FICHA TÉCNICA



Título obra La visita del ángel

Autoría Vicente Leñero

Dirección Ignacio Retes

Elenco Myrra Saavedra, Carmelita González

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La visita del ángel de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 23 diciembre 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de diciembre de 1981

Columna Teatro

La visita del ángel de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

El teatro, como todas las artes, está sujeto a constantes experimentaciones, que unas veces consisten en descubrimientos y otras en vuelta a lo más antiguo, que se había ido pero regresa, como las modas. Vicente Leñero, sin duda uno de los más capacitados y talentosos escritores de su generación, parece estar probando hasta dónde el público teatral de nuestros días puede soportar el realismo, escuela que ya propugnaron en otros tiempos diferentes artistas, como, por poner dos o tres ejemplos, los pintores holandeses llamados “de género”, los narradores (lo que incluye no nada más a novelistas como Flaubert y Zolá, sino también cuentistas como Guy de Maupassant y Giovanni Vergá) franceses e italianos de hace 100 años y los cinematografistas italianos de la segunda posguerra: hasta la ópera, que en realidad es más una forma del teatro que una de la música se inclinó hacia esa escuela en tiempos de Cavallería Rusticana y de Payasos, de Fedora y de El amigo Fritz, y a otras muchas obras; la pintura también fue muy realista en gran parte del siglo XIX, en varios países, y la poesía también; pero varias musas tiraron más fuerte hacia la abstracción o la libertad de formas y no se esclavizaron a la verdad desnuda, ni a la cubierta por un trapo, que preconizaron muchos creadores finiseculares.

Leñero vuelve al realismo más crudo, el de Antoine y el de Atelier del París de hace un siglo, y va consiguiendo en esta escuela más de un triunfo, y el más sólido de todos, el de Los albañiles, que es una obra maestra; pero no ha querido detenerse allí, ha intentado llevar a sus últimas consecuencias sus experimentos, estirándolos hasta la exacerbación; pero cuidemos muchos de no decir hasta el absurdo; porque esta palabra nos llevaría a una confusión, ya que es la que usa para definir otro tipo de teatro, que ciertamente no es una forma del verismo.

Aparentemente, Leñero ha escrito un monólogo, de una media hora, en que hace a una chica insulsa decir banalidades sin parar, como una ametralladora de lugares comunes, y después lo ha emparedado entre dos medias horas de silencio, en que vemos y no oímos a dos personajes que no hacen, en el acto intermedio, sino escuchar a la nieta, interrumpiéndola sólo alguna vez con un “¡qué barbaridad!”, un “no me digas”, un “válgame Dios” o un “Ave María Purísima”. Y un director de muchísimo talento, que es Ignacio Retes, asumió la responsabilidad de montar esa audacia, y de probar la paciencia del público con ella.

Nos preguntamos qué fue lo que escribió Leñero para el primer acto (la obra ha sido dividida por un oscuro en dos mitades, pero eso no disfraza su estructura, que es manifiestamente la de tres partes desiguales en texto); ¿acaso la receta de la sopa juliana? Retes, aparentemente improvisa un ad líbitum (también lo llaman morcillas) sobre las noticias de prensa de cada día y Carmelita le contesta monosílabos, sin interesarse mucho; hasta que llega el ángel visitante, que es Myrra Saavedra, una joven muy linda y nueva para nosotros, que se suelta recitando todo el monólogo, con gracia y vivacidad; pero la verdad (en esta pieza todo es verdad) es que interesa poco al público, salvo con la observación del verismo, que no deja de ser una cualidad teatral (como lo son también la imaginación y la fantasía, sus contrarios). Carmelita González es quien lleva la parte más verídica de esta obra, pues a la vista de los espectadores, que aprendemos a hacer sopa de verduras como en también silenciosa obra en Las cuatro estaciones aprendimos a hornear un apfelstrudel, preparar una comida entera, desde lavar y picar las legumbres hasta tener listas, y bien olientes, pues el realismo incluye el sentido del olfato, una sopa, una ensalada, unos beefsteaks (pueden ustedes decir bisteces, que es una palabra algo fea), el agua de limón y el café, todo de verdad, como lo son el lavadero con agua, el basurero con basura, el refrigerador, la estufa con gas; en esta escenografía Alejandro Luna deja chiquitos a todos los escenógrafos realistas que hayamos conocido, como Jorge Fernández o Javier Torres Torija, Manolo Fontanals era opuesto a esta escuela; él decía: “¿para qué querrán esos leñadores hachas de verdad, si los árboles que van a derribar son de papel”. Y prefería simbolizar la luna con un farolito.

No se crea que el trabajo de los dos actores mudos es fácil. En escena estar callado, si es foco de atención, es tan difícil como hablar sin descanso. Retes está perfecto de naturalidad, de cotidianidad, y Carmelita, igualmente admirable como actriz y como cocinera y ama de casa; pero no dudamos que en quien más se habrá fijado la gente durante las 100 representaciones de esta pieza de Leñero habrá sido en Myrra Saavedra, la jovencita, que es la que lleva a la voz parlante, y dice todas sus vaciedades con la misma naturalidad con que se quita las botas o los pantalones a los que hay que pegar un botón. Es linda la muchacha, y nos gustaría volver a verla en una obra en que tuviera que fingir y no abusara de la sencillez.

Dan ganas de decirles a Leñero y a Retes, director: todo es bueno, pero... no hay que abusar de nada. Y La visita del ángel es abusiva en muchos sentidos(1).


Notas

1. Estrenada el 13 de agosto en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz. Jovita Millán, “Registro de obra de Vicente Leñero” en Lecturas desde afuera. Ensayos sobre la obra de Vicente Leñero. Comp. Kirstein F. Nigro, El Milagro-UNAM, México, 1997, p. 263.