FICHA TÉCNICA



Título obra Los cabellos de Absalón

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Socorro Miranda, Emilio Capistrán, José Avilez, Víctor Carpinteiro, Ángel Norzagaray, Dagoberto Gama

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los cabellos de Absalón de Pedro Calderón de la Barca, dirige Raúl Zermeño]”, en Siempre!, 8 junio 1983.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de junio de 1983

Columna Teatro

Los cabellos de Absalón de Pedro Calderón de la Barca, dirige Raúl Zermeño

Rafael Solana

Las primeras personas a quienes oímos hablar con vivo entusiasmo de hacer representar en México la bellísima obra clásica La venganza de Tamar fueron, hace 47 o 48 años, Rafael Alberti y María Teresa León; hasta se organizó una lectura, que sólo Octavio Paz podrá recordar si se hizo o no, pues ya no pueden decírnoslo Efraín Huerta, Manuel Rodríguez Lozano ni Miguel N. Lira, que habrían sido otros de los invitados. ¿Tendría Rafael consigo un ejemplar? No es obra que figure entre las veintitantas que trae el tomazo de la colección Rivadeneyra, ni está en ninguno de los cuatro tomos caldeorianos de La lectura. ¿De dónde la habrá podido sacar Raúl Zermeño, para montarla con el nuevo título (nuevo para nosotros) de Los cabellos de Absalón? Seguramente de la edición moderna, de Aguilar; de El duque de Gandía, el manuscrito hace apenas 20 años que fue encontrado en Checoslovaquia.

El estreno de Los cabellos de Absalón por la Universidad Veracruzana viene a ser(1), con dos años de retraso, el más importante de todos los actos de celebración del tercer centenario de la muerte de don Pedro; la Compañía Nacional de Teatro montó para estas fiestas un Alcalde de Zalamea como nunca habíamos visto otro; una compañía española nos trajo una versión amable y ágil de La dama duende; Luis G. Basurto llevó a Madrid, después de hacerla aquí con gran categoría, La vida es sueño; y Maricela Lara repuso en Saltillo El gran teatro del mundo, que pocos años antes habíamos visto en el museo de la ciudad de México a Lorenzo de Rodas y a María Idalia; pero nada de esto era novedad, en nada de ello vimos algo que no conociéramos, y Los cabellos de Absalón sí es un descubrimiento, que viene a llenar un bache en la cultura universitaria de nuestro público teatral. Sea por ello calurosamente alabado el director que supo encontrarla.

Y nuevamente séalo por la forma llena de dinamismo y de vigor con que la ha dirigido. Campanudamente representada por un montón de viejos barbones con túnicas hasta el suelo y mitras o coronas convencionales, parados en un sitio como estatuas del pórtico de una catedral gótica, la obra había sido bella, pero soporífera. Zermeño la imaginó de tal manera que casi hizo de ella un ballet, no aburrido como lo son casi todos, sino rico por su texto hermosísimo, que los balletes no tienen. Calderón se muestra en todo momento el gran poeta que siempre es; hace la travesura de deslizar entre los suyos dos endecasílabos de Garcilaso, que todo el mundo fácilmente podría reconocer, cuando tenían siglos y medio [sic] de edad solamente, y no como ahora 450 años: “Oh dulces prendas, por mi mal halladas”; en el primer acto y “salid con duelo lágrimas corriendo”, en el último. Esto no es un plagio, sino cita literaria, de un autor conocido y consagrado.

El argumento, absolutamente bíblico, es de los que todavía hace poco se llamaban “fuertes”, pues se cometen en el desarrollo de la pieza algunos pecados, no tan graves que no sean tenidos por santos algunos de los personajes que los perpetran; el director dio un innecesario atrevimiento a algunas escenas, en movimientos, y además convierte el escenario en una playa, al dejar poco vestidos a los intérpretes (el niño Juanito Pellicer, a quien se preguntó una vez qué significaba “desnudo”, contestó con firmeza: “sin calcetines”); hay un incesto, un empalamiento, unos cuantos asesinatos; pero, fuera de estos incidentes, no vimos por ninguna parte la inmoralidad que algún crítico leímos señalar a la obra, escrita por un severo religioso.

Además de don Pedro, el autor, máximo (o uno de los supremos) de las letras castellanas, y con otros cuatro o cinco uno de los mayores del mundo, y al director Zermeño, que no pica tan alto, pero que en esta ocasión como ya antes en otras (sigue viva y triunfante su versión de La boda, que ha cumplido algún centenario hace poco) se cubre de gloria, hay mucho más que elogiar en esta veracruzana representación. A Raúl y algunos de sus actores podría reprochárseles que no siempre contaron las sílabas, y que dejaron cojos algunos versos al omitir necesarias diéresis; pero este defecto sólo la mucha práctica en el teatro en verso y el buen oído de director y de los artistas pueden suplirlo. De las dos mujeres del reparto Zermeño se quedó solamente con una, Socorro Miranda que hace, admirablemente, el papel de Tamar; el otro, el de la pitonisa etíope, lo dio a un hombre, Emilio Capistrán, que se desempeña en él tan bien por lo menos como Alicia Palacios estaba en el papel de Shylock; nos pareció que se quedó algo corto el director al escoger, por su tipo, algunos de los príncipes; Rufino Echegoyen, por ejemplo, nos parece por su físico más apropiado para anunciar que se acaba el agua que para interpretar la majestad del más poderoso de todos los monarcas de la Biblia, y José Avilez tampoco tiene una estampa principesca; Víctor Carpinteiro sí posee el trapío que su papel pide, y es una lástima que sea uno de los que tiene menos buena pronunciación; Ángel Norzagaray nos pareció una revelación en su personaje. Dagoberto Gama para su patriarca habría tenido que disimular un poco su mata de pelo chichimeca.

Por completo injustas y descaminadas nos parecen las críticas desconfiadas o frías que hemos leído acerca de este espectáculo de primerísima calidad, obra maravillosa e inexcusable, dirección valiente y llena de novedad y de frescura (las escenas de cabellos, primeras y últimas de la obra, son admirables, y la de las hamacas en que se mecen Absalón y su confidente es espléndida). Es un espectáculo estupendo, que sería imperdonable perder, pues la obra magnífica no había sido vista aquí nunca, ni se volverá a poner tal vez en lo que queda del siglo, la dirección es como para premio, y el desempeño en general de los artistas, sobre el de dos de ellos (Norzagaray y la señorita Miranda) es digno del más cálido de los aplausos. Se arrepentirá el que no vaya a verla.


Notas

1. La obra se presentó en el teatro Milán. Anuario teatral, UNAM, México, 1983. p. 45.