FICHA TÉCNICA



Título obra El carnaval de Mérida

Grupos y compañías Cuadro Regional Yucateco de José Talavera, perteneciente al Rancho del Artista coordinado por Agustín Aragón Leyva

Espacios teatrales Rancho del Artista coordinado por Agustín Aragón Leyva

Notas de espacios teatrales Agustín Aragón Leyva / coordinador

Eventos Inauguración del Teatro del Rancho del Artista

Notas Comentarios del autor sobre el teatro y la danza en Yucatán, citando el libro Viaje a Yucatán de John Lloyd Stephens

Referencia Armando de Maria y Campos, “Olvidos y recuerdos del teatro de Yucatán a propósito de la inauguración esta noche del teatro del Rancho del Artista con teatro yucateco”, en Novedades, 24 abril 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Olvidos y recuerdos del teatro en Yucatán a propósito de la inauguración esta noche del teatro del Rancho del Artista con teatro yucateco

Armando de Maria y Campos

El Rancho del Artista, centro de cultura y folklore, creado por el amor a México del pintor Pancho Cornejo –que tiene por coordinador al dinámico Agustín Aragón Leyva– inaugura esta noche (sábado, a las 19 horas) su teatro, presentando al Cuadro Regional Yucateco de Pepe Talavera, animador del teatro vernáculo peninsular desde 1906.

El teatro del Rancho del Artista se inaugura bajo el signo del folklore y la carátula de Yucatán; se representará una pieza breve, de costumbres peninsulares, El carnaval de Mérida, y antes y después de la representación habrá números por Nicte-Ha y Balamkin, Rebeca Aguirre y Carmen Molina, el trío Chichén Itzá y el "Chino" Cocuy. Yo "levantaré" la cortina leyendo delante de ella unas cuartillas sobre los orígenes del teatro en Yucatán. Se espera, con razón, que el público se interese por este esfuerzo tan planeado y dirigido por Cornejo y Aragón Leyva.

El proceso histórico del teatro en Yucatán es poco conocido, a pesar de su rica variedad. Para divulgar alguno de sus aspectos traigo a esta columnilla, a propósito de la inauguración del teatro del Rancho del Artista, que consagra sus primeras funciones al teatro y danzas que vio en 1841 el arqueólogo –observador y narrador de primera línea– Juan Lloyd Stephens, quien en misión confidencial del presidente Martín van Buren visitó Yucatán y Centroamérica; la arranco de su libro Viaje a Yucatán.

Corre octubre; se celebran fiestas. Stephens y sus amigos se vuelven todo ojos para ver. Sigámosles. "El cura nos consideraba todavía en sus manos –dice Stephens– y con el fin de entretenernos suplicó al mayordomo que preparase un baile de indios. Casi al momento escuchamos el sonido de los violines y del tambor indio, que consiste en un madero hueco de tres pies de largo con un pedazo de pergamino colocado en un extremo y sobre el cual golpea el indio con su mano derecha, llevando el instrumento bajo el brazo izquierdo. Es el mismo tambor llamado tinkul en los tiempos de la conquista y que continúa siendo su instrumento favorito hasta la fecha. Al salir a la galería posterior vimos a los músicos colocados en una extremidad delante de la puerta de la capilla. En un lado del corredor estaban las mujeres y en el otro los hombres. Había pasado ya algún tiempo sin que el baile comenzase; hasta que al fin, a instancias del cura, el mayordomo dio sus direcciones, y en el momento púsose en pie un joven en medio del corredor. Otro, que tenía en la mano un pañuelo de bolsa con una atadura en la punta, paseóse enfrente de la línea de las mujeres, arrojó el pañuelo a una de ellas y volvió a sentarse. Este acto se consideraba como un formal desafío o invitación; pero con cierto melindre y como afectando que no lo hacía por haber sido invitada, esperó ella algunos minutos, levantándose después, y separando despacio su toca de la cabeza, púsose enfrente del joven a una distancia como de diez pies y empezaron a bailar. Llamábase este baile el toro; los movimientos eran pausados; alguna vez cruzábanse los danzantes y cambiaban de lugar; y cuando se terminaba el tiempo, retirábase la bailadora, en cuyo caso su pareja la acompañaba a un taburete, o continuaba danzando si así agradaba mejor. El maestro de ceremonias llamado bastonero, recorría de nuevo la línea y tocaba a otra mujer con el pañuelo del mismo modo que a la anterior. También ésta, después de esperar un momento, deponía su chal o toca y ocupaba el puesto. De esta manera continuó el baile, siendo uno mismo el bailador tomando la pareja que se le daba. Después del toro, se cambió la danza en otra española en que los bailadores en lugar de castañetas, hacían crujir sus dedos. Se baile era más vivo y animado; pero aunque parecía agradable más, no había en él sin embargo, nada de nacional ni característico.

"Por la mañana muy temprano nos levantamos al escuchar en la iglesia un fuerte ruido de música; y era que el cura con una misa matutina estaba haciendo participar a aquellos sus feligreses del beneficio de su casual visita. Después escuchamos una música de otra especie; y era la del látigo en las espaldas de un indio. Al dirigir nuestras [frase incompleta, N. del E.] al azote. A cada golpe levantábase sobre una rodilla lanzando un grito lastimoso y que, al parecer, se le escapaba a pesar de sus esfuerzos por reprimirlo. Aquel espectáculo mostraba el carácter sometido de los indios actuales; y al recibir el último latigazo manifestó el paciente cierta expresión de gratitud porque no se le daban más azotes. Sin decir una sola palabra acercóse al mayordomo, tomóle la mano, besóla y se marchó, sin que sentimiento alguno de degradación se presentase a su espíritu. En verdad que se encuentra tan humillado este pueblo, en otro tiempo tan fiero, que entre ellos mismos existe un proverbio que dice: "los indios no oyen sino por las posaderas" y aún el cura nos refirió cierto hecho que indica una degradación de carácter, que acaso no se ha encontrado en ningún otro pueblo. En una aldea no muy lejos de allí, y cuyo nombre he olvidado ya, se celebra una fiesta acompañada de cierta representación escénica llamada xtol. Figúrase una escena ocurrida en los tiempos de la Conquista, los indios del pueblo se reúnen en un amplio sitio cercado de madera y se supone que están allí con motivo de la invasión española. Un viejo se levanta y los exhorta a defender su patria, hasta morir por ella si fuese necesario. Los indios todos se animan; pero en medio de esas exhortaciones preséntase un extranjero vestido de español y armado de un mosquete. Constérnanse los indios a su vista: pero al descargar el extranjero su arma de fuego, todos ellos caen en tierra. El extranjero entonces ata al jefe indio, y se lo lleva cautivo, y se acaba el sainete".