FICHA TÉCNICA



Título obra La dama boba

Autoría Lope de Vega

Notas de autoría Héctor Mendoza / versión

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Ofelia Medina, Delia Casanova, Amelia de la Torre, Salvador Sánchez, Luis Rábago, César Jiménez

Escenografía Fiona Alexander

Vestuario Fiona Alexander

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La dama boba de Lope de Vega, dirige Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 9 diciembre 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de diciembre de 1981

Columna Teatro

La dama boba de Lope de Vega, dirige Héctor Mendoza

Rafael Solana

En el Renacimiento español, donde dice “Caballeros” hay dos sobresalientemente ilustres de la Triste Figura y el de la Mano al pecho; y donde dice “Damas”, dos que son más notables que las demás, la Boba y la Duende; ambas nos visitan actualmente, y nos han visitado otras veces, de manera que las tenemos bien conocidas: a la de Calderón la vimos al principio de este año del tricentenario, interpretada por una compañía que para ello vino expresamente desde Madrid, y que después de ir a Venezuela regresó a España para tomar parte en el festival calderoniano de Almagro; y la estamos volviendo a ver ahora en el teatro Independencia; a la de Lope, hacía algún tiempo que la habíamos perdido de vista pero no la hemos olvidado nunca.

El único papel de los muchos que les vimos (es decir, muchos a una de ellas, a la otra pocos) en que nos convencieron por completo las eminentísmas Margarita Xirgu y María Guerrero chica (la otra de las tres máximas actrices españolas de este siglo ha sido doña María Guerrero grande, pero a ella no la vimos cuando vino, muy a principios de la centuria) fue el de Finea; la Xirgu lo hacía campanudamente, y acentuaba el sonsonete que por cierto tenía para todos los demás papeles también, ya fuesen cómicos o dramáticos, en verso o en prosa, españoles o traducidos y doña Mariquita también entendía la bobería como tara, y nos hacía no una mera tonta, o ignorante, sino una retrasada mental a la que se le caía la baba; el director Héctor Mendoza ha sabido evitar ese escollo, no caer en esa trampa, y hacer una boba que no es babosa, una inocentona, que se va despabilando poco a poco, pero que nunca, ni en los momentos de su mayor idiotez deja de tener gracia y encanto, o de ser atractiva y bella, y ha encontrado una excelente intérprete de esta concepción suya del papel de Finea en Ofelia Medina, la tan famosa actriz de nuestra televisión que ya antes un par de veces se ha dejado ver en papeles estelares en el teatro; con que miren ustedes cómo, cuando íbamos al teatro temerosos de que fuese una insensata audacia de esta actriz medirse con dos tan gigantescas como la Xirgu y la Guerrero vino a resultar, para nuestro asombro, que la suya ha sido la mejor Finea de cuantas hemos visto. No hace reír con patochatas, sino con gracias, con sus inocencias despierta en los espectadores ternura; es Ofelia Medina la gran triunfadora de La dama boba, que en colaboración, involuntaria para una de las partes, han escrito Lope de Vega y Héctor Mendoza.

Pero con ser la que lo hace en mayor medida, no es Ofelia Medina la única triunfadora de La dama boba; hay otras dos, y la menor de ellas es Fiona Alexander, que esta vez nos llamó la atención menos que otras, con un vestuario velazquino, de la época de las Meninas, y una escenografía mixta, un jardín como de Aranjuez en la primera mitad con algo de estilo de los gigantes y cabezudos de Zaragoza o de las fallas de Valencia después, sobre una inmensa sábana destendida cuyo sentido nuestras profundas cavilaciones todavía no nos han llevado a descubrir; mucho más fuertemente que Fiona triunfa Delia Casanova hermosa actriz a quien varias veces hemos visto en el cine, pero ya saben ustedes que eso no basta para inspirar confianza; lo difícil es el teatro, lo dificilísimo, el clásico, en verso, y algunos conservó el adaptador de la obra original, aunque pocos. Delia está, además de tan guapa como la hemos visto siempre, sorprendentemente desenvuelta y dueña de la situación, como pez en el agua, y da a su papel todos los muchos matices que tiene, de amor y celos, de sospecha y despecho, de ternura y de enojo. Que no se ofenda si manifestamos que, a pesar de conocerla en la pantalla, no esperábamos de ella una actuación tan excelente como la que en el papel de Nise Rinde; si no nos traiciona la memoria, vimos en este personaje hace poco más de 40 años, a otra actriz ilustre de la escena española, la hoy doña Amelia de la Torre, en aquel tiempo dama joven de la gran compañía de doña Margarita.

Menos que las dos lindas jóvenes que hacen de la comedia un juego de damas lucen los galanes, que son el estupendo y ya muy premiado actor don Salvador Sánchez, cuya totonaca apariencia fue disimulada haciéndolo vestir de huahuatlaca y llegar de la Nueva España, como si fuese pariente de los últimos caciques de Texcoco; está bien, por supuesto, y baila, no mal; pero este papel gracioso no encaja con su personalidad de artista más hecho para lo serio, y aun lo intensamente dramático; el otro es Luis Rábago, a quien doña Fiona se olvidó de poner sombrero o algo parecido, prenda necesarísima cuando no se representa estar dentro de una casa, y frecuentemente hasta en el interior de ella, primero prescindiría un clásico de los calzones que del sombrero; pudo sacarlo en la mano, por lo menos, para que no ensombreciera su rostro.

El lunar de la obra es César Jiménez, a quien puso el director su papel cantado, como un padre de La forza del destino, y a quien se escucha muy mal porque canta dentro de una máscara; cada vez que aparece y no suelta un aria a guisa de monólogo, nos da la lata.

Pero por mucha Medina y por mucho Sánchez que haya en la obra, si está también Lope de Vega en la cartelera, la estrella tiene que ser él, que no en vano es uno de los máximos autores teatrales de España y del mundo, solo comparable, en su país con Calderón, con Alarcón y con Tirso, y en el mundo además de con esos, Shakespeare, con Racine y con Molière.

Por desgracia la obra que Héctor Mendoza nos ofrece no es la de Lope, sino una suya de Héctor, inspirada en la del Fénix de los ingenios. Ya Mendoza está bastante grandecito (fue un joven autor hace ya un buen montón de años, ahora debe portarse como una persona seria) como para darse cuenta a poco que reflexione, de que don Erasmo Castellanos Quinto, al contar a sus alumnos más perezosos los episodios de La iliada y de La odisea, no mejoraba a Homero, y a los muchachos, al entretenerlos con esas narraciones que el tuxtleco hacia divertidas y banales, no les hacía un bien, sino un mal, pues les rebajaba la poesía griega como quien le echa diez litros de agua a un vaso de leche o de buen vino, y les quitaba las ganas de leerla, poquito se creían los bobos que ya con haber seguido la sinopsis conocían las epopeyas; ese mal acabará por acarrear Mendoza a la juventud universitaria si la hace creer que ya conoció a Lope o a Tirso en estas prosaicas versiones (la de La dama boba muchísimo menos afortunada que la de Don Gil de las calzas verdes); no sólo desechó los versos bellísimos, en algunos pasajes, para convertirlos en una prosa muy llana y pobre, y suprimió 10 de los 15 personajes originales, con los que casi diremos que desplumó la comedia y apayasó con exageración al galán en la escena de su presentación a la dama, sino, lo menos acertado de todo, agregó un codicilo o postdata, una escena torpe y sin pies ni cabeza, en que no ofrece una solución nueva al conflicto, sino crea dudas y por nada se decide, con lo que su fin de fiesta viene solo a ser un jarro de agua helada que rompe las ilusiones creadas por la comedia y adocena a sus personajes. Esta vez no podemos rendir a este inteligente autor y director los elogios que en otros muchos casos con entusiasmo lo hemos prodigado.