FICHA TÉCNICA



Título obra Heredarás el viento

Autoría Jerome Lawrence y Robert E. Lee

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Augusto Benedico, Luis Gimeno, Germán Robles, Jorge del Campo, Miguel Maciá, Otto Sirgo, Carmen Sagredo, Miguel Córcega, Alberto Gavisa, Ángel Casarín, Luz Adriana, Alejandro Prieto

Escenografía Antonio López Mancera

Música Alicia Urreta

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Heredarás el viento de Lawrence y Lee, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 27 diciembre 1978.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   27 de diciembre de 1978

Columna Teatro

Heredarás el viento de Lawrence y Lee, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

Esperaremos a que Antonio Magaña Esquivel, siempre tan enterado, nos explique quiénes son Lawrence y Lee, los autores de Heredarás el viento, pues el programa del Teatro del Bosque, a pesar de tener 20 páginas, no nos lo dice, como tampoco quién es el traductor. Ni el Oxford companion to American Literature, de James D. Hart, en su cuarta edición, ni Who´s who in the twentieth century literature, de Martín Seymour Smith, mencionan a estos autores, entre muchos Lawrence y Lee; ni la Enciclopedia Americana: ni la Collier’s. ¿No habría sido interesante saber cómo se llaman estos magníficos, o cuándo escribieron y estrenaron esta bella obra?

No habrá sido muy recientemente. La moda de los jurados populares en el teatro, que se inició con El proceso de Mary Dugan, hace 50 años y se prolongó hasta Testigo de cargo, parece situarla allá por los treinta. El hecho histórico que la inspira, eso sí se nos informa en el programa, ocurrió el 10 de julio de 1925.

Este año Pepe Solé había estado mucho menos acertado que el pasado en la elección de obras. En 1977 todas las seis que puso fueron estupendas. En 1978 una prácticamente no gustó nada, otra dividió opiniones, otras dos despertaron entusiasmos tibios, y solamente una había tenido aceptación generalizada y cálida: pero ahora pensamos que Heredarás el viento(1), a pesar de no llevar una firma tan famosa como la Brecht, o la de Ionesco, o la de Carballido, que comienza ya a dejar de ser una gloria local, y a pesar de no ser tan moderna, tan dernier-cri como otras acabadas de estrenar, creemos ha unificado la opinión; desde luego mantuvo al público despierto y sin pestañar hasta su última escena, y si alguien se marchó (por ejemplo, Federico Mastache) sería por algún compromiso adquirido, o por súbita enfermedad, no por seguir una impetuosa corriente; en el estreno anterior a la hora del intermedio las puertas del Jiménez Rueda parecían las de la estación Pino Suárez del Metro, por la cantidad de gente que vomitaban.

El problema concreto que la pieza trata, la enseñanza laica frente a la religiosa, en muchos países se ventiló hace un siglo o dos, y parecería anticuado; visto en forma algo más lata, como la libertad de pensamiento y de expresión, también ya se ha visto mucho, en obras sobre Copérnico, Galileo, Torquemada o Felipe II. En cuanto a la presentación de un jurado en escena, en que un inteligente, agudo y simpático defensor ridiculice a un tieso, intransigente y chocante fiscal, también es cosa quemada; pero en la obra de Lawrence y Lee, con la inteligente y eficaz dirección de Sarrás y las interpretaciones cumbres de varios de los actores de la compañía teatral más constelada de estrellas que jamás hayamos visto, el espectáculo resulta fascinante, cautivante, y se le sigue por casi tres horas sin la menor fatiga.

(La mejor compañía teatral que habíamos visto antes en México era de la señora Xirgu, en 1934, con ella de primera actriz, Pedro López Lagar y Enrique Álvarez Diosdado como primeros actores, como dama joven y Amalia Sánchez Ariño y Alejandro Maximino como característicos; total, seis estrellas; la Compañía Nacional de Teatro tiene más del doble. La Comedia Francesa no tiene tantas).

Toño López Mancera acertó a distribuir el vastísimo escenario en áreas, de manera que simultáneamente veamos la Amelia de la Torre gran sala de juicio y la calle principal del pueblo de Hillsboro; de ese pueblo nos da el clima físico y moral, pero no el aspecto, pues las cosas que ha puesto le podrían servir para el segundo acto de Bohemia como París en 1830 o para el segundo de Fausto como una ciudad alemana de la Edad Media, pero de ninguna manera dan la idea de una población americana.

Generalmente los papeles de abogado defensor con nobles, se ganan las simpatías del público, sobre todo si el defendido es “el muchacho”. Suelen los autores poner en boca de estos abogados sus frases más agudas e ingeniosas. Augusto Benedico, una de las grandes estrellas de la constelación, había estado esperando su gran papel, su aria (aunque ya tuvo uno estupendo en La visita de la gran dama y estuvo formidable en La casa de los corazones rotos(2), y muy bien en Luces de Bohemia), y ese papel le ha llegado; en una en que hay en escena 50 personas, seis o siete de ellas grandes actores, don Augusto brilla por sobre todos, se echa al público a la bolsa y se hace el amo. Pero no puede decirse que se quede ni un paso detrás de él Luis Gimeno, que hace la parte perdedora, el que recibe los chiflidos del público; con su talento muchas veces probado Gimeno, que se caracterizó como Kissinger, logra que su personaje no se haga antipático, sino esté lleno de vivacidad y de gracia; no es sombrío, sino jubiloso. Artísticamente, su mérito es tan grande como el de Benedico, aunque su personaje sea menos agradecido.

Pasan a segundo término otros notables artistas, que están perfectos en personajes más pequeños, Germán Robles y Jorge del Campo tienen sus escenas brillantes, Miguel Maciá está exacto en su juez y comedido; Otto Sirgo... Carmen Sagredo, Miguel Córcega, Alberto Gavisa, Ángel Casarín, se conformaron con papeles inferiores a ellos; el papel femenino principal fue dado a Luz Adriana, que es para nosotros nueva (oímos decir que es hija del cómico Trosky), a pesar de haber en la compañía actrices excelentes; no queda por debajo del personaje, lo llena muy bien y no dejarse aplastar por sus compañeros ya célebres es un mérito digno de ser apuntado.

Nos sabía mal haber opinado desencantadamente de por lo menos dos de las más recientes obras de la Compañía Nacional de Teatro; hoy nos llena de satisfacción poder proclamar que nos ha encantado Heredarás el viento, y poder a pleno pulmón recomendarla... que es algo que, en conciencia, no pudimos hacer ni con Opereta ni con Qué espléndido burdel, dos piezas que nos decepcionaron.

Tan metidos estuvimos en la pieza que no prestamos atención a la música y ahora caemos en la cuenta de que la hay (cantos espirituales), y muy buena. La dirigió Alicia Urreta, pero no distinguimos cuál es el nombre del que canta en el segundo acto, que está magnífico. Y una última mención para el jovencito Julio Alejandro Prieto, que tiene un debut prometedor, en su breve y bien sacada escena.


Notas

1. Estrenada el 1ro. de diciembre. Invitación al estreno. A: Biblioteca de las Artes.
2. Cuya crónica del 31 de agosto de 1977 se incluye en este volumen.