FICHA TÉCNICA



Título obra El beso de la mujer araña

Autoría Manuel Puig

Dirección Arturo Ripstein

Elenco Héctor Gómez, Gonzalo Vega

Espacios teatrales Teatro Polyforum

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Gran actuación de Héctor Gómez en El beso de la mujer araña de Manuel Puig]”, en Siempre!, 9 marzo 1983.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de marzo de 1983

Columna Teatro

Gran actuación de Héctor Gómez en El beso de la mujer araña de Manuel Puig

Rafael Solana

Titubearon un instante las autoridades al ser anunciada en el Polyforum Siqueiros la obra, del autor argentino Manuel Puig, El beso de la mujer araña. Hay en ella alguna escena que podría considerarse pasada de tueste, aunque tenga antecedentes en Culpables y, sobre todo, en Armas blancas, donde todo se ve y no solamente se oye; la escena más brava se ha dejado a oscuras, como en Cenizas, y solamente se escucha, con suspiros, pujidos y jadeos un poco dulcificados, menos exagerados que en la obra inglesa, en la que existía el atenuante de que eran de diferente sexo los artistas que la representaban. Tal vez el tinte de morbosidad que en ella se contiene pueda considerarse como la base del formidable éxito de taquilla que está obteniendo, con localidades agotadas todas las noches; pero se engañaría quien creyese que ese morbo es el principal mérito de la pieza, que sería igualmente valiosa o interesante si uno de sus dos únicos personajes no fuese un homosexual, carácter que ya a estas alturas más bien que novedoso resulta fastidioso por su repetición, que está a punto de hartar al público.

Se equivocan de medio a medio los espectadores que hacen resonar, en el primer acto, sus alegres carcajadas, porque suponen que están frente a Los chicos de la banda dos, o La jaula de las locas tres. Tiene gracia, y finura, la caracterización de Héctor Gómez, ese notable actor que era uno de los pocos de su categoría a quienes todavía no había tocado en suerte un personaje joto, como ya los han hecho casi todos, desde Benedico y Klainer, Bustamante, Jiménez, Sirgo, Murray, Gálvez y cien más. Ha habido quien opine que se sobreactúa Héctor; no lo juzgamos así; tenemos su actuación por ponderada, delicada, hasta cierto punto; pero no habría podido, sin perjudicarla, enfriarla o quitarle color; en el teatro caben muchos subrayados, desde el maquillaje hasta las entonaciones, y se necesita hacer resaltar y poner un poco de bulto las cosas para que todo el mundo las entienda y las capte desde la última fila, que en este teatro no queda muy lejos. Con esos matices, con bien medidos gestos y tonos cuidadosamente estudiados, Héctor caracteriza en forma magistral y admirable a su personaje, y hace que se divierta y disfrute un público que se pasa la mayor parte del primer acto creyendo que está frente a una entretenida comedia.

No lo es la obra de Puig, ni muchísimo menos. Más bien es un drama, en la sordidez de una bartolina y en un clima de represión política que nos hace agradecer que vivamos en el país en que vivimos y no en otros, algunos de ellos en nuestro propio continente, en que hay tiranía. Pero cuando enseña estos perfiles la obra ya la gente está muy metida en ella, y ha visto otras cosas, algo caricaturescas, aunque no exentas de profundidad psicológica y de calidad humana.

Una seria imperfección encontramos en la pieza de Puig, y es que no supo resolverla en términos teatrales, y no nos referimos a las unidades aristotélicas de espacio y tiempo, que los grandes dramaturgos saben burlar con desenfado, sino a un tiempo y un espacio teatral; Puig no atinó a desenlazar su drama sin reconstruir al antiteatral auxilio de una narración novelesca, contada, como se contaban las batallas en tiempos de “los persas”, en el amanecer del teatro. Tal vez (no conocemos el texto original) Arturo Ripstein, el director debutante, por ahorrarse un ángulo escenográfico (un despacho) y un par de actores (uno de ellos mudo, el que abra la puerta, que aparece como abierta constantemente, lo que no va mucho con una cárcel) acudió a subterfugios que debilitan un tanto la acción, pero que no la dañan profundamente; pero el final, ese contarnos lo que sucedió semanas o meses después de caído el telón (el Polyforum no lo tiene) en lugares apartados, eso no es una inteligente novedad, sino una impericia de autor teatral que no domina su oficio, como tampoco lo domina todavía Ripstein, director cinematográfico muy notable, con aciertos en su currículo del tamaño de El lugar sin límites y La viuda negra, que han sido películas excelentes, pero todavía sin aplomo y sin seguridad en el teatro (lo que no quita que sea un fuerte candidato al premio a la revelación directorial del año, de los críticos).

Con sus primeras escenas Héctor Gómez se echa a la bolsa al público, y parece que se va a comer vivo a su alternante, Gonzalo Vega; pero poco a poco el papel del segundo de ellos va creciendo y le va permitiendo el lucimiento que al principio no tuvo. Al final nos damos cuenta de que son igualmente buenos los papeles, como del mismo tamaño son los actores (no pasa eso en el Granero, donde los dos actores son semejantemente buenos, pero sus papeles no).

Con buen pie ha entrado El beso de la mujer araña para hacerse considerar como de lo mejor, tanto desde el punto de vista artístico como desde el de la taquilla, pues el Polyforum está resultando insuficiente, y los espectadores que no llegan temprano no consiguen boletos.