FICHA TÉCNICA



Título obra Orinoco

Autoría Emilio Carballido

Dirección Julio Castillo

Elenco Gemma Cuervo, Rosa María Moreno

Espacios teatrales Teatro Gorostiza

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Orinoco de Emilio Carballido, dirige Julio Castillo]”, en Siempre!, 2 marzo 1983.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de marzo de 1983

Columna Teatro

Orinoco de Emilio Carballido, dirige Julio Castillo

Rafael Solana

Cuando a la Sociedad de Autores de México llegó la generosa oferta del señor Donnadieu, quien ofrece 200 mil pesos para la mejor primera obra de un autor desconocido, se suscitó cierta polémica, pues opinaban algunos que no puede ser muy buena la obra de un primerizo, sino los autores teatrales van afinándose y mejorándose cada vez, con la práctica; se demostró que no siempre ocurre así con la mención de unos cuantos autores cuya mejor obra fue la primera que escribieron, como Sergio Magaña (Los signos de zodiaco); Fernando Sánchez Mayáns (Las alas del pez); Carlos Prieto (Atentado al pudor); Alfonso Anaya (Despedida de soltera); Hugo Argüelles (Los cuervos están de luto); Vicente Leñero (Los albañiles); Antonio González Caballero (Señoritas a disgusto); y los ejemplos habrían podido seguir multiplicándose.

Creemos que pueden suceder ambas cosas: acertar un autor desde su nacimiento, como Hércules en su cuna; y seguir perfeccionándose. Cuesta trabajo escoger entre las obras de madurez y las de juventud de un gran autor. En el caso de Emilio Carballido, admiramos la frescura, la gracia, la espontaneidad de su preciosa comedia inicial, Rosalba y los Llaveros, y de algunos insuperables sainetes que la siguieron de cerca; pero... ¿cómo no reconocer la maestría, la sabiduría teatral, la grandeza, de su obra más reciente, y tal vez la más perfecta de todas la suyas? Orinoco es una pieza que sobre todo admiran los del oficio(1); divierte, agrada al público, gusta; pero a los que más sepan de eso los asombrará por el cúmulo de dificultades vencidas, porque en ella se muestra el comediógrafo un verdadero maestro, grado que todos le reconocen.

¿Algún defecto? Uno le encontramos; pero esto es como cuando en una mesa unos dicen que los chiles rellenos no pican y otros que pican muchísimo; eso no es objetivo, sino subjetivo, cuestión de paladares; opinamos, y con nosotros algunos compañeros críticos (que tal vez sólo por eso no la votaron como la mejor obra del año) que las palabras fuertes están usadas por demás; recordemos qué fuerza tiene “quella parola orrenda” cuando la pronuncia Otelo por única vez en el último acto, y cómo sonaba cuando la decía una vez Pedro López Lagar en El gallinero, o unas cuantas veces en Jano es una muchacha la puso Usigli; una sola palabra gruesa decían Sara García en la película Mecánica nacional y don Fernando Soler en El gran perro muerto, y producían un tremendo efecto, si se las empieza a prodigar desde que el telón se levanta, como hace Inclán en Hay que enterrarlo parado, se van embotando. El sustantivo-calificativo de las cuatro letras está tan reiterado en Orinoco que llega a perder eficacia; cuando las sedicentes vedettes lo encuentran en el diario de a bordo ya no nos sorprende, porque se lo han estado diciendo a sí mismas desde que comenzó la obra. Y así muchos otros vocablos que habría sido más astuto y más artístico usar con mayor circunspección, como una pincelada de luz que llama la atención en un cuadro oscuro (o una mancha oscura en uno claro) pero que pierde significación si ráfagas semejantes atraviesan la composición en todos sentidos.

Todo lo demás es acierto: la invención, el ambiente, el suceso, los caracteres, y los deliciosos diálogos, y esa chispa de esperanza y de confianza hasta en los momentos más lóbregos. Fifí de Pigalle y su compañera Mina quedan como dos de los personajes más vigorosos y bellos, más magistralmente trazados, del teatro mexicano de todos los tiempos.

En la interpretación, y bajo la dirección llena de imaginación y de fuerza de Julio Castillo, que jamás permite que una obra de sólo dos personajes se convierta en nada parecido a un diálogode estatuas, se nos brinda la ocasión de contrastar dos escuelas y dos temperamentos, lo que hace ganar a la obra, quizá algo monótona si la interpretasen dos artistas muy semejantes entre sí; en Gemma Cuervo, a quien ya habíamos aplaudido en El sombrero de tres picos y en El corto vuelo del gallo en personajes diametralmente opuestos al que en Orinoco tiene, admiramos eldinamismo, el incansable y casi explosivo movimiento de una extrovertida estrepitosa; está, por cierto formidable; en Rosa María Moreno vemos una cierta tristeza, una melancolía, pues ella ha construido su personaje hacia adentro. Castro Leal habría dicho que entre estas dos actrices hay el contraste que se observa entre el solar Lope de Vega (o, para el caso, Tirso de Molina) y el crepuscular Ruiz de Alarcón (sólo don Antonio le veía lo crepuscular al autor de la luminosísima Verdad sospechosa); son la escuela española, jacarandosa, brillante, y la mexicana, tristona, algo mustia, íntima. Pero no sabríamos decir cuál de las dos artistas nos ha gustado más; ambas están excelentes, en su trabajo que encuentra diferencias entre dos personajes que quizá el autor pensó como muy parecidos; por eso decimos que Rosa María hace ganar a la pieza en matices; es muy posible que Carballido piense lo mismo.

Por ningún concepto hay que dejar de ver esta obra estupenda, y a estas dos actrices sensacionales.


Notas

1. La obra se estrenó el 3 de septiembre de 1982 en el teatro Gorostiza. Julio Castillo 1943-1988. Catálogo de obra. Diteatral, S.C. 1989.