FICHA TÉCNICA



Título obra La noche de los sin calzones

Autoría Antonio González Caballero

Dirección Arturo Viveros

Elenco Patricia Reyes Spíndola, Valentina Hernández, Eric del Castillo, Bárbara Gil, Ana Gloria Blanch, Edmundo Baraona

Espacios teatrales Teatro Tepeyac

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La noche de los sin calzones de Antonio González Caballero]”, en Siempre!, 26 marzo 1980.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   26 de marzo de 1980

Columna Teatro

La noche de los sin calzones de Antonio González Caballero

Rafael Solana

Faltó una Fela Fábregas, una María Elena Martínez Tamayo, una Pili Colín, una Gloria Luz González o un Pedro Armando Martínez para organizar la función de estreno de La noche de los sin calzones, de don Antonio González Caballero, que subió a escena con medio teatro Tepeyac vacío, en un ambiente, al levantarse el telón, de frialdad y casi de indiferencia. El estreno de una nueva obra de este autor debería causar sensación, pues se trata sin duda de uno de los tres o cuatro mejores de México. Apenas dos noches antes, para el estreno de Willebaldo López, la sala se había visto a reventar, en el teatro 5 de Diciembre.

Aquellos pocos que allí estuvimos, no más de ciento cincuenta o doscientos, tuvimos que rompernos las manos y que multiplicar nuestros bravos y nuestros vivas para dar a la ovación una intensidad a tono con el merecimiento de la obra y de su representación; la comedia es estupenda, y la labor del director y la de los actores, formidables.

Se sale un poco de la línea de González Caballero, que había en otras ocasiones representado a gente provinciana de clase media; esta vez el protagonista no tiene zapatos (también hay quien carezca de la prenda íntima mencionada en el título) y no sabe ni leer ni escribir, y se tiene la impresión de que los demás personajes del reparto no disfrutan de un nivel académico muy superior a ese.

Pero este "pata rajada", no tiene el tinte de los que hemos visto en otras obras, de tipo revolucionario; el espíritu de comedia campea en la pieza, y hace de los dos cuadros del primer acto una absoluta delicia, que mantiene al público en una desbordada hilaridad; superstición e ignorancia, hijas de la falta de educación, más que de debilidad mental de los personajes, nos llevan a recordar una obra maestra de nuestro teatro, Los prodigiosos, de Hugo Argüelles; pero también hay poesía y ternura en algunos de ellos, con lo que evocamos otra obra no menos excelente, aunque menos famosa, también de autor nacional: El cielo prometido, de Jorge A. Villaseñor; hay ingenuidad, sencillez, pero, sobre, todo, analfabetismo, en esos personajes, cuyas pasiones nos hacen primero reír, como en el mejor Molière, pero más tarde entristeceremos o apiadarnos de ellos, compadecerlos. Como en otras obras suyas, don Antonio sabe dar en ésta ese giro, ese salto mortal, que la lleva de la comedia desbocada, al sainete hilarante que es el primer acto, a la pieza más formal, más hecha, más seria que es el segundo, sin que el público pierda un ápice de su interés ni de su delicia.

Lo que parecía ser una mera pieza costumbrista, un cuadro de caracteres cómicos, se vuelve, ante nuestros ojos, una féerie, con personajes extraños, inexplicados e inexplicables, que se quedan flotando en el ambiente, inquietándonos; no son sólo embaucadores, explotadores del ignorante, sino tienen algo de mágico, de sobrenaturales; con un extraordinario talento la actriz Patricia Reyes Spíndola sabe dar esta dualidad, creando un personaje mitad diabólico y mitad de hada, cada una de esas mitades a su vez con una mitad terrena, de sensualidad y latrocinio vulgares, y otra mágica.

La primera sorpresa de la noche nos la proporcionó la soberbia actuación de una actriz a quien no conocíamos, Valentina Hernández, que está impecable, perfecta, en su parte, que tiene mucho de cómico; que esté estupendo Eric del Castillo a nadie puede sorprender, sobre todo si se recuerda que en otra obra de González Caballero, ha tenido el triunfo más grande de su vida; pero puede igualarse aquel el que ahora alcanza en la incorporación de este Judas Tadeo, que no se limita a recitar, sino vive, interior, íntimamente y que tiene más matices que el arco iris; está admirable Eric. Y detrás de él viene Bárbara Gil, que también tiene en su carrera un gran triunfo en otra de González.

Caballero, la portera de Una pura y dos con sal; Bárbara, a nuestro juicio demasido joven y demasiado bella para el personaje, lo dice con tal autoridad y tal encanto que fascina al público, lo encandila y lo encanta. Es buena la actuación, eso en género de sainete, de Ana Gloria Blanch que no va tras los pasos de su recordada abuela. Y redondea el brillante reparto sin desentonar, aunque es quien menos brilla, Edmundo Baraona, a quien no conocíamos, pero quien si bien algo insípido, completa el cuadro de buenos intérpretes.

No es posible dejar de mencionar al director, Arturo Viveros, que no sólo obtuvo gran sentimiento de todo su cuadro de artistas, sino imprimió a la representación un gran ritmo; cierto que lo tiene ya en sí la pieza, en la que el actor, gran conocedor del oficio, no tiene charco alguno, bache ni laguna, ni deja personajes olvidados, ni puntada sin rematar.

Creemos que González Caballero ha enriquecido notablemente en su ya brillante currículo [sic] con esta obra madura y llena de perfecciones, que hace reír como la más afortunada comedia, pero también inquieta y desconcierta con su juego de las pasiones, la ambición, por legítima que sea, la lujuria y su retrato de la ignorancia y la superstición, sin duda algo exagerado, pero muy teatral y eficaz.