FICHA TÉCNICA



Título obra La dama de las camelias

Notas de autoría José María Fernández Unsaín / traducción y adaptación

Dirección José María Fernández Unsaín

Elenco Jacqueline Andere, Carlos Riquelme, Liza Willert, Sergio Zuani, Lily Inclán, Héctor Catalán, Melba Luna

Música Invitación al Vals de Carlos María von Weber / grabación

Espacios teatrales Teatro Rafael Sánchez Navarro

Productores José María Fernández Unsaín

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La dama de las camelias dirige José María Fernández Unsaín]”, en Siempre!, 15 abril 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   15 de abril de 1981

Columna Teatro

La dama de las camelias dirige José María Fernández Unsaín

Rafael Solana

Siete veces se ha rascado el mentón el anónimo cronista, ha resoplado, se ha frotado una oreja, ha mirado hacia el rincón más distante de la habitación, ha suspirado, y se ha quedado viendo la blancura del papel antes de decidirse a poner en él las siguientes palabras: Jacqueline Andere es la mejor Dama de las camelias que ha visto en su vida. Todo ese esfuerzo, todas esas dudas, no porque no lo haya convencido y arrebatado la actuación de esa actriz, sino porque eran muchos años de estar velando y acariciando el recuerdo de otra de quien ha sido toda su vida, y espera seguir siéndolo lo que le reste de ella, no admirador, sino adorador: de Dolores del Río, de quien jamás olvidará la belleza, la elegancia, la distinción y la categoría de ese papel, y en muchísimos otros; pero Jacqueline...

Y otra cosa: La dama de las camelias no es solamente la Margarita Gautier de la novela y de la obra de teatro; es también la Violeta Valery de la ópera: 28 veces ha visto el cronista esa obra (sin contar el cine, la televisión, ni menos la radio o los discos, donde, sin verla, la ha oído tal vez otras tantas); y pongan ustedes que no hayan sido 28 sopranos, pues a algunas las vio varias veces; la más patética, Margherita Carrosio (en Roma); la más sentimental, Licia Albanese (en Nueva York); la más guapa, Anna Moffo; la mejor vestida, María Callas; la más coloratura, Evangelina Magaña; el mejor último acto, Amparito Guerra Margain; la más completa, Irma González; la más reciente, Cristina Ortega; y así hasta un par de docenas; y en el teatro, otras, que mejor será no mencionar, y en el cine, desde Greta Garbo hasta Lina Montes; de manera que hay mucho con que comparar...

Pero (después de una octava rascadura de nariz y orejas) la mejor de todas ha sido Jacqueline Andere, en quien se reúnen juventud, belleza, intención, buena ropa (bueno: le pondremos un reparo, para que no todo sea elogio: el postizo no caza muy bien con el color del pelo propio, que es más pajizo, menos anaranjado; de manera que ya ven ustedes que, buscando, encuentra uno el pelo en la sopa) y sobre todas las cosas, emotividad; hay papeles que requieren autoridad, majestad, como el de Juana la Loca, y otros habilidad histriónica... el de Margarita Gautier quiere sentimientos, ternura, emoción, junto a todas las otras cosas, con una sola de las cuales que falle ya no hay caso: belleza elegancia, frivolidad. Juventud no decimos porque ésa una gran actriz sabe imitarla, sino la tiene; la señora Albanese cantaba “Traviatas” probablemente a los 70 años de edad. Y “Butterflies” también.

Mucho, muchísimo mejor que como la vimos en Puebla estuvo la señora Andere la noche de su presentación en el teatro Rafael Sánchez Navarro (perdón, nos estamos anticipando muchos años: en el teatro San Rafael); se ha hecho una octava pieza de vestuario, tan elegante como las otras; ahora saca cuatro vestidos, todos de gala, hasta el de salir al jardín a cortar flores, y cuatro batas; el papel permite esa exageración en el vestuario, pues se trata de una costosa casquivana que se ha adueñado de París, que desde la Edad Media es la capital del lujo y de la moda. En materia de decoración se ha salido del paso con astucia y economía; eso sí no puede compararse con lo que hemos visto, por ejemplo, en las Termas, en Roma, donde la fiesta del primer acto se daba en una terraza desde la que se dominaba el paisaje nocturno de todo París, y en la casa de juego cabían 200 jugadores. En el renglón de la música, una magnífica grabación de la Invitación al Vals, de Carlos María von Weber, ricamente orquestada, llena las transiciones, cubre las mutaciones; hay buena ropa también en el resto de los artistas, que no es muchísima, pues los conjuntos han sido escamoteados hábilmente por el inteligente adaptador.

Pero esta vez, como debe ser, La dama de las camelias es la dama de las camelias; no está sola, la encuadran muy bien sus compañeros, que hasta brillan; pero ella es el casi todo de la obra, que es como la concibió su autor, para el gran lucimiento de una primera actriz encantadora.

Tiene cambios y matices el papel; frívola e ingeniosa, con un irresistible charme, en el primer acto, deslumbrante de belleza y de señorío, de feminidad y de fragilidad, se va volviendo humana y víctima, y, con la admirable réplica de Carlos Riquelme, que en su única escena está imponente, alcanza, en el cuarto cuadro, momentos de una emotividad que estrujan al público y hace brillar lágrimas en los ojos de algunas espectadoras. En el momento de su muerte (este es uno de los casos en que no se cometen indiscreciones al revelar el final, pues no es una obra de misterio, sino una novela romántica más conocida de todos que Blanca Nieves o que La Cenicienta) da Jacqueline cátedra de buen gusto, de contención, de maestría, y con un mínimo de gasto dinámico produce un máximo de tensión y de emoción en el público. Si hemos dicho, y repetimos, que es la mejor Margarita Gautier que hemos visto, es porque es la más emotiva, y el papel requiere, además de todo lo otro, mucha emoción.

Dijimos que no está sola, y ya mencionamos a Riquelme, que si tiene pocas líneas, una única escena, ahonda en ellas y las carga de pathos hasta apoderarse del público; no es cosa fácil pasar en unos minutos del papel de tieso villano al de conmovido y conmovedor padre; hay que recorrer como en un glisando las 88 notas que van de lo grave a lo tierno y lo hace Carlos como el maestro que es. Pero además de a él, y a ella, hay que aplaudir a Gastón Tuset, un galán que es toda una sorpresa (nos dicen que se ha dejado ver ya en televisión, espectáculo que no frecuentamos mucho); tiene buen tipo, aunque con la naricilla un poco apretada, lo que le da mejor perfil que frente; tiene una estatura adecuada, ni es un dije, ni tampoco un ropero, extremos en que suelen caer los tenores; y también él supo poner la emoción que su papel pide, y dar la réplica a la actriz, que flaquearía si no tuviera su apoyo, si la dejara sola. También ya dijimos, cuando la vimos en Puebla, que está excelente Liza Willert, y bien, en el orden de la importancia de sus papeles, Sergio Zuani, Lily Inclán, Héctor Catalán y Melba Luna.

Podemos tener la seguridad de que La dama de las camelias de Jacqueline Andere, que ha traducido, adaptado, producido y dirigido, todo bien, José María Fernández Unsaín, será un completo éxito en la capital, como ya lo fue en una gira triunfal, y que no irá la gente a verla una sola vez, sino varias, porque la emoción vuelve a vivirse las siguientes veces tan intensamente como la primera.