FICHA TÉCNICA



Título obra Cúcara y Mácara

Autoría Óscar Liera

Dirección Enrique Pineda

Elenco Hosmé Israel, Samuel Contreras, Rafael Cobos

Escenografía Ernesto Bautista

Música René Baruch

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Cúcara y Mácara de Óscar Liera, dirige Enrique Pineda]”, en Siempre!, 20 mayo 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de mayo de 1981

Columna Teatro

Cúcara y Mácara de Óscar Liera, dirige Enrique Pineda

Rafael Solana

Saludemos con júbilo a un gran director y un gran autor nuevos, que vienen a enriquecer vigorosamente al joven teatro mexicano, y que ya ellos solos hacen que no pueda ser llamado infructuoso este año que avanza, pues bastarían esos dos valiosos hallazgos para que lo considerásemos fecundo (pero aún hay más). Bajo el ala protectora de la Universidad Veracruzana, que en competencia con la Nacional, y con la Autónoma Metropolitana (no nada más en futbol compiten las universidades) se anota esta vez un triunfo que la pone a la cabeza de la primera división, se nos presenta un grupo nuevo y fresco, que adopta el nombre humilde de “Infantería teatral” pero que con esta victoria nos ha sonado a artillería de grueso calibre. ¡Qué autor, qué director, y qué excelente grupo de intérpretes y de técnicos!

Comencemos por el autor; Óscar Liera, el de Cúcara y Mácara(1), nace, como Minerva, armado ya de todas las armas. Domina admirablemente el idioma, que es en él variado, rico y enérgico; todo sabe decirlo con precisión, con elegancia y con ingenio; sus entradas y salidas de personajes no son los de un principiante, sino los de un maestro; lo que algunos no consiguen nunca, tener en escena, todos en activo y con papel, a una docena de personajes, es para él pan comido. (Recordemos que por ejemplo, el maestro Novo, no se atrevía a meter a un personaje sino después de hacer salir a otro, para que nunca hubiese más de dos en escena, como le ocurrió en A ocho columnas y, más confesadamente, en Diálogos). El tema planteado, ya lo había tratado en forma parecida, pero con espíritu distinto, Rodolfo Usigli, en Corona de luz, y, en película, Gabriel Retes, en Mundo nuevo; y, en forma distinta, pero con igual espíritu, el autor del libro de cuentos Los santos inocentes; es fácil reconocer la influencia de Hugo Argüelles, que es ya maestro, en Los prodigiosos y en El tejedor de milagros, sin duda dos de sus mejores obras, de su mejor época; pero también Luis G. Basurto se transparenta en la elección de personajes eclesiásticos, si bien él les da otro tratamiento, respetuoso, y no el irreverente, alegre, incisivo y mordaz que Liera les ha dado. Atreverse con gente de sotana, ya lo han hecho otros, desde Voltaire y Anatole France; pero Liera lo hace con personalidad propia, con gracia, con un toque molieresco, sin recurrir a exabrupto alguno, sin el menor toque del mal gusto verbal (el único detalle algo sucio, la escupidera, tal vez sea más del director que del autor). Admiramos a Liera lo mismo el manejo del idioma, que la construcción dramática, que el buen humor, que es legítimo y no se rebaja a concesiones.

Pero si estupendo nos ha parecido el autor, en nada cede ante él Enrique Pineda, que ha dirigido con una vivacidad sombrosa, y ha detallado con minucia; desde que la narración se inicia, con un estallido, no hay un sólo segundo de estancamiento de la acción, ni hay un tropiezo o un respiro; la escena se va enriquecido con nuevos personajes, sin que quede más arrinconado ninguno, como le ocurre al director de La hiedra, que olvida a algunos por cuartos de hora enteros (sin duda porque no tiene texto que darles); el tono de la obra es siempre alto, exaltado, por momentos frenético; pero no llega a cansar; con ayuda de actores acertadísimos, logra Pineda verdaderas creaciones magistrales de personajes como el cardenal (Hosmé Israel), el obispo (Samuel Contreras) y el bendito (Rafael Cobos, a quien ya habíamos visto en alguna otra obra jalapeña) y maneja a todos los demás con acierto, en escenas cuya composición nos recuerda cuadros de Así en la tierra como en el cielo; plenamente ha atinado el escenógrafo, Ernesto Bautista, con la decoración, cámara negra y trastos, y con el vestuario, que tiene pocos, pero enérgicos toques de color, y con la iluminación, y también es valiosa la participación de René Baruch en la selección de la música.

Mucho es lo que podemos prometernos, para más adelante, de un autor como Óscar Liera (bien pudiera ser nuestro candidato al mejor del año, aunque hay anuncios de varios estrenos para el verano), y de un director que nos proporciona tan fuerte y grata sorpresa como Enrique Pineda, cuyo manejo de esta comedia nos ha parecido vigoroso e inteligente. Si exceptuamos solamente a frailes y monjas, que pudieran sentirse ofendidos por el desenfado con que en la comedia se les trata, o dignatarios eclesiásticos, que se vean poco favorecidos en los retratos que de ellos hace autor, director y actores, creemos que la obra fascinará a todo público (aunque no está clasificada para niños, no porque contenga desnudos, o palabras gruesas, sino porque tiene ideas adultas), pues su humor fresco, su ingenio, y la perfección de sus interpretaciones proporcionan a los espectadores un rato, que se hace pequeñísimo, de solaz, de goce, de risa.

Y que lleguen hasta el rector de la Universidad Veracruzana, Héctor Salmerón Ruiz, los aplausos que esta presentación nos arranca, al permitirnos enorgullecernos una vez más de la calidad del teatro que se hace en Xalapa, para ejemplo de la metrópoli.


Notas

1. La obra que se presentó en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM fue duramente censurada. Al respecto, puede consultarse el artículo de Jaime Chabaud "Persiguiendo la cola del tigre" en Documenta CITRU, México, 1995. p. 51.