FICHA TÉCNICA



Título obra El hombre elefante

Autoría Bernard Pomerance

Notas de autoría Delgado Fresán y Manolo Sánchez Navarro / traducción

Dirección Manolo Fábregas, Adriana Roel, Rafael Sánchez Navarro, Salinas, Guillermo Zarur, Martha Zamora, Alfredo Sevilla, Óscar Traven

Elenco Manolo Fábregas

Escenografía Anonio López Mancera

Música J. Óscar Reynoso

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El hombre elefante de Bernard Pomerance, dirige Manolo Fábregas]”, en Siempre!, 11 marzo 1981.




Título obra El hombre elefante

Autoría Bernard Pomerance

Notas de autoría Delgado Fresán y Manolo Sánchez Navarro / traducción

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Rafael Sánchez Navarro y Salinas, Manolo Fábregas, Adriana Roel, Guillermo Zarur, Martha Zamora, Alfredo Sevilla, Óscar Traven

Escenografía Antonio López Mancera

Música J. Óscar Reynoso / chelista

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El hombre elefante de Bernard Pomerance, dirige Manolo Fábregas]”, en Siempre!, 11 marzo 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   11 de marzo de 1981

Columna Teatro

El hombre elefante de Bernard Pomerance, dirige Manolo Fábregas

Rafael Solana

En los dos últimos años nada había hecho Manolo Fábregas, sino sostener, y convertir en un insólito éxito de duración, El diluvio que viene, modelo de teatro bien hecho, que era conveniente que toda la ciudad viera una o dos veces; y rechazar una curul que le fue ofrecida, él dijo que por motivos de salud, pero nadie lo creyó; fue sin duda porque consideró que hace más, y gana más dinero con ello, dedicado a lo que mejor conoce y más le gusta, el teatro, que entrando en política, y porque tuvo la decencia, que no todos tienen, de no querer cobrar por no asistir a las sesiones, como está muy generalizado.

De pronto reaparece, y por partida cuádruple, con una obra de la que sería el productor o empresario, el director, el actor básico y... el padre del actor estelar. Cuatro actividades cada una de las cuales merece un examen y una opinión.

Comencemos con la que nos pareció la más importante y la más bien hecha de las cuatro, aunque ya agregaremos algo sobre la excelencia de las otras tres. Como más nos ha gustado Manolo esta vez, como más lo aplaudimos, y como con mayor énfasis quisiéramos proponerlo como ejemplo, es como padre. Su ilustre abuela no tuvo la satisfacción de que le saliera un hijo gran actor, pues don Manuel Sánchez Navarro fue un artista apenas cumplido, que llenaba un hueco en las giras, pero que jamás se reveló como una gran figura de la escena. A ese don Manuel, y a su esposa, doña Fanny, sí les salió gran personaje uno de sus hijos, Manolo, que ya es una de la figuras más prominentes de la historia del teatro mexicano. Corrido el tiempo, y surgida una nueva generación, tal vez preocupó a este nuevo Manolo el porvenir de su progenie. Si se dedicasen al teatro, ¿irían a ser sus hijos tan modestos, tan de segundo orden, como fue don Manuel, o podrían alcanzar la altura enorme, que doña Virginia alcanzó, y que ha superado el nieto?

Vimos a Manolo, hace un par de años, inquieto, fisgoneando en otro teatro, husmeando, cómo se iniciaba uno de sus hijos, el que lleva el nombre de pila de la mamá, y que daba lejos del nido los primeros aleteos. Otro hijo, Manolo III, ha escogido otra actividad dentro de la vida teatral, y es eficaz iluminador y productor experto, y una hija, tan bella como su tía Virginia, ha debutado ya en papeles de dama joven cantante, y lo ha hecho bien ¿qué porvenir espera a Rafael? Pudo su padre ver muy claramente, porque sabe de eso, y porque leyó y escuchó críticas, que Rafael estuvo estupendo en sus primeros pinitos, allá en casa de Susana Alexander, en la Alianza Francesa; hizo varios papeles, en un par de obras, y mostró talento, dedicación, vocación y aptitudes; no sólo apareció como un actor estudioso y serio, sino mostró tener una cosa que si no se tiene, más vale pensar en otro oficio; ángel, gracia, el don de caerle bien al público, de transmitirle sus emociones, de apoderarse de su interés.

Cuando estuvo seguro de que no le haría un mal, sino un bien, empujándolo por la carrera teatral, Manolo lo hizo; pero no con tibieza, no con estreñimiento ni desgana, sino por todo lo alto: escogió una obra en el catálogo mundial, que le fuese bien, en que llevase el papel estelar; conjuntó un excelente reparto para rodearlo; y él mismo tomó uno de los papeles, para fortalecer ese reparto y solidificarlo, y para estar cerca de su hijo y apoyarlo no sólo con su nombre, sino con su presencia física, con su aliento en cada instante, en cada escena; y, él, tan vanidoso (tiene por qué serlo) aceptó de su hijo lo que no habría aceptado de nadie más; que tomara el centro, y la última entrada, en el momento de los aplausos. Y lo dirigió con sabiduría y con cariño. Más, no podría hacerse. Comparen ustedes esto con lo de María Félix, que ni siquiera se toma la molestia de asistir a los homenajes a su hijo, que si se ha hecho un gran actor, nunca nadie podrá decirle que fue con apoyo de su famosa madre.

Qué gran satisfacción, muy superior a la de su propio triunfo (al que ya está acostumbrado) habrá sido para Manolo la noche del estreno de El hombre elefante ver triunfar en grande, ante el todo México de los estrenos de Fela, que son los mejores de este país, a Rafael, ya seguro de que triunfaría, porque lo vio en la Madre judía y en la otra obra con que hizo, con calificaciones tan brillantes, su preparatoria, o su campaña novilleril, como quieran ustedes llamarla; y si la llaman del segundo modo ¡qué alternativa tan espectacular, tan deslumbrante, la que la de las manos de su propio padre recibió el que ya no es, de hoy en adelante, ni el hijo de Manolo, ni el bisnieto de doña Virginia, sino el gran actor, por su propio derecho y con su propio nombre, Rafael Sánchez Navarro y Salinas! Y qué bello y qué ejemplar el que en su gran triunfo teatral haya estado presente su padre, dándole la mano, empujándolo, y quedándose él, con toda su grandeza, un paso atrás, a la hora de las finales ovaciones.

Como actor, esta vez, Manolo está muy bien, como no podía menos que esperarse; pero lo hemos visto brillar más en otros papeles más centrales (el de Higgins, por ejemplo, ya que en El rey y yo nosotros no lo vimos, sino sólo los neoyorquinos); como director... habría mucho que discutir; es cierto que es un gran triunfo suyo la actuación de su hijo, y de la estupenda Adriana Roel, y la suya propia, y que supo lograr que se diera intención inteligente a los diálogos que la tienen, que no se perdiera ninguna luz de ingenio de las que chisporrotean a lo largo de la pieza; pero también tenemos nuestras razones para dudar en atribuirle a él hallazgos en la dirección que tal vez no hizo sino copiar de algún director previo, pues así suele hacer con obras que ven en otra parte y que reproduce con fidelidad. Hay copistas que merecen elogios como Pacheco, el que copió Las hilanderas y La fragua de Vulcano, de Velázquez; pero nunca serán esos aplausos tan fuertes como los que ganan los autores, en este caso los directores, originales; en cuanto a Manolo productor, bien presentó, vistió la obra, la iluminó (con ayuda de su hijo Manuel) y supo conjuntar un buen reparto, no demasiado brillante, como para que más luzca la estrella, a la que sólo dos artistas de categoría suprema puso al lado. Como empresario, no tocó al crítico opinar, sino al público que dará o no dará (claro que sí las dará) las grandes y prolongadas entradas.

Pero no nada más de Manolo hemos de hablar, o de su hijo, que está notabilísimo de emoción, de ternura, de proyección, de simpatía personal, además de resolver los problemas de mecánica y de enunciación que su personaje le propone; en su exterioridad, lo hace perfectamente pero en su vida interior, en su llama, lo hace todavía mejor. Ni nada más hablaremos de la brillantez con que una vez más la habilísima y encantadora Fela supo orquestar la función de estreno, modelo, como todas ellas en las que interviene, de organización; también tendremos que añadir unas palabras acerca de la obra, de Bernard Pomerance, que tiene novedad, enfoque original, tono propio, y que está salpicada de diálogos ingeniosos, de frases felices, que por fortuna los excelentes actores hacen notar y lucir; y diremos que la traducción, de Delgado Fresán y Sánchez Navarro, es ágil, limpia, sabrosa y excelente; y que la sombría escenografía de Toño López Mancera crea el clima adecuado, que el vestuario es apropiado y elegante, que la iluminación es admirable, que es un acierto el acompañar con viñetas musicales los goznes entre una escena y otra, y que el chelista J. Óscar Reynoso estuvo excelente; que entre las segundas partes, aunque en otro plano muy diferente del de la excelencia en que están Manolo, su hijo, y Adriana Roel, deliciosa en todas sus escenas, llenan muy bien su cometido Guillermo Zarur, Martha Zamora, algo gris y tibia. Alfredo Sevilla, un tanto enfático, y Óscar Traven, que tendrá que aprender que los mismos zapatos no le sirven para Lord John y un pobre afanador de hospital.

Seguro que todos ustedes que leen esto van a ver El hombre elefante, aun los que tengan que venir desde una lejana provincia para ello. Ustedes se formarán sus propias opiniones, sobre obra, director y actuaciones; sólo hemos querido dejar aquí, para la historia, la ficha de esta fecha, nuestras propias emociones de esa noche de estreno, conmovedora e impresionante revelación de un nuevo actor que se sostendrá durante los próximos 50 años del prestigio de su familia que comenzó a conquistarlo desde el siglo pasado, y qué pronto entrará en su siglo de sostenido éxito.