FICHA TÉCNICA



Título obra El estupenhombre

Autoría Antonio González Caballero

Dirección Julio Castillo

Elenco Alfredo Sevilla, Bárbara Córcega, Lourdes Villarreal, Luis Torner, Verónica Langer, Josafat Luna

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El estupenhombre de Antonio González Caballero]”, en Siempre!, 17 septiembre 1980.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de septiembre de 1980

Columna Teatro

El estupenhombre de Antonio González Caballero

Rafael Solana

Quienes constantemente insistimos, y hemos de seguir haciendo, en que no podrá hablarse con propiedad de teatro mexicano (será teatro en México, lo que es distinto) mientras no se impulse a los autores nacionales, nos tiramos con frecuencia la plancha de que el teatro nacional que se estrena o sea muy malo (y en muchos casos fusilado de vodeviles franceses rancios) o, cuando no lo es tanto, se vea desairado por el público, que se desinteresa de él y no lo sostiene, mientras con entusiasmo patrocina medianos refritos de piezas traducidas y adaptadas, a las que fácilmente hace centenarias.

Una de las instituciones que deben considerar su deber el impulsar el teatro de autores mexicanos es la Universidad (las otras, que son Bellas Artes y Teatro de la Nación, no lo hacen ni por asomo). Ahora lo intenta en su teatro de la avenida Chapultepec, que por un tiempo se llamó Arcos-Caracol, que es uno de los muchos que tiene, y donde sabemos que una obra de José Luis Alcaraz acaba de tener un gran éxito. También hay obras mexicanas en el teatro de Arquitectura, en el Juan Ruiz de Alarcón, y en otros locales universitarios, lo que constituye un gran acierto de las autoridades teatrales de la UNAM.

La obra que hoy comentamos con admiración y entusiasmo es El estupenhombre, de un autor, guanajuatense, a quien hemos aplaudido vivamente desde que le conocimos, en Señoritas a disgusto, hasta su pieza más reciente, La noches de los sin calzones, pasando por piezas tan excelentes como El medio pelo, Una pura y dos con sal, el melodrama Nilo, mi hijo, y varias más, entre las cuales Una reverenda madre; que también tiene otro título menos agresivo.

Tal vez piensen ustedes que en una obra en que se determina un 10% de Nicolás Evreinoff, un 15 de Maruxa Vilata, un 17 de Eugenio Ionesco, un 20 de Bertolt Brecht y un cuatro de Elena Garro queda muy poco espacio para descubrir a González Caballero; pero se produce un fenómeno como el que observamos cuando a un vaso medio lleno de azúcar todavía le cabe, sin que se derrame, la medida de un vaso de agua. Cierto que el González Caballero que vemos esta vez no es el de ninguna de sus obras anteriores, sino uno por completo nuevo, de estreno, que ha cambiado de piel por entero; uno que leyó Entre los bastidores del alma, y que conoce Cuestión de narices y El alma buena de Sezúan y Rinocerontes muchas piezas más del teatro moderno, y no desdeña enriquecer su estilo con todas las que hace 20 o 40 años fueron grandes novedades (como la gran pluralidad de personajes y la incerteza del lugar) pero que no las copia, sino las asimila, y nos da la impresión de haberlas hecho necesarias. Le resulta una pieza algo difícil de seguir, porque, no habiendo tiempo de que cambien por completo de maquillaje, o siquiera de zapatos, a veces no vemos si estamos frente a un personaje ya conocido o ante uno nuevo, si podemos identificar a una mujer en la época en que era joven en los años en que era viejo, no nos damos muy claramente cuenta de si también aparece cuando estaba a medio camino, y, en ese caso, qué actriz la hace, si la primera o la segunda. Seguramente es obra que habrá que ir a ver dos o tres veces, y con mucha atención, para sacarle todo el su provecho. Pero además de ser magnífica la obra (por momento, nuestra candidata a la mejor mexicana del año) es también deslumbrante la dirección, del inquieto y atrevido Julio Castillo; la acción es un vértigo, las caracterizaciones, sobre todo por voces, de los diversos personajes (como cada actor hace varios, para dar la confusión hay que subrayar mucho, caricaturescamente, los perfiles de cada uno) y las entonaciones son ricas, orquestadas en una forma de gran colorido y de amplia escala. La obra es en el fondo romántica, y tras de los disfraces carnavalescos de sus personajes absurdos el autor hace confesiones personales muy sentidas y muy hondas (eso lo vemos, por ejemplo, en el personaje impresionante del abuelo que es macho mexicano típico); tiene tanto meollo el problema psicológico de la quimera, del aferrarse a recuerdos sin percibir los cambios que el tiempo produce, que sería inútil intentar dar en breves líneas idea de ello; hay que ver la obra; y cada vez que se le vea, se descubrirán en ella nuevos y más profundos alcances.

Poco hay que decir de la escenografía, o de la música, o del vestuario; sólo que existen; pero de los actores... habría que dedicar una página a cada uno, tan excelentes nos han parecido todos; el que nos resulta más conocido, un hallazgo de la Universidad Veracruzana, es don Alfredo Sevilla, que lleva el personaje titular, y que está insuperable; el rostro que reconocimos (por el parecido notable con su bellísima madre) fue el de la linda Bárbara Córcega; pero ¿como callar otros nombres, que si hoy son nuevos, tal vez vayan siendo conocidos poco a poco? Los de Lourdes Villarreal, Luis Torner, Verónica Langer, Josafat Luna... todos... ¿quién es el que está mejor, y en cuál de sus papeles?

Vea ustedes, sin falta, El estupenhombre; y no una sola sino varias veces.