FICHA TÉCNICA



Título obra El final de la primera dama

Autoría James Prideaux

Dirección Xavier Rojas

Elenco Carmen Montejo, Marilú Elízaga, Lina Montes, José Elías Moreno, Federico Cárdenas, Mario Delmar, Agustín Sauret, Salvador Jaramillo, Juan Antonio Edwards, Alberto Insúa, Ángel Wade, Pablo Bécquer

Escenografía David Antón

Vestuario Dasha, Manuel Méndez, Teresa Ramírez

Espacios teatrales Teatro Reforma

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El final de la primera dama de James Prideaux, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 5 abril 1978.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   5 de abril de 1978

Columna Teatro

El final de la primera dama de James Prideaux, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

La plana mayor de Teatro de la Nación estuvo presente en el teatro Reforma, del Instituto Mexicano del Seguro Social, la noche del estreno de la importante obra norteamericana The last of Mrs. Lincoln, que Marilyn Ichaso tradujo como El final de la primera dama(1). Ojalá la traductora hubiera estado en los ensayos para impedir que se viciaran algunos textos, como “se los dije” y otras vulgaridades de expresión que escaparon a la cuidadosa dirección de Xavier Rojas; pero nunca es tarde, y seguramente la traductora puede hacer una limpia de esas pequeñas notas, si va lápiz en mano a cualquier función y las anota.

La obra de James Prideaux tiene un arranque sensacional; su primer acto contiene escenas magníficamente planteadas, de gran novedad y tremenda fuerza dramática. A medida que la obra avanza la vemos irse convirtiendo en un melodrama cuya principal virtud es brindar ocasión a la primera dama, doña Carmen (la señora Montejo) de dar el do de pecho en varias arias, incluso alguna de la locura; Carmen que ya ha estado formidable en papeles de borracha (Who is afraid of Virginia Woolf) ahora hace el otro papel que mayor lucimiento presta a las actrices, el de enajenada. A veces, hasta por la ropa, que es exactamente de la misma época y de la misma clase social, llega a parecer la viuda de Habsburgo, a quien otras actrices (María Tereza Montoya, Clementina Otero, Gloria Marín, Jaqueline Andere), han interpretado, y en la pantalla Medea de Novara y Bette Davis; pero no solamente este tipo de escenas tiene este papel de Mary Lincoln, sino muchos otros, dentro de una gama riquísima, que permite a Carmen recuperar su trono, amenazado por otras actrices excelentes. Tiene escenas de ternura, enérgicas, de ironía, de desencanto, de arrepentimiento, de hastío, de indignación, de desconcierto, de vergüenza, de desesperación, además de las de desequilibrio; se va creciendo, a lo largo de la obra, en cada escena mejor que en la anterior, hasta rendir una actuación difícilmente superable.

La obra, al contrario, va descendiendo. Brillantísima, vigorosa y original en sus primeras escenas, se banaliza más tarde, se convierte en un melodrama, y el autor cede el primer lugar en el triunfo a la actriz, limitándose a cortarle para su lucimiento escenas brillantes. La psicología de los personajes principales llega a hacerse algo confusa; están bien los matices, la variedad, pero en este caso se llega al abigarramiento.

Hay, sin embargo, escenas de mucho vigor, que la encomiable traducción de la señora Morató ha conservado en todo su sabor y todo su filo.

La ropa es correcta(2), especialmente la de la señora Elízaga, y la escenografía de David Antón, suficiente, no deslumbrante como ha sido en otras obras, en que ha robado cámara; Antón tiene entre sus virtudes, además de la de servir a las obras, que es la primera, la de no repetirse demasiado, aunque algunos encajes de Mariana Pineda reaparezcan en Papacito piernas largas; para La señora Lincoln ha preparado tres telones pintados en sepia que parecen reproducir las fotografías de un viejo álbum; pero pudo quitar cierta media consola cuando se traslada de Chicago a Springfield, y mandar retirar ciertos libros que duran 10 años puestos casualmente sobre ella.

Con La señora Lincoln hace su rentrée, en forma sumamente brillante, la maestra Tara Parra, que se nos había perdido de vista desde que se fue a estudiar a París, y de quien sólo sabíamos que subdirige la Escuela de Arte Dramático del INBA. Está más guapa que nunca, y de su escena única hace una creación que habrá de llamar la atención de la crítica y del público.

Marilú Elízaga está perfecta, señorial, majestuosa, intencionada en cada bocadillo, insuperable, en un papel breve; muy mona y muy guapa Connie de la Mora en uno chico y con una sola escena de cierta fuerza; muy bien Lina Montes, a pesar de que le fue hecho un maquillaje gris que convence poco. Las actrices, y no es la primera vez que eso sucede, están, en términos generales, mejor que los actores.

De ellos nos gustaron particularmente José Elías Moreno, lleno de simpatía y de juventud en uno de los personajes más amables, Federico Cárdenas, que tiene una sola escena y la saca muy bien, y que ciertamente ya no es el mismo que hizo el papel de “Capullo” en Un corazón arrebatado, bajo la dirección de Xavier Rojas... ¿cuánto tiempo hará de eso? Mario Delmar tiene cierta tendencia a exagerar con movimientos pausados la edad de sus personajes; y a rebajarlos de clase; Agustín Sauret y Salvador Jaramillo hacen dos importantes senadores, y logran emocionar con sus arengas en la Cámara. Juan Antonio Edwards convence en su escena un tanto guiñolesca; Alberto Insúa, en el papel masculino principal, que es un hueso, se mostró algo nervioso la noche del estreno con dos o tres falsas entradas en que pisó el texto de sus interlocutores; su personaje es insípido y no se hace simpático.

En el caso del director Xavier Rojas también puede hablarse, como en el de Tara Parra, de rentrée, aunque él no se había ausentado. Ha sido un gran acierto del Teatro de la Nación brindarle esta estupenda oportunidad de reconquistar su sitio; se había dejado empujar por otros directores magníficos después de alguna obra desafortunada, y no por culpa suya. Ahora vuelve a ponerse en la línea de fuego. Entre los que entran en las ternas; a la señora Montejo, a quien conoce bien desde hace tiempo, la ha dirigido soberbiamente, y ha logrado gran rendimiento de las otras actrices; el movimiento escénico jamás se ve entorpecido, no es nunca lento ni embrollador, ha sabido Rojas dar entonación a las escenas difíciles, como el diálogo entre la exprimera dama y el senador, y ha hecho cumplir aun a los actores de menos experiencia, como Ángel Wade o Pablo Bécquer. Y está de nuevo Xavier Rojas en la primera fila ya se puede contar otra vez con él entre los mejores. Teatro de la Nación ha hecho una inteligente obra al rescatarlo del ostracismo.


Notas

1. Se estrenó el 17 de marzo. Teatro de la Nación 1977-1981. Memoria. México, Instituto Mexicano del Seguro Social. 1982, p. 102.
2. El vestuario fue diseñado por Dasha, Manuel Méndez y Teresa Ramírez. Idem. p. 102.