FICHA TÉCNICA



Título obra Sacco y Vanzetti

Autoría Mino Roli y Luciano Vicenzoni

Notas de autoría Eleazar Canale / traducción

Dirección Manuel Montoro

Elenco Pilar Souza, María Rojo, Silvia Caos, Ana Ofelia Murguía, Salvador Sánchez, Claudio Obregón, Memo Orea, Claudio Brook, Enrique Muñoz, Juan de la Loza, León Singer, Enrique Gilabert

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Sacco y Vanzetti de Mino Roli y Luciano Vicenzoni, dirige Manuel Montoro]”, en Siempre!, 9 enero 1980.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de enero de 1980

Columna Teatro

Sacco y Vanzetti de Mino Roli y Luciano Vicenzoni, dirige Manuel Montoro

Rafael Solana

Cuatro veces se ha enfrentado el anónimo autor de esta columna a los históricos y simpáticos personajes de Niccola Sacco y Bartolommeo Vanzetti; en 1927, en los diarios, cuando hizo muchísimo ruido su escandaloso juicio, que ningún prestigio trajo al país más poderoso del mundo, y su desastrada muerte, que tan grande indignación causó en una extensa parte del mundo; seis u ocho años después, en el libro, en la lectura de la novela de Nathan Ash 22 de agosto, que es muy buena y tuvo aquí gran difusión en los primeros años treinta; 40 años después, en una película excelente; y ahora en el teatro. No dudamos de que alguna vez los encontremos, en el futuro, en poemas, en ópera, en telenovela, en fotonovela, o en alguna otra forma del arte; además de, por supuesto, en la historia.

La obra teatral nos parece algo anticuada(1); no será muy fresca, pues la tradujo el licenciado Eleazar Canale, que hace tiempo que abandonó el mundo de los vivos; su división en tres actos es ya obsoleta, y sus escenas de juicios, que estuvieron de moda en tiempos de El proceso de Mary Dugan y de Testigo de cargo, hasta los de El caso Oppenheimer, nos resultan ya hoy fatigosas y carentes de novedades; se prestan a que escuchemos discursos, del fiscal, del defensor, de los acusados, y por eso siguen gustando a los directores y a los actores, pero al público ya no tanto. Los autores de la pieza son Mino Roli y Luciano Vincenzoni; tienen escenas que no tuvo la película; pero, en cambio, carecen de una que en la cinta era capital: la explicación que da el gobernador del Estado a los reos, o a uno de ellos, acerca de las razones por las que se ve obligado a ejecutarlos; era tan convincente esa escena que no tenían las inocentes víctimas sino que bajar la cabeza y resignarse; sucumbían atropelladas por un sistema imparable; no por uno o dos errores judiciales que hubiera sido posible reparar; esta escena se echa de menos en la pieza teatral, y hace más relevante el filme.

Una vez más Manuel Montoro se ha cubierto de gloria en la dirección de esta obra, con la que no sería raro que entrara en la terna por el premio al mejor director, aunque ese no pensamos que pueda perderlo Pepe Solé por Así en la tierra como en el cielo; y Guillermo Barclay a su vez deberá entrar en la de escenografía, al lado de José Méndez y de Alejandro Luna, el de la Historia de aviación. Memo ha consumado prodigios para hacer caber, sólo Dios sabe a qué costo, una gran pluralidad de escenografías en un espacio pequeñísimo; si el premio es de ingenio, de oficio, de labor, se lo llevará Guillermo; pero si es de belleza, son muy fuertes sus dos competidores mencionados, entres los cuales nos inclinaríamos por el de Así en la tierra como en el cielo.

Hizo notar Montoro, en una breve homilía, que la casualidad lo ayudó en esta ocasión a hallar prestigiosísimos intérpretes para muchos de los papeles, ya que se encuentran en el destierro varios artistas ilustres que, en tiempos normales, no habrían aceptado papeles pequeños, como lo aceptaron Pilar Souza, María Rojo, Silvia Caos y la propia Ana Ofelia Murguía, que estrenaba Ariel (se lo llevaron al teatro) la noche de la primera representación de la obra. La pieza contiene cuatro o cinco papeles estelares, todos masculinos; los de Salvador Sánchez y Claudio Obregón, titulares, con pocas escenas de lucimiento y muchas de acompañamiento; el de juez, que hace estupendamente Memo Orea, y los de fiscal y defensor, a nuestro juicio muy parecido en importancia, por lo que no creemos justo que se destaque más a Claudio Brook (aunque ciertamente tiene más nombre y un historial de mayor prestigio) que a Enrique Muñoz que es menos famoso, pero no está menos bien. De entre quienes personifican las segundas partes se destacan Juan de la Loza, León Singer y Enrique Gilabert, que se encarga de tres papeles pequeños.

Los personajes son muy nobles, se ganan la simpatía del público y lo conmueven con sus discursos; el villano, aunque aparentemente es el fiscal, y, en segundo término, el juez viene en realidad a ser todo el país en el que los dos anarquistas italianos fueron condenados a la pena de muerte, a la que finalmente llegaron tras de seis largos años de proceso. No es posible evitar que se sienta, desde las butacas, una cierta antipatía por aquella nación cuya bandera de las barras y las estrellas preside varias de las escenas de la pieza.

Pensamos que el carácter político de la obra se ha descascarado un poco con el paso de los años; han venido nuevos tiempos en los que, por antipático que ese país nos resulte, es de todos modos el que nos queda más próximo, y con el que hemos tenido que estar en contiendas, frías o calientes, contra otros peores; ya el antiyanquismo no es un sentimiento que está de moda explotar; ni el anarquismo despierta ya las simpatías que hace 50 años conquistaba. Los valores que recomiendan la pieza son los teatrales, los artísticos: la buena pieza, la excelente dirección, la admirable escenografía, y las plausibles interpretaciones.


Notas

1. Que se estrenó el 18 de diciembre en el teatro Milán. Nota de Humberto A. Morales, El Día 19 de diciembre de 1980.