FICHA TÉCNICA



Título obra Ana Karenina

Autoría León Tolstoi

Notas de autoría Carlos Solórzano, Héctor Mendoza / traducción

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Sergio Jiménez, Silvia Pinal, Beatriz Aguirre, Ana Ofelia Murguía, Margarita Isabel, Carlos Bracho, Héctor Cruz

Escenografía Alejandro Luna

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Ana Karenina de León Tolstoi, dirige Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 19 abril 1978.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de abril de 1978

Columna Teatro

Ana Karenina de León Tolstoi, dirige Héctor Mendoza

Rafael Solana

Ahora sí el crédito de Teatro de la Nación se ha consolidado; ya se ha visto que no han sido casuales sus aciertos, sino que sigue cuidadosamente un ambicioso plan de prestigio y de gran calidad para el teatro que se hace en México. Todavía están en cartel algunos de sus triunfos, como Papacito piernas largas y El final de la primera dama, y ya tenemos otra gran sorpresa, otro gran espectáculo, en el mismo local en el que el año pasado brilló El avaro(1).

¿Una gran obra? Eso no nos atreveríamos a decirlo. Sin duda Ana Karenina(2) es una pieza gorda en la historia de la literatura universal; pero le está reservado un lugar de honor en el terreno de la novela, no en el del teatro. Y las novelas adaptadas a la escena no siempre conservan sus cualidades. Ha habido quienes han sido a la vez grandes novelistas y grandes dramaturgos como Víctor Hugo, o Goethe; pero otros novelistas muy grandes, como Cervantes, Balzac, Galdós, como dramaturgos no se han igualado a sí mismos. Alejandro Dumas, hijo, autor de La dama de las camelias, él mismo la reescribió para el teatro, después de concebirla como novela; hay asuntos que piden las tablas y otros la narración como los hay propios para la prosa o para el verso. Si Tolstoi hubiera creído que Ana Karenina era un buen asunto teatral, él mismo habría escrito la pieza; lo consideró más adecuado para una larga narración, como Resurrección, o Guerra y paz, sus otras novelas grandiosas.

La adaptación para el teatro de novela tan torrencial (1 300 páginas, en la edición de Moscú, 1922, que tenemos a la vista) ha sido hecha con talento por Carlos Solórzano y Héctor Mendoza, buenos dramaturgos ambos; pero no deja de resentirse de ciertas fallas; el final es anticlimático; mayor fuerza tiene el del primer acto, o primer tomo, que haría que la gente se marchara creyendo que ya lo había visto todo, si no escuchase la voz que advierte “primera llamada”. La dirección, de Héctor Mendoza, tiene algunas debilidades. La primera escena de gran intimidad, de alcoba, entre los dos súbitos amantes, llega sin anunciarse, después de diálogos en que Ana parece rechazar a Vronsky, y resulta desconcertante que el director deje en el escenario en penumbra, como presenciando, al marido y a una parte de la sociedad, si tuvo algún propósito esta presencia, no ha sido conseguido; es despistante.

¿Y son error de los traductores, o de los artistas mismos, expresiones como “disponido”, en vez de dispuesto, o “aumento progresivo”, que suena a pleonasmo? Cierto que un aumento puede ser súbito, pero aún así será en sentido de progreso, no los hay regresivos. (En otro teatro escuchamos a un cardenal hablar de “grandes conciliábulos”, con olvido absoluto de que la desinencia “ulo” es un diminutivo, y que todo conciliábulo es un concilio chiquito).

De todos modos, Ana Karenina es una obra formidable, y está bien llevarla al gran público que en dos horas y pico se entera de ella al menos someramente, de su asunto, ya que pocos tendrán hoy tiempo para leerla completa (Greta Garbo la hizo en película). Pero nos encontramos con otra dificultad: los personajes tolstoianos son de tal manera complejos (como los son también los dostoievskianos) que cuesta algún trabajo seguirlos y entenderlos; el de Resurrección, el Pierre de Guerra y paz, o El príncipe idiota dicen y, sobre todo, hacen cosas que sólo dentro de la pasta de una novela, preparadas por un centenar de páginas, puede hacerse comprensible para el gran público. Kariénin, el marido de Ana, a quien se describe como “casi un santo”, provoca desconcierto en el público mal preparado para recibirlo. ¿Qué opinar de un marido que dice al amante de su esposa al encontrárselo bajo el techo conyugal, “no se vaya usted, porque mi esposa puede necesitarlo”? La noche del estreno alguna gente se rió. Sería risa nerviosa, hija de la tensión del momento; pero también de incomprensión. La situación es ciertamente difícil de valorar, y resulta más propia para reflexionarla en una butaca, con el libro entre las manos, que para presenciarla sorpresivamente en un escenario.

Por cierto, no fue un famoso acierto el del director al llamar a Sergio Jiménez, que es un gran actor, de mucha sensibilidad, para este papel, para el que le faltan la presencia física (se le supone un importante político en un gran imperio, “uno de los hombres más decisivos de Europa”), y ni siquiera su entonación, que es la de un caifán, imita a la de un aristócrata. Pero ¿a quién hubiera podido ofrecerse este papel complejo? José Gálvez lo hizo la vez pasada(3), y lo hizo muy bien.

Hemos de elogiar en cambio, sin reservas, con calor, a la señora Silvia Pinal; había quienes la creían fuera de ambiente en un drama, porque la recuerdan haciendo payasadas en sus “especiales” de televisión o en Ana es un tiro. La verdad es que Silvia es una actriz enorme y completísima, tan triunfadora en una comedia (fue nuestra candidata el año pasado al premio por su El año próximo a la misma hora) como en una obra musical (Irma la dulce, por ejemplo) o ahora en un drama sombrío. En todo momento es una artista grande, una estrella; y además, una belleza; muy bien vestida, tiene la categoría, el garbo, la prestancia que su personaje pide, y también su intensidad erótica y dramática. No nos hizo extrañar no digamos a María Douglas, que hizo muy bien el personaje, la vez pasada, sino ni siquiera a Greta Garbo; y esas son ya palabras mayores. Apasionada, despectiva, desesperada, dulce, majestuosa Irma la dulce, tierna, angustiada, humillada, por todas las facetas de su personaje pasa en triunfo. Ésta sería la obra de su consagración, si no la tuviéramos ya por consagrada.

Otras actrices están a su lado muy bien, en papeles menores: Beatriz Aguirre, Ana Ofelia Murguía, Margarita Isabel; el reparto es muy numeroso. En tipo está Carlos Bracho, con un papel que tal vez habría requerido un poco más de vida interior. Bien Héctor Cruz.

Mucho nos tememos que para el grueso del público la estrella de la obra vaya a ser la producción; podrá haber quienes encuentren incomprensible, sombría o hasta incongruente, o por lo menos árida, la novela de Tolstoi, o desdeñen la dirección; pero nadie dejará de apantallarse con la producción; Alejandro Luna ha hecho una escenografía impresionante para las estaciones de ferrocarril en que transcurre gran parte de la obra; con el solo defecto de que, sin caja de resonancia, las voces se van por el hueco y se pierden, llegan poco al público; en el baile, pues lo hay, con coreógrafo y coros de ballet, las paredes se estremecen, y en las recámaras hay poca intimidad por falta de techo y de paredes; no hay más que suelo; la ropa es fastuosa, mucha y de buen gusto. ¿Da una impresión de Rusia? Una dama que ha vivido años allá nos dijo que no. Pero el primer abrigo de Silvia Pinal es elegantísmo; sólo a Dolores del Río le vimos uno así en La vidente; y no se ve economía por ninguna parte. Un lujo que si no sobrepasa, al menos iguala al de los mejores teatros del mundo. Difícilmente podremos imaginar mejor montada o vestida esta obra en Londres, en Nueva York, en Buenos Aires, en París o en ninguna otra de las grandes ciudades en que muchas veces hemos visto teatro. Y el caballo que aparece en escena esta vez era un gran caballo, fino y hermoso, no uno de la pica, como otros que han salido en los teatros en que se han atrevido a este lujo. La crítica y el público se han mostrado fríos; pero a nosotros nos ha parecido la de Ana Karenina una deslumbrante producción, y el de Silvia Pinal en ella un resonantísimo triunfo.


Notas

1. Teatro Hidalgo. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. La obra se estrenó el 31 de marzo. Idem.
3. Se refiere a la puesta en escena dirigida por Seki Sano que se estrenó en el teatro del Músico el 22 de agosto de 1957. P. de m. A: Peggy Mitchell.