FICHA TÉCNICA



Elenco Mariemma

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Notas Comentarios del autor sobre la jota, danza española

Referencia Armando de Maria y Campos, “Mariemma y la danza española, en el Bellas Artes”, en Novedades, 22 abril 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Mariemma y la danza española, en el Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

Vuelvo a medianoche, después de haber visto bailar durante dos horas a Mariemma, joven y ya cuajada gran danzarina española, que baila como Antonia, la "Argentina", acompañándose con las castañuelas; con piano y guitarra, y aún no dejo de escuchar el repiqueteo de los palillos, con un "toque" ligeramente apagado –oh, maravillosa, única e inolvidable claridad cristalina la de los palillos de la Mercé–; la diafanidad con que ejecuta al pianista Luzuriaga, ni se acaban de escapar de la retina las actitudes –gracia y color, agilidad y freno, ritmo y cadencia– de la moza bailarina, que ha bailado, muy andaluza, un "polo" por bulerías, y ha resucitado sin limpiarle el polvo venerable de su aire clásico un "bolero" del 800...

Quito a la Smith Premier su capuchón de hule, y, antes de empezar a teclear, el recuerdo brillante aún en las retinas, el eco rumoreando en el oído, divago... Si es verdad, como dice Lope de Vega, que es la danza el alma de la hermosura, pocas almas serían tan bellas como la española. En efecto, no sería tarea fácil encontrar un pueblo que sienta la plástica del ritmo como el español.

Todavía nos llega vívida, a través de epístolas y escritos varios, la encendida admiración de Roma antigua por el baile hispánico, por aquellas danzarinas de Gades, finas, menudas, nerviosas y picantes –así es Mariemma– como granitos de mostaza que sazonaban los festines, y cuyo cadenciar de córtalos abría, con la vibración de su chisporroteo, menudos surcos en la piel, por la que se adentraba la gracia hispánica hasta el fondo de la degustación voluptuosa, en la que fueron maestros los patricios romanos, cazadores infatigables de emociones erótico-estéticas.

Pero, dejando a un lado la época remota de las "dancerías", envueltas todavía en la atrayente neblina de las suposiciones y conjeturas, fijo la evocación que me sugiere Mariemma, nueva gran bailarina española que baila danzas populares de Andalucía –el "polo" y el "bolero" hijo de las seguidilla; de Vasconia, un ágil fandango, por cierto muy femeninamente vestida de hombre, el arin-arin, la espatadanza; la jota que compuso Bretón sobre añejos temas populares, porque

la jota nació en Valencia,
y de allí pasó a Aragón;
Calatayud fue su cuna
a la orilla del Jalón...

¡La jota!... ¡Qué jota insuperable la de Antonia Merce!... ¡Qué jota inolvidable la de Encarnación López! ¡Qué jota tan juvenil y traviesa, himno bailado de Aragón ésta que hace una cuantas horas nos ha danzado en el solemne escenario del Bellas Artes Mariemma! Todas distintas, y la misma cálida, vibrante y sana, esa que como canta la copla:

Desde el reino de Valencia,
hasta el reino de Aragón,
no hay más jota que mi jota,
que es la que cantó Aben Jot;

y que después pasearon por todo el mundo Antonia y Encarna, y que ahora refrenda Mariemma, nacida en un recóndito pueblo castellano de la provincia de Valladolid, llamado Iscar, pero bailarina española míresele por el costado que se le mire...

Baila, también, Mariemma, una jota llamada "del albate", popular –y Luzuriaga toca al piano una jota navarra, de Larregla–, pero la verdad no hay más jota que la que se apoya en la copla que cantó hacia el siglo XII el árabe valenciano Aben Jot, que dio su nombre a la tonada. Valenciana y navarra la jota, no tiene en parte alguna tantas variantes ni tan diversos estilos como en Aragón –de aragonesas visten todas las que la bailan como Dios manda–, desde la jota de Utebo y de Alcañiz, y la zaragozana pura, hasta la de Fuentes, la Ansotana, la de Puntales, la Femetera y la de Cinco Villas, y cien más; pero en parte algunas, según me cuentan, se baila tan saltada e impetuosa como a orillas del Ebro, que es como se me antoja que la baila Mariemma.

La Virgen del Pilar me tenga de su mano, que son tantas las cosas que me está recordando la jota magnífica de Mariemma, que no dormiré en paz esta noche si no las dejo un poco olvidadas en esta cuartilla de periódico,. ¿Qué musicólogo erudito afirmó que la jota es hermana del fandango y que ambos provienen directamente de un baile gitano?... Del origen nada se puede asegurar, pero del parentesco, por el ritmo y el compás de tres por ocho, no duda el oído en hallar grandes similitudes entre el aire de cierta jota aragonesa y el "cante" llamado de Levante, y, sobre todo, en el "fandanguillo" y en la "media granaína". Jotas se llaman también –jota de tierra llana, jota castellana– a ciertas tonadas del mismo compás trinario que se cantan y bailan en Toledo y Talavera, y si el oído aguza su recuerdo, en el "pericón", en la "chacarera", en la "zamba argentina", en el "joropo" de Venezuela, en la "cueca" chilena, en la "marinera" peruana, hasta en los "bambucos" y "pasillos" de Colombia, hay siempre un aire, un dejo muy marcado de jota, y de jota aragonesa. Y nuestro "jarabe" ¿no será también hijo o nieto de la jota? Viendo bailar a Mariemma el "bolero" clásico, el musicólogo mexicano Baqueiro Fóster me decía: –De allí, de allí viene nuestro "jarabe". Yo lo legitimaría como descendiente de la jota de Aragón... Las cadencias melancólicas, las reminiscencias africanas del cante flamenco, se aclimataron mejor en Cuba...

Un tropel alegre de danzas y de bailes, dándose de pies y manos, bautizados con los remoquetes más extraños y pintorescos, que denota la despreocupada fantasía de los bailarines y autores de España, que no eran mancos en echar motes, pasó a América desde el siglo XVI. Con ruidoso golpear de talones en las cubiertas de los barcos que cruzaban el mar rumbo a las Indias, ya en pleno XVII, mórbidos balanceos de caderas, frágil guirnalda de brazos, cuando no estallidos de detonantes zapatetas, llegó a América –subió al tabladillo virreinal–, en bulliciosa algazara, el desfile de tanta y tanta: "Avillipinta", "el Carcañal", "la Gibadina", "la Guaracha", "Paradetas" y "Marizápalos", "Vacas" y "Retambicos"; qué se yo cuántas más...

Ahora, en este mundo que se nos ha quedado tan pequeño que se recorre en horas, con las distancias reducidas por el avión, los bailes de España se posan sobre los universales pétalos de la rosa de los vientos. No viajan sin documentación; llevan en regla sus papeles musicales: Albéniz, Turina, Bretón, Falla, Chueca, padres adoptivos de ese hijo de todos los pueblos ibéricos –al fin, hijo de España–, que es el baile "popular"...

Trae estos "papeles" en su documentación personal, una fina y graciosa, musical y armoniosa bailarina, que toca muy bien los palillos como las bailarinas de Cádiz que admiraron Grecia y Roma, que se nombra Mariemma.