FICHA TÉCNICA



Título obra Memorias de Raquel

Autoría Jacques Kraemer

Dirección Gérald Huillier

Elenco Susana Alexander, Maricruz Nájera, Odiseo Bichir

Espacios teatrales Teatro Alianza

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Memorias de Raquel de Jacques Kraemer, dirige Gérald Huillier]”, en Siempre!, 27 junio 1979.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   27 de junio de 1979

Columna Teatro

Memorias de Raquel de Jacques Kraemer, dirige Gérald Huillier

Rafael Solana

Una artista, una artista genial, como lo fue doña María Tereza Montoya (respetamos su supersticioso capricho de poner una fea falta de ortografía en su nombre) no es sustituible. Se fue, y nunca habrá quien la supla; sin embargo, su lugar tendrá que ser tomado por alguien. ¿Por qué no lo fue por Virginia Manzano, que fue su discípula directa, y a su lado trabajó muchas veces? Pudo pensarse que dos artistas no nacidas en México, pero incorporadas al teatro mexicano íntegramente, Carmen Montejo y Ofelia Guilmain, lo harían; o la norteña Adriana Roel; falleció María Douglas, que también apuntaba. ¿Y Emma Teresa Armendáriz?

Pues no, todas ellas grandes artistas, pero ninguna ha ocupado el lugar de la Montoya. ¿Por qué nos viene ahora a la cabeza una nueva candidatura, la de Susana Alexander? Porque los progresos que ha hecho esta señora son maravillosos. Está en el momento justo en que puede dar todas las edades, y eso es muy importante para tornarse actriz de gran repertorio, también tiene la virtud de dar lo mismo en comedia que en drama (la señora Montoya, famosa por sus dramas, era también estupenda en la comedia, en Doña Rosita la soltera, en Debiera haber obispas, en Noel Coward; pero pocos recuerdan esta faceta de su arte admirable). Susana triunfó no hace mucho en un papel juvenil en una tragedia griega; después, en uno de muchachita, en Aquelarre; luego en uno de madre judía; y ahora hace uno de anciana con la misma perfección, igual maestría. ¿No está ya madura para asumir la responsabilidad de ser la gran actriz, la máxima actriz del teatro mexicano? A la Montejo la acapara el cine, la Guilmain encabeza repartos en papeles que le vengan muy bien. La responsabilidad de hacer repertorio, de dar a conocer el gran teatro a las nuevas generaciones, quien mejor podría asumirla es, creemos, Susana Alexander; que siguiera estrenando, sí, pero que también repusiera las obras fundamentales de aquellos tiempos en que los dramaturgos escribían para las grandes actrices, para la Duse en Italia (D´Annunzio, Pirandello), para la Bernhardt en Francia (Sardou, Bourget), en España para la Guerrero (Benavente) o para la Xirgu (García Lorca, Casona); ¡si la Alexander quisiera!

Nos hemos hecho estas reflexiones primero en el vestíbulo y después en la sala del teatro Alianza; en el vestíbulo, porque nadie decía que iba a ver tal obra (Memorias de Raquel), sino todos que iban a ver a Susana, y en la sala, porque una vez más nos hemos ido de espaldas con su actuación, que es, para decirlo pronto, lo único que vale de esa obra. Todos los otros actores, que son los mismos de Cómo ser una buena madre judía, sólo cambiado Bruno Bichir por su hermanito Odiseo y aumentada la mamá, Maricruz Nájera, tienen papeles descoloridos; y la obra, de Jacques Kraemer, no vale gran cosa; es muy inferior a El diario de Anna Frank, a la que se parece. El director Gérald Huillier, parece esta vez haberse concentrado en la señora Alexander y haber dejado oscurecidos a todos los demás.

Otros grandes actores han hecho obras flojitas, en las que sólo se les va a ver a ellos; recordamos a Sir Lawrence Olivier en Semidetached, que era una insignificancia; pero no todos los días podía estar haciendo Enrique V, y recordamos a Ermette Zacconi, que un día ponía El rey Lear, o los Diálogos, de Platón, pero otros descansaba con alguna comedia chica y de corto reparto. Susana Alexander, en un teatro mayor que el Alianza, y que trabajara todos los días de la semana, podría encargarse de enseñar a las nuevas generaciones lo que fue el gran teatro de fines del siglo pasado y la primera mitad del presente, antes de que las obras se volvieran de director y no de actriz. Tiene todo el talento, todo el temperamento y todos los estudios necesarios, y, ahora, la edad también; hace poco, todavía era una niña, y los papeles de mujer mayor se le habrían visto falsos; dentro de poco ya no se le verán bien los de jovencita; en estos momentos, y por los próximos cinco o 10 años, puede con todo.

Ya ni hablamos de la pieza, que no nos gustó mucho, que es tristona, deprimente, por hablar de Susana; pero queremos advertirla de un peligro: ha llegado a ser tan buena actriz que comienza a incurrir en la complacencia de escucharse a sí misma, de relamerse los bigotes, de saborearse, de convertir sus actuaciones en conciertos. Si se sometiera al ejercicio de hacer las grandes obras, y de rodearse de actores que tengan buenos papeles (no hemos dicho de buenos actores porque los que ahora colaboran con ella lo son) se convertirá en una institución. ¿Quién, si no ella, ya que la Manzano, la Montejo, la Guilmain, la Roel no lo hacen, podría poner los grandes papeles que la Montoya hizo aquí, que crearon en España las dos Guerreros y la Xirgu, en Italia la Duse y las dos Gramáticas, en Francia, después de la Bernhardt y de Rachel, la Dorziat, la Feulliere, la Darrieux, en la Argentina la Membrives, Meche Ortiz, en Estados Unidos Helen Hayes o la Bankhead?

Sale uno del teatro Alianza con ganas de volver a ver a Susana Alexander en otro papel, pero ahora en un gran personaje, de Pirandello, de Wilde, de Coward, de Maugham, de Benavente, de Andréiev. Como el cine y la televisión no la acaparan, y tiene verdadero amor por el teatro, quizá la idea lograra despertar su interés. No es poco programa: convertirse en la nueva Montoya, en la nueva actriz suprema del teatro de México.

Ya muy poco le falta. Todo sería cuestión de que ella quisiera. ¿No inquietará sus sueños esta sugerencia? Lo tiene al alcance de la mano.