FICHA TÉCNICA



Título obra El luto embellece a Electra

Autoría Eugenio O’Neill

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Maricruz Olivier, María Teresa Rivas, Carlos Bracho, Sergio Kleiner, Lupita Lara, Jaime Garza

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El luto embellece a Electra de Eugenio O’Neill, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 9 julio 1980.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de julio de 1980

Columna Teatro

El luto embellece a Electra de Eugenio O’Neill, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

¿Y por qué O'Neill? No se trata de ningún centenario, ni de algún otro motivo especial de recordación. Don Eugenio fue una importante figura dentro del teatro de un país... que no tenía teatro (después lo ha tenido, y hay cuatro o cinco autores más interesantes). Se honra a O’Neill, en Estados Unidos, como lo mejorcito de cuando no había nada (como a Sargent o a Pollock entre los pintores, ya que no hay un Velázquez ni un Picasso; a Emerson entre los filósofos, ya que no hay un Platón, un Kant, un Spinoza ni un Descartes; a Gershwin y a Copland entre los músicos, pues no hay ni un Mozart, ni un Beethoven, ni un Verdi, ni un Wagner); aquí, cada cierto tiempo, se pone alguna obra de O’Neill, hasta poder decirse que las conocemos casi todas. Ninguna ha gustado ni ha tenido éxito jamás. Son de granito, pesadísimas, y más amargas que el simonillo; si hay alguna excepción, esa no la conocemos.

Mourning becomes Electra, flojamente traducido como El luto embellece a Electra, aunque el verbo "to become" nada tiene que ver con la belleza (A Electra le sienta; o le va, el luto, han sido las versiones que otros traductores han dado, y que parecen más acertadas) es, como otras obras de O’Neill, larguísima, dura y áspera; tuvo don Eugenio tragedias familiares, y consideró necesario hacer a sus lectores y a sus espectadores partícipes de ellas; nos convida cucharadas del acíbar que le tocó saborear; no se lo agradecemos.

No se dirá que falta al público teatral mexicano educación clásica; a los griegos los tenemos en la cartelera constantemente; a una tragedia griega auténtica, Las bacantes, se la ve con interés y admiración, más que agrado, aunque hay en ella un sangriento filicidio y otras barbaridades; la versión mexicana de otra, Prometeo, arranca risotadas soeces, y divierte por pocos minutos con los cohetes chicos de sus vocablos salaces; por allá mismo hay también una nueva Casandra; y hace muy poco vimos una versión sudamericana de Medea que a pesar de estar excelentemente puesta, y actuada con la mayor brillantez, no logró atraer al público en la medida en que sus gastos lo hacían necesario; ahora vemos la adaptación norteamericana de La Orestíada, y no nos atrevemos a vaticinar cuál irá a ser la acogida que le dé el gran público popular, si bien la que le dispensó el auditorio culto del día del estreno fue muy entusiasta(1).

El primer asombro lo provoca la escenografía monumental que construyó David Antón, y que recuerda más las grandes mansiones del sur, de Estados Unidos, o, mejor dicho, de los estados del sur, que la de los del norte; pudimos observar, sin embargo, una errata en ella; a un caserón gigantesco, con seis columnas enormes al frente, mayores que las de la casa de Lo que el viento se llevó (reproducida en una colonia residencial de la cuidad de Monterrey por la familia Canavatti) le puso una puertecita de zaquizamí, muy barata, y no sólo sin aldabón, sino hasta sin cerradura; es un desliz de poca monta, pero no debió de írsele al más activo y respetado de nuestros escenógrafos.

La dirección de Dimitrios Sarrás nos gustó menos que otras suyas, por lo que tiene de sostenida y de tensa. Los artistas, especialmente Maricruz Olivier y María Teresa Rivas, hacen un trabajo eminente, notable, aunque no simpático, pues sus personajes son duros y trágicos. También se hacen aplaudir Carlos Bracho, Sergio Kleiner, Lupita Lara, y Jaime Garza.


Notas

1. El 20 de junio en el teatro Hidalgo. P. de m. A: Mónica Serna.