FICHA TÉCNICA



Título obra Drácula

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Enrique Álvarez Félix, Alma Muriel, Wolf Ruvinskis, Martha Zamora, Luis Torner, Miguel Suárez, Gastón Tuset

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Éxito de actuación de Enrique Álvarez Félix en Drácula]”, en Siempre!, 25 octubre 1978.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de octubre de 1978

Columna Teatro

Éxito de actuación de Enrique Álvarez Félix en Drácula

Rafael Solana

Teatro, teatro químicamente puro, ciento por ciento teatro, es Drácula. No hay allí ningún otro de esos ingredientes que, según sean usados con discreción o sin ella, pueden ser su adorno o su contaminación; poesía, moral, historia, sociología, política, música, pornografía, erotismo, patetismo. No hay nada sino teatro. Ni hay una lección moral ni social que extraer, ni hay mezcla de ninguna otra de las bellas artes, ni siquiera la literatura. Don Cipriano Rivas Cheriff habría quedado encantado.

Ya habíamos visto, hace años, con motivo de la inauguración del teatro Milán(1), del licenciado Eleazar Canale, esta pieza(2), y la conocemos mucho en el cine, donde además de su versión original se han hecho muchas parodias, algunas tan graciosas como la que, con David Niven, vimos hace pocos años en alguna ciudad de Europa (en Milán, muy probablemente) y en México no nos hemos dado cuenta de que se ponga. El conde Drácula, como el científico Frankenstein y su robot, como el Mr. Hyde del Dr. Jekyill, como el Quasimodo de Nuestra Señora de París, ha entrado en la galería de los monstruos clásicos, y es conocido por grandes y chicos.

Teatro de la Nación se anota uno de sus más francos éxitos (pero el mayor de todos sigue siendo Papacito piernas largas) con la reposición de Drácula, ahora montado con un sentido menos abracadabrante que la vez anterior. Con un toque, no muy exagerado, de buen humor, de farsa, pero sin que les pase mucho la mano al director(3) ni a los actores hasta convertir la obra en pachanga; a nuestro juicio, el elenco cómico ha sido insertado en una dosis prudente. El decorado, el vestuario y algunas de las actuaciones hacen al espectador pensar, amablemente, en el cine en blanco y negro de días lejanos, cuando Bela Lugosi hizo este mismo personaje, y Laura la Plante El gato y el canario; los resultados perseguidos con esta evocación se consiguen plenamente; Alma Muriel se viste, se maquilla y actúa como una estrellita de los últimos años veinte en el cine, y algo equivalente hace Wolf Ruvinskis. En el personaje de la criada (Martha Zamora) y en el loco comemoscas (Luis Torner), la comicidad se ha subrayado un poco por demás, mientras en el doctor Sewtard (Miguel Suárez) y el señor Harker (Gastón Tuset) se ha diluido; esta disparidad de tono no hace que se sienta destemplada la interpretación, o incongruente, sino ofrece al público una amplia gama de matices, como los del gris que hay en el decorado y en la ropa, aunque sin llegar ni al negro ni al blanco absolutos que sí existen en la escenografía y en el vestuario. Presenta esto un sólo inconveniente: el de no dejar por completo contentos a todos los espectadores (ni tampoco a nadie descontento, lo cual es una ventaja) pues unas personas encuentran a su medida a unos personajes, y otras a otros.

El equilibrio se ha procurado encontrarlo en el personaje titular, el que hace Enrique Álvarez Félix, impresionante, dramático, horripilante, pero discretamente cómico, o por lo menos amable. Este artista excelente, a quien tan bien hemos visto antes en La enemiga, en Mírame a los ojos, hace esta vez algo más que vestir con elegancia y caminar con garbo; incorpora su difícil personaje con esa mezcolanza difícil de terror y de gracia con que le ha sido dirigido.

La obra resulta una verdadera delicia para los niños, que no se asustan con los vampiros, ni los sueñan, sino se familiarizan con ellos y les entregan toda su simpatía. Una persona que llevara a sus hijos pequeños, o a sus nietos, a ver Drácula, y les preguntara después cuál obra les ha gustado más, si ésta o Papacito piernas largas, de seguro se sorprendería al encontrar que se dividían las opiniones.

Luces, efectos de sonido, trucos de murciélagos volantes, todo está conseguido con la mayor eficacia. Como en todos los casos habrá quienes recuerden que había un terror más intenso y una emoción más viva en la versión anterior, que estaba hecha completamente en serio, cuando Ignacio Navarro era el conde y probablemente Yerye Beirute interpretaba en forma horripilante el papel de orate aracnófago; pero en aquel teatro pequeñito no se tenían escenarios tan amplios, ni la ropa era tan lujosa, ni los trucos estaban tan bien logrados.

Drácula en su nueva y suavemente humorística versión es un triunfo completo, y hay razón para esperar que lo siga siendo todavía por mucho tiempo.


Notas

1. El 25 de abril de 1957. Giovanna Recchia, Por un museo de las artes escénicas. Proyecto de investigación en proceso. CITRU, INBA, 1997.
2. La que aquí se reseña se estrenó el 30 de agosto. Teatro de la Nación 1977-1981. Memoria. México, Instituto Mexicano del Seguro Social. 1982, p. 114.
3. José Luis Ibáñez. Idem.