FICHA TÉCNICA



Título obra La Celestina

Autoría Fernando de Rojas

Notas de autoría Garcini,Tina French / reducción

Dirección Salvador Garcini

Elenco Ofelia Guilmain, Ballesteros, Alejandro Camacho, José Antonio Morales, Ernesto Yáñez, Gabriela Araujo, Patricia Bernal, Luz María Jerez

Escenografía Antonio López Mancera

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La Celestina de Fernando de Rojas, dirige Salvador Garcini]”, en Siempre!, 11 agosto 1982.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   11 de agosto de 1982

Columna Teatro

La Celestina de Fernando de Rojas, dirige Salvador Garcini

Rafael Solana

Cómo estaría el llenazo, en el teatro Julio Prieto, la noche de la reposición de La Celestina que ni siquiera los periodistas pudieron entrar; se omitió la precaución, que solía tomarse antaño, de reservarles algunos lugares, y los que no tuvieron la astucia de arribar a muy temprana hora se vieron rechazados a la puerta, pues el local estaba completamente atiborrado, hasta los pasillos y las escaleras; esto les ocurrió a los críticos de algunos de los más importantes diarios de la capital.

"Teatro de la Nación", que presentaba su penúltimo estreno del sexenio, ha seguido siempre la táctica de reservar los mejores asientos para funcionarios públicos que no van; entonces, para que medio teatro no se quede vacío, se reparten más invitaciones de las que corresponden a la capacidad de los teatros; pero esta vez sí fueron aprovechadas muchísimas de las prodigadas invitaciones, y no todos los invitados cupieron; muchos fueron los llamados y pocos los admitidos; es decir, pocos no; pero por lo menos no todos.

Al prestigio de ese organismo se unían en esta ocasión el de una obra muy conocida y admirable, y, sobre todo, el de una actriz que goza un inmenso doble prestigio, el que ha sabido ganarse por su talento artístico en forma de admiración sin límites, y el que ha conquistado con su simpatía personal que se traduce en un hondo y sincero cariño de muchísima gente; de estas dos maderas, admiración y afecto, se hacen los ídolos, y un ídolo es Ofelia Guilmain.

La Guilmain que hace 30 años triunfó con esta misma obra, pero en otro papel, se ha precipitado a hacer el de Celestina, por el que podría haber esperado 15 o 20 años más; en plena madurez artística, y en el apogeo de su belleza, que sacrifica, y de sus facultades, se ha lanzado a disfrazarse de vieja, para triunfar una vez más, en forma clamorosa; hace una creación del personaje, en el que con cariño recordamos a doña Amparo Villegas; sobradísima de voz, de agilidad física, de brillo en los ojos, todas ellas cualidades juveniles, hace Ofelia una Celestina sui generis, fingidamente vieja astuta y llena de gracia y de fuerza. Su triunfo es espléndido, resplandeciente. Daban ganas de gritar "¡Sola!", al final de la representación, como en la ópera; pero no lo hicimos por respeto al resto de los intérpretes y a los técnicos, que también merecían estar en la apoteosis, recibiendo las ovaciones.

Una ojeada al programa nos daba la impresión de que la señora Guilmain iba a estar en La Celestina como solista coreada, como cuando Manolo Martínez se encerraba con seis toros, y todo lo demás que había en el ruedo eran peones. Apenas podía tener algún crédito Ballesteros, el galán de La fierecilla domada, que antes estuvo con Irma Serrano, y que llamaba más la atención, entonces, por guapo que por actor; después nos acordamos de que también Alejandro Camacho tiene una corta historia, pues gustó mucho en El rey Lear; y José Antonio Morales una cortísima, comorecitador lorquiano y como novillero.

Agradable sorpresa fue para todo el público descubrir que todo aquel reparto prácticamente de desconocidos se iba adornando a lo largo de la obra, y cubriendo no nada más con honor, sino con verdadero brillo, todos los papeles; además de los ya nombrados gustaron enormemente Ernesto Yáñez, algo corpulento con respecto al resto del cuadro; Gabriela Araujo, que no manchó la memoria de la Guilmain, a quien hemos visto en el papel de Elicia; Patricia Bernal y Luz María Jerez, que en su actuación incluye juveniles desnudos; y los otros artistas complementarios. Gran crédito para el director, Salvador Garcini por la parejura de estas actuaciones, y también por el movimiento escénico, por las luces y por las entonaciones, le ayudó grandemente Toño López Mancera a resolver los problemas de presentar en un escenario lo que no es en realidad una obra de teatro, sino una novela dialogada, como hay muchísimas, sobre todo en el siglo de oro español; Fernando de Rojas, que no escribía para ser representado, jamás tomó en cuenta la unidad de lugar, y las escenas se suceden sin transición en escenarios tan diversos como varias casas, por dentro y por fuera, calles, una iglesia, un jardín, etcétera. Muy justificado que López Mancera también saliera al final a recoger aplausos.

Ya que adaptaban (esta vez no se trata de una traducción de Solórzano, sino de una reducción de Garcini; y Tina French) pudieron los adaptadores atreverse con una modificación que habría sido útil. Por falta de malicia de autor teatral el de la novela deja morir a los personajes principales mucho antes de que se cierre el telón; esto hace que el interés vaya en descenso; al morir Celestina nos apagan un poco la luz, y otro poco cuando fallecen Sempronio y Pármeno, y un poco más, como en Los adioses, de Haydn, cuando fallece Calisto, y poco más al matarse Melibea; se quedan los sobresalientes a acabar con la corrida, y en la larga escena final, sólo un actor, que no es uno de los más interesantes de la compañía, y que es un personaje que no había captado ninguna emoción del público, con lo que esa cola se hace larga; de un teatro en que está la Guilmain, dan ganas de salirse cuando ella se muere. Ya todo lo que sigue a su muerte habría que festinarlo, porque el interés desciende notablemente.

Es La Celestina, a nuestro juicio, el más sólido y lúcido de todos los triunfos alcanzados en seis años por Teatro de la Nación; su canto del cisne, la obra que más redonda ha salido a esta empresa y por la que será más recordada, y, si llegare el caso, llorada; a menos de que se encuentre la manera de que sobreviva, lo que con la experiencia adquirida, y corregidas faltas que a su tiempo le fueron señaladas, sería benéfico para nuestro teatro, ya que se trata de una compañía que, con defectos y todo, siempre fue una de las más ambiciosas y distinguidas, y, unas veces mejor que otras, siempre hizo teatro de alta calidad, aunque nunca tan alta como la que alcanzó con las dos grandes producciones de su rendimiento de cuentas, ambas en cartel hoy y recomendabilísimas, esta Celestina estupenda y un Tartufo muy encomiable, que se representa todavía en el Hidalgo.