FICHA TÉCNICA



Título obra Pedro Páramo

Autoría Juan Rulfo

Notas de autoría Nancy Cárdenas / adaptación

Dirección Nancy Cárdenas

Elenco Manuel Ojeda, José Carlos Ruiz, Lupita Sandoval, José Roberto Hill, Luis Mercado, Raúl Bóxer, Roberto Olivo, Rubén Calderón, Pilar Pellicer, Patricia Reyes Spíndola, Graciela Nájera, Lucía Pailles, Teresa Mondragón

Escenografía Antonio López Mancera

Música Gerardo Sánchez

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Nancy Cárdenas dirige su propia adaptación de Pedro Páramo, de Juan Rulfo]”, en Siempre!, 22 agosto 1979.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   22 de agosto de 1979

Columna Teatro

Nancy Cárdenas dirige su propia adaptación de Pedro Páramo de Juan Rulfo

Rafael Solana

Debemos confesar que al dirigirnos al teatro Julio Prieto para presenciar el estreno de Pedro Páramo no las teníamos todas con nosotros(1); a la grave preocupación de dónde iríamos a estacionarnos, ahora que la avenida Xola es eje y tiene que descargarlo a uno con un empujón, se agregaba otra mucho más seria, la de cómo habría podido ser adaptada al teatro una obra tan confusa, tan vaga y tan poética como esa narración de Juan Rulfo que cuenta como una de las obras cimeras de la literatura mexicana del siglo XX. Nos amargaba la perspectiva del recuerdo de las dos fracasadas versiones fílmicas que de ella habíamos visto, y nos conturbaba el pensar que el teatro cuenta con menos trucos que el cine para comprender una tarea tan complicada. ¿Cómo íbamos a distinguir cuáles eran las escenas reales y cuáles las fantásticas, cuáles eran meras corporizaciones de murmullos, cuáles recuerdos, cuáles delirios o fantasmas? En la pantalla hay sobreexposiciones, mascarillas, transparencias, sedas, alteraciones angulares, esfumados por desafoco, cambios de tamaño, flotación y mil trucos más, imposibles en el teatro; el cine tiene el muy aceptado recurso que los americanos llaman flash back, los italianos racconto y del que en los tiempos de las películas mudas se decía: “se le reveló”, y para darlo a entender se puede cambiar de velocidad de cámara o pasar a otro color, que antiguamente era sepia, azul o rojo, y ahora sencillamente es negro. ¿De qué valerse en el teatro para esas indicaciones?

La señorita Cárdenas ni sudó ni se acongojó; no le preocupó mucho que el público se confundiera y no supiera por qué Pedro Páramo a veces es adolescente y a veces es hombre maduro, ni por qué Miguel Páramo en algunas escenas está vivo y en otras, anteriores, muerto. Algunos trucos, el del ahorcamiento de Toribio o el de la desaparición de Patricia Reyes Spíndola fueron logrados con la mayor limpieza; el público, algo confundido, sin ver muy claro, siente que está dentro de un clima poético, como el del teatro japonés y percibe los calosfríos de la muerte, que es el personaje principal de la obra. Pocos sabrán decir con claridad de qué se trató, o cómo contar el argumento a sus amigos; pero la fascinación teatral la sufrimos todos. El espectáculo nos emboba, nos trasciende, nos hechiza. A la magia de la obra original se suma el gran talento que ha mostrado Nancy para adaptarla.

Clamoroso es el triunfo de Antonio López Mancera al crear una escenografía grandiosa, monumental, una especie de torre de Babel multifacética, en la que, aunque cada mancha en un costal o cada descascaramiento de un ladrillo están hablando del realismo, hay poesía; y se deja volar la imaginación. También como iluminador muy activo triunfa Toño.

Para Nancy Cárdenas, ésta es, hasta ahora, la obra de su vida. Todo lo que anteriormente ha hecho se achica. Este año la terna de dirección podría ser femenina, pues doña Susana Alexander, doña Martha Luna y doña Maricela Lara también alcanzan la eminencia en esa rama del teatro, antes acaparada por los hombres. Además de la adaptación, muy aproximada al acierto, tiene ella el claro y rotundo de la dirección; maneja tres docenas de personajes, con solamente 25 actores y actrices, y consigue que ninguno de ellos tropiece o se salga de tono; por supuesto, quienes de entre ellos llaman la atención son los que tienen los mejores personajes o los que ya arrastran una carrera y se han hecho un nombre; en el personaje titular volvemos a ver a Manuel Ojeda, que ya lo hizo en la pantalla; este actor, más principalmente cinematográfico, que pronto deslumbrará a los públicos con sus todavía no conocidas películas Las leyendas de Rodrigo, La tía Alejandra, Amor libre, Arenque C y El infierno de todos tan temido, en las últimas de las cuales está eminente tiene un papel breve y seco, de pocas palabras, pero de mucha presencia; impone su gran personalidad. José Carlos Ruiz, un actor consumado, un maestro, hace con mucha medida, sin pasarse, el importante papel de Fulgor Sedano; su cautela, su discreción contrastan con el libre juego de todos sus recursos que puso en la interpretación de Dorotea la actriz Lupita Sandoval; dan ellos dos la temperatura mínima y la máxima, los extremos de mesura y de aspaviento. Por supuesto, las galerías se inclinan a aplaudir a la señorita Sandoval, que las conquista.

Mucho nos gustó José Roberto Hill, que vuelve al teatro con un papel, muy destacado, el de Juan Preciado (damos por supuesto que ustedes recuerdan a los personajes de esta obra cumbre; si no vieron ninguna de las dos películas, de seguro habrán leído el libro); a su lado, en un papel que, por el contrario, acaba mejor que empieza, Luis Mercado también nos ha convencido plenamente; es notable también, a nuestro juicio, el rendimiento de Raúl Bóxer, y nada dejan que desear Roberto Olivo ni Rubén Calderón, que son otros muy conocidos artistas del cine.

Nos causó alguna sorpresa que, siendo una dama la directora, se reduzcan a un segundo término las actuaciones femeninas; aquí se ve más la mano del autor original, que hizo una obra muy viril, que la de la adaptadora; se hace necesario mencionar en primer término a Pilar Pellicer, por su gran prestigio; pero creemos que si, para aligerar la obra (que dura más de dos horas y media) hubiese que cortar algo, lo que resultaría dificilísimo, pues no hay nada que sobre, o casi nada, quizá los más severos cortes habría que hacerlos en el papel de Pilar, algo reiterado; pero en él hay un desnudo integral, que quizá pensó Nancy que en algo avalora la obra; se ve poco, pues es rápido y penumbroso, y ya los menores detalles de la anatomía de doña Pilar están muy memorizados por sus admiradores cinematográficos; ya hemos mencionado a Lupita Sandoval; muy bien está, en un papel breve, Patricia Reyes Spíndola, y bien Chela Nájera; pero sus papeles son de menor vuelo que los masculinos; es largo, y está bien sacado, el de Lucía Pailles; el de Tere Mondragón es breve y lo son también todos los de las otras señoritas y señoras que pasan por la escena apenas unos instantes. La música (hay un guitarrista, Gerardo Sánchez) más bien vulgariza la obra, pues la sitúa en la muy manida y quemada época de la Revolución, con lo que la saca un poco de su clima de poesía; creemos que también en ella podría hacerse algún juicioso corte.

Vimos la noche del estreno, con el teatro Julio Prieto lleno de bote en bote, que el público estaba embobado, siguiendo con la mayor atención la difícil obra, a pesar de sus fatigosas dimensiones; el aplauso nos sonó largo y cálido; y a la salida todos los comentarios eran en el sentido de que Nancy Cárdenas se había apuntado un considerable triunfo al superar notablemente, con su versión escénica, las dos versiones cinematográficas de Pedro Páramo, que tan insatisfechos nos dejaron.


Notas

1. El 3 de agosto. Teatro de la Nación 1977-1981. Memoria. México, Instituto Mexicano del Seguro Social. 1982, p. 114.