FICHA TÉCNICA



Título obra Acreedores

Autoría August Strindberg

Dirección Manuel Montoro

Elenco Ana Ofelia Murguía, Salvador Sánchez,Claudio Obregón

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Milán

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Acreedores, de Augusto Strindberg, dirige Manuel Montoro]”, en Siempre!, 18 abril 1979.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de abril de 1979

Columna Teatro

Acreedores de Augusto Strindberg, dirige Manuel Montoro

Rafael Solana

Nos cosquilleaban las manos con ganas de tocar una ovación a Salvador Sánchez y a Claudio Obregón, al abrirse el telón de la sala Milán para el estreno de Los acreedores; ellos fueron considerados como los mejores actores del año pasado, sin ser preferido uno sobre el otro, es decir, no primero y segundo, sino los dos primeros, por su actuación en Los emigrados, en la misma sala, con el mismo director y el mismo escenógrafo. Está el local completamente lleno y todos nos prometíamos una gran noche.

Comenzaron a hablar. Efectivamente, qué actorazos. Y la obra, de Augusto Strindberg, compuesta en 1888, el mismo año de La señorita Julia, qué bien escrita, qué interesante. Pero a medida que la representación lentamente avanzaba una pesada losa se fue concretando, ya que de concreto parecía esa lápida, y nos fue aplastando a los espectadores; nos sentíamos dentro de un cubo en que fuese fraguando y endureciéndose aquel cemento implacable; fuimos descubriendo que la decoración no era tan buena como otras de Memo; pues no llenaba las necesidades de la obra; ese desaparecer por una puerta y aparecer por otra de uno de los personajes no alcanzaba a entenderse bien, y en aquel luminoso estudio no quedaban trazas de que hubiera sido recámara alguna vez con “aquí un escritorio”, y “aquí la cama”, dos lugares imposibles. Y la dirección de Montoro, tampoco. Dirigió con metrónomo, todo exactamente al mismo compás, un andante, un adagio, cuando mucho un moderato, sin que jamás nadie perdiera el paso; pero además con otro aparato, de esos de que constan las tornamesas de los ingenieros de sonido; no permitió que los actores, muy contadas veces y muy pocos decibeles, subieran el volumen, y a la actriz no se le toleró nunca; se podía jugar billar sobre la voz de Ana Ofelia Murguía, tan plana, tan sin accidentes tan pareja y lisa la escuchamos; tan neutra y tan pálida como su vestido; porque Barclay entonó la escena no en colores pastel, que ya son bastante mansos, sino en colores atole; atole de avellana, atole de piñón, atole de cacahuate, con una luz al fondo como de sala de operaciones. Tan sedante todo, que un suave cloroformo iba invadiéndonos; todo dulzón, letal, como esos gases con que piadosamente se mata a los perros en los cinecomios.

Esta vez sólo la élite aplaudirá a Montoro, que hizo bien en poner así la obra, pues no caben en ella gritos ni sombrerazos, no tiene una sonrisa en todas sus dos horas y 40 minutos de extensión, ni un movimiento ágil, ni un contraste. Sólo nos arranca un suspiro, Ana Ofelia cuando dice que a su primer marido le gustaba vestida de rojo oscuro. ¡Qué agradable nos habría sido un chorro de color burdeos en aquella escena tan pálida! ¡Qué deliciosa habríamos encontrado una fresa en aquel tazón de horchata! Pero no, los personajes hablan y hablan, hasta caer muerto uno de ellos, de puro cansancio o de aburrimiento, por haber escuchado todo el acto detrás de una puerta.

Obregón descansa durante el segundo acto (una hora) y Sánchez durante el tercero, Ana Ofelia durante el primero; pero los espectadores nunca, tenemos que bebernos aquellos ciento sesenta minutos de espesa avena. Y si eso pudo resistirlo el culto público de la noche del estreno, al público sencillo, sin mucha cultura literaria, de los demás días, ¡cómo va a pesarle! A esta obra, con ser ella magnífica, y de altura la dirección, y eminentes las tres actuaciones, no podemos augurarle una vida muy larga, ni una gran taquilla ni premios.

En fin... la Universidad Veracruzana no tiene como principal propósito el hacer taquilla sino el ofrecer espectáculos de gran calidad artística, y eso sí, qué duda cabe, lo tiene, abundantemente, esta soporífera obra nonagenaria, que no conocíamos, y que es tan buena como otras de Strindberg, sólo que... igual de aburrida.