FICHA TÉCNICA



Título obra El tío Vania

Autoría Antón Chéjov

Notas de autoría Ludwik Margules / traducción

Dirección Ludwik Margules

Elenco Alejandro Aura, Mabel Martin, Julieta Egurrola, Lolita Beristáin, Macrosfilio de la Vara, Guillermo Gil, Hugo Gutiérrez Vega, Valentina Hernández, Edgardo Benítez

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro de la Universidad

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El tío Vania de Antón Chéjov, dirige Ludwik Margules]”, en Siempre!, 17 mayo 1978.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de mayo de 1978

Columna Teatro

El tío Vania de Antón Chéjov, dirige Ludwik Margules

Rafael Solana

Hay teatro a favor de la corriente y teatro contra la corriente; generalmente este último es el mejor; el que obedece a los gustos del gran público y los halaga se asegura el éxito de taquilla; pero lo más frecuente es que contribuya muy poco al progreso del arte o al levantamiento de la cultura del público.

Toca a las empresas no lucrativas, y una de las principales de ellas es la Universidad (otra, Bellas Artes; otra más el Teatro de la Nación) montar obras que no se limiten a seguir la corriente del gusto popular, sino tiendan a mejorarlo. No es el de presentar obras que diviertan su propósito, de la misma manera que una farmacia vende cosas diferentes de los antojitos o de las golosinas que se encuentran en las dulcerías. No necesariamente son amargos los tragos que hay que pasar en estos teatros; pero tampoco son siempre amenos.

Un autor formidable, de hace poco menos de un siglo, fue el médico Antón Chéjov, cuyo teatro grandioso y magnífico suele ser deprimente o somnífero. Ya la compañía Nacional de Teatro pone una obra suya, Las tres hermanas, pesimista, sombría y letal, pero estupenda; ahora la Universidad nos presenta otra. El tío Vania(1), que hará dormitar a un espectador impreparado, pero que asombra y deslumbra a uno de más fina sensibilidad. Es una obra maestra, cumbre (también lo son las otras del mismo autor e idéntico corte: El jardín de los cerezos y La gaviota); pero melancólica, lánguida y apachurrante como todas las del mismo maestro, que en un tiempo tuvo grandes seguidores en México (Luisa Josefina Hernández y Juanito García Ponce, los principales de ellos); llegó a llamarse “Luisapepinismo” esa escuela, que en realidad es puro y escueto chejovismo, que consiste en pintar, con tétricos colores; el desconsuelo, la mediocridad y la desesperanza de una vida de provincia, entre gente pobretona, solteras viejas, artistas anodinos, profesionales alcoholizados, deudas insolutas, rencillas familiares, criados obtusos y otras pequeñas cosas que contribuyen a hacer indeseable la vida, a inclinarnos a aborrecerla y temerla. En la pintura de estos ácidos cuadros Chéjov es sin duda el máximo maestro.

Para agravar las cosas, Ludwik Margules, que es excelente traductor y el ameritadísimo director de El tío Vania ha abusado del pianissimo en los tonos de sus actores, y del adagio en el tempo. El diminuendo y el rallenando dan la tónica. Apenas se escuchan las mortecinas voces, y los movimientos son tan lentos que recuerdan el teatro Noh de los japoneses. Grandes lagunas, luces crepusculares, silencios prolongados, pasos inciertos, decisiones meditadas, pensamientos inexpresados, mutismo, aislamiento, desencanto. Hay bastante como para cloroformar a toda la sala; pero el que haga el esfuerzo de permanecer despierto, como el que lo haga de penetrar con su vista las penumbras de un cuadro de Rembrandt, que gran premio tiene en la delicia estética de una obra maravillosa y perfecta, representada en forma no solamente impecable, sino inspirada y magistral, por un grupo de artistas en que con frecuencia se raya en lo asombroso y en lo admirable.

A la cabeza del grupo de actores se hace necesario poner a Alejandro Aura, en el difícil papel titular que tiene muchísima miga. Este distinguido poeta ya ha triunfado antes en el buen teatro varias veces, pero ahora pisa los terrenos de lo genial; va sacando su personaje de la niebla, del silencio, de la amargura, lo hace dar el do de pecho en las pocas escenas de tono mayor que la obra contiene, y vuelve a sepultarlo en un ocaso, en un naufragio, que son el tono chejoviano de esos cuatro actos llenos de despedidas, de renuncias, de claudicaciones. Difícilmente vamos a volver a ver este año una actuación de la categoría de la de Alejandro Aura en El tío Vania, ni una dirección como la de Ludwik Margules.

Hay otros artistas conocidos, que no defraudan, como Mabel Martin, Julieta Egurrola, Lolita Beristáin, y Macrosfilio de la Vara, que a un papel pequeño le presta relieve con inteligencia y fino sentido teatral; pero también hay otros a quienes no recordábamos, y que se ponen a la altura; de estupendas calificamos las actuaciones de Guillermo Gil y Hugo Gutiérrez Vega, que penetran hasta el fondo de sus profundos personajes. Valentina Hernández y Edgardo Benítez hacen papeles más pequeños. La escenografía, excelente, es del laureado Alejandro Luna.

Mentiríamos si prometiésemos a ustedes diversión con esta obra amarga y agónica, hecha en tono languidescente. pero faltaríamos a nuestro deber si no llamásemos la atención sobre ella a los espíritus superiores, a los espectadores cultos, capaces de soportar un concierto o una lectura aburridos, si son buenos. Ellos encontrarán deliciosa y suprema esta pieza, en la que tal vez verán a su alrededor en el lunetario, a señoras burguesas o a jóvenes estudiantes que cabecean. No siempre el arte mayor es el más divertido, y frecuentemente el más divertido es el de menor altura entre todos los teatros (o novelas, o películas, o cuadros o filosofías, o gobiernos, o religiones).


Notas

1. Que se estrenó el 6 de abril en el teatro de la Universidad. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.