FICHA TÉCNICA



Título obra Frío almacenaje

Autoría Ronald Ribman

Notas de autoría Abraham Stavans / traducción

Dirección Abraham Stavans

Elenco Sergio Klainer, Shula Tanne, Abraham Stavans

Espacios teatrales Teatro el Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Frío almacenaje de Ronald Ribman, dirige Abraham Stavans]”, en Siempre!, 13 mayo 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de mayo de 1981

Columna Teatro

Frío almacenaje de Ronald Ribman, dirige Abraham Stavans

Rafael Solana

El teatro es un espectáculo muy complejo, que se integra con muchos ingredientes, y unas veces predomina uno y otras otro. Algunas veces se va a escuchar un buen texto, y otras a ver hermosas piernas; nos atrae en ocasiones la belleza de unos versos, en otras lo inquietante de una intriga, en otras la sal gruesa de una comedia fácil; unos vamos a llorar, o a preocuparnos, otros a pasar el rato y divertirnos; en unos casos la estrella es el autor de la obra, en otros el director, y en otros, y eso es muy frecuente, algunos de los intérpretes.

A ver la obra Frío almacenaje hay que ir(1), principalmente, para ver una actuación estupenda, difícilmente igualable, y casi imposible de superar, del actor que encabeza el brevísimo reparto: el argentino desde hace muchos años avecindado en México e incorporado plenamente a nuestro movimiento teatral, Sergio Klainer.

No es que no haya lo demás, obra, dirección, sino que es tan sobresaliente el desempeño de ese artista que todo lo otro se queda atrás, aunque exista y sea valioso.

La actricita que hace la muy pequeña parte de la enfermera, Shula Tanne, está muy mona, muy desenvuelta, y es muy guapa; pero en nada corresponde a la descripción que de ella se hace en el texto, como “una vieja gorda”.

Abraham Stavans, a quien recordamos desde su primera aparición en un escenario, en la obra Lázaro ha vuelto(2), con la que se inauguró el teatro del Centro Israelita (en aquel tiempo se llamaba Stavchansky) sin duda es un ejemplo de amor al teatro, de devoción por él, de cariño y de dedicación total; pero todavía no está maduro para la ardua empresa de dirigirse a sí mismo; como actor, de mucho le han servido las clases que tomó en Nueva York, con el maestro Elia Kazan, al lado de Marlon Brando y de Marylin Monroe; en El macho animal lo vimos estar muy bien, y en El primero(3), y en otras obras; pero al dar el paso para convertirse en director, pensamos que primero debiera haber dirigido a otros, y hasta que tuviera mucha experiencia ser al mismo tiempo director y actor; en esta pieza la dirección es poca, pues evidentemente Klainer se ha manejado a sí mismo, y no hay movimiento escénico; como no se ha escuchado, Abraham se descompensa, se desentona; tiene una voz poderosa y bien timbrada, que en muchos momentos se le escapa de medida y le resulta excesiva, resuena como cornetas en ese pequeño recinto que es el Granero; y pierde claridad, no se entiende bien el texto, atropellado por la sonoridad exagerada y vuelto confuso por el fragor; pero está bien de movimientos y de expresiones faciales, con esa cara de Ulises Grant que se ha hecho que parece un billete de... quién sabe cuántos dólares.

Pero Klainer... ¡ah, Klainer! Si no nos atrevemos a decir que será la suya la mejor actuación del año es porque ya hay otras, y habrá más que ya todo puede esperarse del grado de adelanto que alcanza nuestro teatro; pero eminente, desde luego que lo es. ¿Algún defecto, alguna imperfección? Bueno, pues, por decir algo... tendría que maquillarse no nada más “la medalla”, como los niños que se lavan sólo la máscara y se dejan sucias la orejas, sino el cuello, y parte del pecho, lo que alcanza a verse, para que su palidez sea general y no local, fuera de esto...

Desde la primera vez que lo vimos hemos tenido a Klainer por un gran actor; nunca se ha quedado corto en ningún papel: al contrario, a veces se le ha pasado la mano (como en El luto embellece a Electra(4), por ejemplo, en que nos pareció estruendoso); le recordamos en Chantecler una actuación difícil, y muchas excelentes en obras del más diverso estilo; pero ninguna como la de ahora, en que está sobresaliente y aplastante en su caracterización, en sus entonaciones, en la voz amarga y cascada; asume la edad y la condición física de su personaje, y cada frase de su texto le sale no de los labios, sino del fondo del alma; es la suya una incorporación integral del personaje, convincentísima, y digna de las aclamaciones en que el público estalla en su honor. Aunque no fuera más que por verlo a él hay que ir al Granero a conocer Frío almacenaje.

Pero también la obra lo justifica y lo vale; es una pieza difícil, austera, sin espectacularidad, sin movimientos, sin sorpresas, hasta diríamos sin teatralidad; pero qué bien escrita, por Ronald Ribman, autor muy probablemente judío norteamericano contemporáneo a quien no conocíamos, y que escribe excelentemente, con gran fuerza, con tremendo impacto; no se consideró necesario dar crédito de traductor, como si fuese menos importante que el iluminador o el grabador del sonido; cabe sospechar que haya hecho la traducción Abraham Stavans, y que le pareció excesivo poner su nombre tres veces; pero evidentemente es una buena traducción, y desde luego es una buena obra.

Damos el tip a nuestros lectores pues nos parece que poca gente se ha enterado de lo mucho que vale la pena ver Frío almacenaje, sobre todo por la actuación estupenda de Sergio Klainer.


Notas

1. Que se había estrenado el 8 de abril en el teatro del Granero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. Original de Rafael Solana.
3. Cuya crónica del 27 de julio de 1977 se incluye en este volumen.
4. Véase la crónica respectiva del 9 de abril de 1980 incluida en este volumen.