzar, retrocede; piensa el autor que será interesante saber no cómo se van desarrollando las cosas, sino cómo se iniciaron; cuáles fueron los antecedentes; tal vez este sistema dio alguna vez resultado en novelas policiacas y hasta en teatro con un solo salto o dos; con tantos, no lo da; vemos en cada nuevo cuadro lo que sabíamos desde el anterior, y nuestra curiosidad va disipándose; hay frases que se repiten textualmente media docena de veces. ¿Cuántas es contada laescena de la niña echada al aire y después cachada?, varias.

Marta Luna, una extraordinaria directora, con una historia llena de triunfos y de premios, ha pensado interpretar la idea de Pinter dando a los diálogos un ritmo muy doméstico, muy natural; hablan los personajes, y callan, como en la vida real no de un salón ingenioso, como los de Óscar Wilde, sino de una grisácea clase media; tenemos que esperar, los espectadores, además de a que se cambie de ropa la señora Medina, lo que lleva su tiempo, a que se aburran los personajes y se digan vaciedades, porque ya no tienen otra cosa que decirse, agotada por los años su intimidad.

Ellos son tres, en el nada novedoso triángulo del esposo, la esposa, y el mejor amigo de ambos (un mesero, que hace con cierta gracia el joven Álvaro Guerrero, es perfectamente prescindible, una levísima pincelada de buen humor en un cuadro sombrío). ¿Son cínicos?; tal vez en realidad sólo son flemáticos. En la primera escena nos enteramos de que se disuelve el matrimonio de Robert y Emma; jamás sabremos por qué; la traición a que el título se refiere fue cometida a sabiendas del marido engañado, hace muchos años, y en realidad hace ya dos que no se comete. ¿Reacciona ahora el esposo cornúpeta, con cuatro años de retraso? Para un efecto de “acción retardada” nos parece un poco excesivo el plazo. De los tres el único que da el tipo es el argentino Héctor Beacon. Ofelia, belleza yucateca, morena y tropical, de ninguna manera se aproxima a esa helada inglesa que hace frente a su consorte las más comprometedoras revelaciones y que se queda tan fresca. Y a Jorge Humberto Robles no le creemos que él también sea un seductor, con vida amorosa extramarital, de la que nada llegamos a saber en concreto. En este papel habría estado perfecto Claudio Brook, y tal vez Claudio Obregón en el otro. Pero ¿qué actriz tenemos tan fría que hubiera podido hacer este papel de hielo? No, decididamente a la más joven de nuestras grandes Ofelias no le va muy bien; no nos convence. (¿Y por qué habrá escogido tan buena actriz un papel tan hierático, tan contenido y tan lleno de silencios?) Ella aprovecha una oportunidad, la toma de los pelos, para verter un par de lagrimillas; pero en realidad hay poca emotividad y poquísimo fuego en ese personaje on the rocks.

El teatro Reforma da un fuerte bajón, después de una obra tan buena como Orinoco(4), que tiene gracia, ingenio, novedad, originalidad, ligereza, acción, flexibilidad, talento literario, construcción, al pasar a este drama pinteriano que de todo ello carece. ¿Tiene alguien algún interés en impulsar a Pinter? ¿La embajada británica, acaso? Hasta hora las obras de este ya no tan joven autor (es ya más que quincuagenario) fueron puestas, en un plano más o menos experimental, en locales pequeños, y para públicos curiosos y selectos. Dudamos mucho de que sea ese el propósito del empresario Augusto Elías (que dio el taquillazo de ¿Mi vida es mi vida?) ni muchísimo menos el de la señora Medina. Una actriz de televisión le tira a llevar a verla a su público, al cursi, de amas de casa, de cajeras del supermercado y de empleadas de base, no a uno de espectadores curiosos de conocer cómo va la literatura en Londres. Muchos autores hay ingleses, si no de la actual generación, de la inmediatamente anterior (Rattigan, Fry, Coward, Maugham) que serían más capaces de interesar al gran público, como ya lo han probado en el cine. Pinter, en el teatro inglés actual, es un experimento. Diríamos: un infortunado experimento.

Pero nos queda la esperanza de esta vez también equivocarnos, como nos equivocamos, con respecto a su taquilla, con La señorita de Tacna.


Notas

1. Se estrenó el 19 de mayo en el teatro Hidalgo. Anuario teatral UNAM, México, 1983. p. 61.
2. La obra llegó a 200 representaciones y registró aproximadamente 73 mil 427 asistentes. Idem.
3. Se estrenó el 9 de junio en el teatro Reforma. Idem. p. 70.
4. Véase la crónica respectiva del 2 de marzo de 1983 que se incluye en este volumen.