FICHA TÉCNICA



Título obra Quiero vivir mi vida

Autoría Julia Guzmán

Dirección José Baviera

Elenco Andrea Palma, Patricia Morán, José María Linares Rivas, José Baviera, Micaela Castejón

Escenografía Jesús Bracho

Notas de escenografía Roberto Galván / realización

Grupos y compañías Compañía de comedias de Andrea Palma

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Armando de Maria y Campos, “Crisis y vitalidad del teatro. Estreno en el Fábregas de la comedia de Julia Guzmán Quiero vivir mi vida, por Andrea Palma”, en Novedades, 15 abril 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Crisis y vitalidad del teatro. Estreno en el Fábregas de la comedia de Julia Guzmán Quiero vivir mi vida,

por Andrea Palma

Armando de Maria y Campos

"Todo acusa una decadencia notoria en nuestro teatro", escribía uno de nuestros escritores de más recia personalidad, el doctor Peredo –el año 1885. "El público se cansa de las viejas formas dramáticas –seguía–: se las sabe de memoria, conoce los resortes como los autores más hábiles, y apenas halla atractivo en las obras que años atrás eran su encanto".

"Es difícil que tengan condiciones de permanencia las obras en que no alienta la misma atmósfera del público que ha de gozarla y para el cual ha sido escrita. No basta que las inspire lo que es perenne e inmutable en la naturaleza humana, pues si las pasiones son siempre las mismas, la expresión de ellas varía con la cultura y las condiciones históricas de los pueblos".

El público se hastía de ese teatro, ayer como hoy sujeto a cuatro o seis temas cómicos o dramáticos –variedades de adulterio o de amores juveniles contrariados–; pero tampoco acepta lo nuevo. Es un contrasentido, pero es así. "Un concepto enteramente nuevo, una situación de evidente originalidad dejan al público frío". Como hoy.

Y es que en el teatro, al contrario de lo que pasa con el libro, en el que se busca al solitario, se habla a la muchedumbre, y, naturalmente, se lleva las de perder. Por eso podía sentar esta afirmación: "El teatro exige no sólo un talento especial, sino también un especial sistema nervioso".

En donde resulta que la decantada decadencia del teatro, la fatiga de sus temas, la frialdad para lo que llaman nuevo, como las reacciones violentas del público de que se habla hoy, era ya viejo hace sesenta y pico de años. Pero, a pesar de todo, el teatro perdura. La vitalidad se la da la caudalosa corriente de la palabra, alta expresión, aliento divino. Con todas sus taras humanas.

Julia Guzmán, novelista mexicana antes que comediógrafa, y, primero que nada, argumentista de cine, lo que da qué temer puesto que sus producciones se enriquecen con los elementos de cada género, pero se rebajan, también, con materiales rebeldes a la mixtura tan frecuente en escritores que abordan tan dispares trabajos, ha estrenado en el teatro Fábregas, a través de una versión escénica de la compañía de comedias de Andrea Palma, su segunda obra de teatro –Quiero vivir mi vida–; la que en realidad es su primera pieza en este campo, porque Divorciadas, comedia estrenada por María Tereza Montoya en ese mismo escenario en 1944, es una adaptación de su afortunada novela titulada como la comedia, que leyeron y vieron los cientos de mujeres mexicanas que se hallaron o se encuentran en ese estado civil, "buscándose", sin encontrarse, en la protagonista. La señora Guzmán es autora de otra novela también afortunada –Nuestros maridos– y de varios argumentos para el cine.

La voz de la calle reconoció en Divorciadas, como también en Nuestros maridos y ahora muy particularmente en Quiero vivir mi vida, temas y ángulos autobiográficos. En el caso de Quiero vivir mi vida reafirma que las cosas ocurrieron en el hogar de la autora –Julia Guzmán es madre de una bella e inquieta actriz en cierne, de nuestro cine: Rita Macedo–, casi exactamente como las representan Andrea Palma, Patricia Morán y José María Linares Rivas. Con lo que se quiere decir que la autora no ha novelado una pieza de teatro, sino que ha arrancado trozos de anécdota de su propia vida, y, trabajados artísticamente, convirtiendo el oro bruto en joyas de lucir, los lanza al mercado intelectual, bellos y ennoblecidos...

Pero todo ello no puede contar sino como antecedente anecdótico. Lo que importa en la comedia, con dos argumentos en vez de uno –los amores a prueba y al final definitivos entre una muchacha "moderna", alocada, y un profesor universitario: la pasión de éste por la madre de su mujer, correspondida, pero reprimida; la forma de exponerlos, conducirlos y resolverlos con indudable intuición de los recursos del teatro, pero no siempre con acierto, tal vez porque Julia Guzmán no dejó madurar su comedia. A la interesante comedia de Julia Guzmán le falta ese punto de madurez indispensable a todas las creaciones que, lanzadas al público, dejan de ser susceptibles de correcciones y retoques posteriores.

La exposición de la trama es larga, y sólo la salva la llegada al hogar de la hija educada lejos, que acaba de desposarse en matrimonio a prueba con un buen hombre que, inmediatamente, se enamora de su suegra. El segundo acto es excelente. Su interés hace la atención del público, que sigue ávido las peripecias de la joven recién casada que quiere vivir su vida y que, para lograrlo, no vacila en pretender sacrificar la nueva vida que late en sus entrañas. Es tan humana la situación, y Julia Guzmán la lleva tan hábilmente, haciendo hablar a todos los personajes sobria y apasionadamente, muy justos en sus réplicas, que cuanto ocurre en la escena es un trozo de vida humana, palpitante, complicada y desgarrante... Vuelve la comedia a deslizarse por cauces y recursos convencionales, durante el tercer acto, dividido en dos cuadros –del que sobra el primero, que pudo haber sido suplido con una simple referencia en el diálogo inicial del segundo cuadro–, para que antes de que caiga el telón los personajes que forman el cuadrilátero que estuvo a punto de convertirse en triángulo, se conformen con vivir la vida, no como hubieran querido vivirla, sino como sus deberes y convicciones y no sus pasiones las ordenan y conducen inexorablemente.

Julia Guzmán maneja indiscutible riqueza de recursos, dialoga con sobriedad y puntería certera, y, a lo que parece, posee suma habilidad para copiar de la realidad. Su Quiero vivir mi vida marca un ascenso en su carrera, y promete óptimos frutos, tan maduros como el elogiable acto segundo, al final del cual recibió un efusivo homenaje del público.

La precipitación y falta de ensayos con que fue presentada esta obra –¿por qué esa falta de paciencia, de escrúpulo, representando a las volandas una interpretación que también requiere un punto de madurez para saborearla?– me impide sustentar un criterio responsable sobre los intérpretes. Bien, hasta donde alcanza su intuición, Patricia Morán en la hija; borrosa, un tanto fuera del personaje, Andrea Palma; sobrio –y lejos de edad– Linares Rivas en el galán enamorado de su suegra. Baviera, el director, más sobrio aún que todos, casi frío, animando con su rancia experiencia teatral la vieja criada respondona, la vieja actriz Micaela Castejón.

La comedia se desarrolla dentro de un magnífico decorado corpóreo –que proyectó Jesús Bracho y realizó Roberto Galván–; y el mobiliario moderno contribuyó a crear un ambiente de buen gusto y distinción a la segunda obra de la temporada dramática de Andrea Palma.