FICHA TÉCNICA



Título obra Son

Autoría Sergio Fernández

Dirección Juan Ibáñez

Elenco Pérez Prado

Escenografía Pedro Coronel, Carmen Parra

Iluminación Jesús Cabello, Humberto Cabello

Vestuario Beatriz Calles

Espacios teatrales Teatro el Galeón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Son de Sergio Fernández, dirige Juan Ibáñez]”, en Siempre!, 18 marzo 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de marzo de 1981

Columna Teatro

Son de Sergio Fernández, dirige Juan Ibáñez

Rafael Solana

Dicen los americanos: “the play is the thing”; y tienen razón... la mayor parte de las veces; la obra suele ser lo principal, y quien haya escrito alguna se sentirá inclinado a concederle, dentro del espectáculo teatral, la importancia suprema. La ley es menos entusiasta, y otorga a los autores sólo 10% de las recaudaciones... aunque no debe interpretarse eso como que sólo es de ellos 10% del éxito.

Pero si casi siempre la obra es lo básico, y el escritor la figura máxima de un espectáculo teatral, abundan las excepciones; nos ha tocado en Londres ir a ver a Sir Lawrence Olivier no nada más cuando representa a Shakespeare, sino hasta cuando montaba alguna comedia trivial, y en Roma a Zacconi no sólo en El rey Lear o los Diálogos, de Platón (que como autor teatral no tiene el renombre que podría tener), sino también en piececillas deleznables, que ya hemos olvidado, y cuyo atractivo era solamente el gran actor. Hoy vamos a referirnos a una obra en que el autor no es lo de más, sino casi lo de menos; en los créditos dice: textos, Sergio Fernández; pero después de modas, Beatriz Calles, y con el mismo tipo de letra que peinados, Tomás Escárcega. Esto nos parecerá una insoportable exageración si no observamos que todavía más abajo, y con la misma tipografía, dice: música, Dámaso Pérez Prado, y: dirección, Juan Ibáñez; y esos sí que son las estrellas cimeras del espectáculo.

Estamos hablando de Son(1), una obra que se representa en un teatro en que todas las incomodidades tienen su asiento, y cada asiento tiene todas las incomodidades, el del Galeón; pero vale la pena soportar dos horas el potro del tormento si se ha de ver y de oír y de gozar a cambio una obra tan bella, tan alegre y tan alentadora.

¡Qué originalidad de espectáculo! Juan Ibáñez no fue a Broadway ni a Londres a ver qué se traía de allá, de fayuca, como hacen los distinguidísimos Manolo y Julissa; se tomó él mismo la molestia de crear, de la nada, de sacar de un sombrero, un espectáculo; tal vez Fernández, además de escribirle unas líneas le habrá sugerido algunas ideas, y otras los escenógrafos (Pedro Coronel y Carmen Parra) y otras los iluminadores (Jesús y Humberto Cabello); pero todo el espectáculo respira novedad, espontaneidad, vida; va surgiendo, formándose, como una de las estatuas esculpidas en humo de que nos habló Giovanni Papini.. Y todo es tan convincente, tan comunicativo, tan contagioso, que la obra habría podido llamarse, un poco basurtianamente, Y todos terminaron bailando.

A los 35 años de haber sido ídolo (y novedad) en el Blanquita (que todavía ni se llama así, sino Margo), Pérez Prado tiene el gesto juvenil de prestarse a participar en una obra de teatro “experimentoso” (así prefiere llamarse a sí mismo, y no experimental) y nos da la sorpresa de encajar perfectamente en esa onda, y de fascinar a los jóvenes que no habían nacido cuando el mambo nació, y para quiénes pensábamos que iba a sonar anticuado como nos parecían los valses a los que bailamos chárleston. Los antiguos, que también aparecen por allí, se emocionan con el recuerdo de otras épocas, y los nuevos aceptan la cosa no con la curiosidad con que se lee una página sobre la Revolución francesa, sino como algo que les atañe, que sienten, que les hace vibrar. Y a la prueba se remiten, bajándose a bailar Patricia y El caballo negro, y otros mambos, en el escenario, después de la función.

¿Qué fue lo que de más admirable encontramos en la dirección de esa obra, tan ligada, tan ágil, que da pena aplaudir para no interrumpir su velocidad y no crear una laguna ni siquiera de dos o tres segundos? ¿El ritmo? ¿La variedad? ¿La dinámica? ¿La actuación de dos docenas de artistas, casi todos jóvenes, de cuyos nombres sólo dos o tres nos eran ya conocidos?

Todo eso es magnífico; pero lo mejor de todo en Ibáñez nos pareció la forma en que, tras hacer la presentación de sus personajes, de su trama y de su ambiente en una forma un tanto satírica, irónica, caricaturesca, poco a poco nos va ganando a que tomemos en serio la música, los trajes, las letras de las canciones, y todo eso lo hagamos nuestro, lo aceptemos, como lo aceptábamos hace media docena de sexenios; los jóvenes, que creían que se iban a burlar un poco, o un mucho, de los boleros de Agustín, se los aplauden a Chalo Cervera, y se dejan no sólo ganar, sino arrebatar y arrastrar, desde luego, por la música, que es dominante, y también por el romanticismo, vetusto, otoñal, pero vivo y todavía poderoso de la poesía, baratona y auténtica, Rubén Darío habría dicho, con todas sus letras: “Quién que es no es cursi?”

Más que en Basurto mismo, que es tan notable cursígrafo, o en Fernanda Villeli, o en Caridad Bravo Adams, o en Marissa Garrido, aquí lo cursi nos gana y se legitima; ¡qué trajes!(2) ¡qué canciones! Por desgracia no pudimos identificar por sus nombres ni a los ni a las cantantes; pero diremos en globo que entre ellas domina lo bello, lo joven y aun lo espectacular, pues son king size algunas, y de entre las chiquitas hay por lo menos una monísima. Y algunas cantan, y todos bailan, y unos cuantos hacen pulsaciones, juegos malabares, maromas; de lo que viene esto a ser una versión lejana, muy distinta, es de la ópera china, una ópera china mexicanizada, como si dijéramos un shop suey de charales y nopalitos o un pato de Texcoco laqueado y relleno de huitlacoches y flores de calabaza. Las únicas que no la hacen son las que cantan el repertorio de Lucha Reyes; con esa señora mejor que no se metan; es muy difícil imitarla sin minimizarla.

Es tan bueno, tan delicioso este espectáculo, que no es para ser visto una vez, como cualquier obra de teatro, ni siquiera para ser escuchado varias veces, como una ópera o una opereta; es para ir todas las noches, o casi todas, como a un restaurante donde se ha estado a gusto.

Y eso de que el segundo acto lo haga el público, un hallazgo. Hay que ir al Galeón, llevar un abrigo grueso para sentarse en él, y mandar buscar los boletos con anticipación, pues es seguro que para estas fechas ya se han de estar agotando todas las noches.

Y ahora una consideración de carácter moralizante: estos llenazos diarios los está consiguiendo una obra limpia, blanca, en que lo único fuerte son los colores de los vestidos, y la palabra más gruesa es pervertida, y en que en vez de sus ombligos enseñan las señoritas su talento; los empresarios que se escudan en el mal gusto del público para ofrecerle espectáculos burdos, corrientes y bruscos, en el supuesto de que son los únicos que arrastran, que vayan a ver las entradas que está haciendo este teatro universitario y decoroso, que con orgullo puede llevar la firma del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Centro de Experimentación Teatral, instituciones nobles y respetables.


Notas

1. Estrenada el 20 de febrero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. Diseñados por Beatriz Calles. Idem.