FICHA TÉCNICA



Título obra Las alas sin sombra

Autoría Héctor Azar

Elenco Octavio Galindo, Miguel Maciá, Luis Gimeno, Mario García González, Virginia Manzano, José Alonso, Miguel Ángel Infante, Yolanda Mérida

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las alas sin sombra de Héctor Azar]”, en Siempre!, 7 enero 1981.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de enero de 1981

Columna Teatro

Las alas sin sombra de Héctor Azar

Rafael Solana

Por un par de días, o muy poco más, ha representado la Compañía Nacional de Teatro la obra de Héctor Azar Las alas sin sombra o La historia de Víctor Rey(1), sin duda con el propósito de hacerla caber en su programa del año que ya termina, aunque la verdadera temporada de esta obra comenzará el 16 de enero. Se trata de una pieza muy importante, sin duda la más seria y la más ambiciosa de cuantas producciones nacionales haya montado en 1980 esa compañía.

No entiende Azar el teatro como una diversión ligera o intrascendente; él no hace teatro ni para divertirse él ni para divertir a los espectadores; se ha trazado un plan grandioso, de amplísimo vuelo, y ha acometido su ejecución con la maestría de que lo hacen dueño sus ya muchos años de experiencia como autor, como director y como catedrático. Las alas sin sombra entra a figurar no entre las mejores obras mexicanas del año, sino entre las más importantes y significativas de todos los tiempos.

Si tendrá éxito de público o no, es cosa que no puede aventurarse; el del Bosque es un teatro muy vasto, que requiere de un público copioso para sostener sus gastos, especialmente cuando se trata de una obra que lleva una compañía numerosísima; pero como no se trata de hacer negocio, de seguro la obra se sostendrá, y dará oportunidad para que la gente culta, los estudiantes y los estudiosos, los profesionales universitarios, y en general la gente de cultura superior a la media vayan a conocerla, a meditar sobre ella, a reflexionar acerca de las enseñanzas que contiene; desde luego, divertida, en el sentido de ligera o entretenida, no es; su dimensión es otra: es profunda, no superficial, y no es ligera, sino pesada; pero eso, que desde un punto de vista frívolo sería un defecto, en realidad es un mérito, pues significa consistencia, solidez, trascendencia, autoridad.

Nada menos que toda la historia de México examina y enjuicia Azar en esta obra, como otros autores (en Ubu Roi, o en La piel de nuestros dientes, por poner dos ejemplos) han examinado la historia del mundo, o como en Arturo Ui y en otras de sus piezas Brecht contó la historia reciente de su patria; en cierto sentido, podría decirse que también esto intentó Willebaldo López en su Malinche Show, pero la obra de Azar es más seria, más honda que la de Willebaldo, y carece de algunas de las chabacanerías que López dejó que se deslizasen en la suya.

Como fue Azar mismo quien dirigió no pueden atribuirse a nadie más ciertos descuidos de lenguaje; tal vez las actrices no memorizaron bien líneas originalmente bien escritas, pero Azar, como director, al mismo tiempo, debió reparar en estas erratas, y corregirlas; no son, por fortuna, de mucha importancia, ni afectan el sentido de los textos.

Tiene la obra 71 personajes, que hacen unos 50 o 60 actores, pues algunos doblan. Con este reparto amplísimo una compañía normal habría salido del paso llevando una sola estrella, para el papel de Víctor Rey, y dando los demás papeles a estudiantes o artistas; la Compañía Nacional de Teatro ha echado la casa por la ventana y ha puesto a estrellas hasta en papeles mínimos de una sola escena; a Meche Pascual le dieron un soneto fuera de texto para que algo se dejara oír, pues únicamente había figurado en un coro. Luis Gimeno tiene una sola escena, una pequeñísima Jorg Fink, una Yolanda Mérida, y poco menos que lo mismo les pasa a José Alonso, a Mario García González, al excelente Miguel Maciá, a Bribiesca, a Goméz Checa, a Casarín, a Virginia Manzano, todos ellos estrellas. El único personaje algo constante es Octavio Galindo; en los demás cabe elogiar las voces, o las entonaciones, pero no pueden dar vida a personajes que son sólo sombras, viñetas, instantes; esto, el no tener vitalidad propia los personajes, sino ser sólo máscaras en la gran mascarada histórica, es otra de las características de la pieza, y, medidos con cierto metro, podrían ser llamados incorpóreos o temblorosos esos personajes; pero no es falta del autor, sino que se propuso así escribirlos, fugaces y espectrales, como las sombras que Ulises hizo salir de los infiernos, y que no tenían sangre, ni huesos, sino solamente apariencia.

Desde un punto de vista sociológico, y aun filosófico, la importancia de la pieza es inmensa; es una gran llamada a juicio a toda la historia de México, desde antes de Cortés hasta después de don Porfirio; se emiten juicios interesantísimos, que no captará íntegros el espectador poco avezado (la obra debe ser vista por lo menos tres o cuatro veces para ser siquiera medianamente comprendida; vista por vez primera, apenas deja impresiones, de grandiosidad, es cierto, pero no cabe inteligencia en todas sus implicaciones).

Grandes han sido los aciertos de Azar como director, además de los que como autor se anota. Ha ideado poner como telones de fondo reproducciones, excelentemente hechas por Felipe Pons, de ocho muy bellos cuadros de Rufino Tamayo, y como música ha utilizado una muy moderna, de Lan Adomián, que Carlos Chávez dirigió a la Orquesta de la Radio y de la Televisión Francesas; el vestuario, supervisado por Carlitos Pellicer López (es la primera vez que vemos el nombre de este pintor relacionado con el teatro; ojalá se quede en el ambiente) es teatral, y de seguro muy costoso.

De entre medio centenar de actores y actrices permítasenos mencionar sólo a quienes aprovecharon la pequeñísima oportunidad que se les dio para brillar. Octavio Galindo tiene el único papel permanente; mucho tienen que hacer para lucir en sus intervenciones fugaces Miguel Maciá, Luis Gimeno, Mario García González, Virginia Manzano, José Alonso. Con muy buena voz canta Miguel Ángel Infante, Yolanda Mérida más bien baila que actúa.

Antes de ir a ver esta obra el espectador debe examinarse a sí mismo, y confesarse sinceramente si se encuentra digno de ella; porque si no lo es, más valdrá que no vaya a aburrirse y a desesperarse; entenderá poco y no se divertirá nada. El que esté a la altura, en cambio, irá varias veces, pues bien se dará cuenta de que no basta una sola para digerirla.


Notas

1. La obra se estrenó el 12 de diciembre de 1980 en el teatro del Bosque. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.