FICHA TÉCNICA



Título obra El avaro

Autoría Molière, Jean-Baptiste Poquelin

Notas de autoría Carlos Solórzano / traducción

Dirección Miguel Sabido

Elenco Ignacio López Tarso, Graciela Nájera, Fernando Luján, Eduardo López Rojas, Eduardo López Rojas, Juan Peláez, Julieta Egurrola, Silvia Mariscal, Adrián Ramos

Vestuario Roberto Cirou

Grupos y compañías Teatro de la Nación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El avaro de Molière, dirige Miguel Sabido]”, en Siempre!, 19 octubre 1977.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de octubre de 1977

Columna Teatro

El avaro de Molière, dirige Miguel Sabido

Rafael Solana

El más completo de los triunfos del joven Teatro de la Nación en su breve vida ha sido, sin duda y sin comparación, El avaro; a El mercader de Venecia, que nos gustó mucho, no faltó quien le pusiera alguna tacha, y también tuvo críticas adversas Corona de sombra; el Festival de Teatro Latinoamericano despertó poco eco, y Los soles turcos, no dejarán de recibir algunas críticas poco entusiastas. El avaro, en cambio, no tiene desperdicio.

Fue una idea muy feliz la de sustituir con esta comedia deliciosísima la sombría tragedia de Ghelderode en que anteriormente se había pensado, y fue una inspiración llamar a Miguel Sabido a dirigirla, y una suerte que estuviera libre Ignacio López Tarso para interpretarla. Ya con un obra tan encantadora, un director de tanto talento y estrella de ese brillo, todos los demás aciertos fueron sucediéndose, y hemos podido ver a un autor tan difícil de hacer en su justo punto como es Molière montado no solamente como en París, sino mejor que algunas de las piezas suyas que hemos visto en la Sala Richelieu a la mismísima Comedia Francesa; estamos por decir que, excepto Le bourgeois gentilhomme que interpretada Loui Seigne con ropa de Suzanne Lalique, el que hoy le vemos a Sabido es el mejor Molière que hayamos visto. Supera en mucho a unas circenses Fourberies de Scapin que se le festejaban mucho a Hirsch, y los "Tartufos" o "Las preciosas" que en varias ocasiones vimos, pues es Poquelin uno de los autores por quienes mayor devoción hemos tenido siempre.

Desde que se levanta el telón, y se nos viene encima un témpano de porcelana, un iceberg de crema de Chantilly, en forma de reloj de merengue hecho en el departamento de pastelería de Sanborn´s, y Chela Nájera nos va presentando a los actores de la pieza, en un desfile de figurillas de Sévres, Sabido nos hace entrar en un clima molieresco, evocador de la música de Lulli y de los cuadros de Fragonard. Buenos actores en todos los papeles (que es cosa que no pasa en París) van diciendo el texto, que es la viva gracia, y ninguno se pasa de la raya, ni siquiera Fernando Luján, que está admirable de contención, a pesar de que su género siempre había sido algo burdo; da a su Valerio un color cómico, no de mero galán, que lo destaca como el segundo papel de la obra, tan crítico, tan agudo, tan moralizante, como el de Harpagón, y no un simple enamorado, hecho por el barbilindo de la compañía, que es como otras veces lo hemos visto. Chela Nájera también está encantadora, y magnífico Eduardo López Rojas, y muy bien plantado Juan Peláez y monísimas Julieta Egurrola y Silvia Mariscal, y justo, medido, Adrián Ramos, que a poco que lo dejen suelto cae en el resortismo, pero que esta vez no se sale del tono general de la comedia, que es de un humorismo delicado, para sonreír y no para soltar el trapo, para saborearlo, no para dejar ir la carcajada.

Y qué decir de López Tarso; éste es el mejor papel cómico que ha hecho aquí, ya ha tenido otros; pero sólo en éste puede equiparar su actuación a la que suele tener en papeles dramáticos o trágicos. Las escenas en que manifiesta su dolor sincero por la pérdida de su dinero no hacen reír, sino parten el alma, dan tristeza y un poco de vergüenza, porque arranca sus lamentos del fondo de su corazón de avaro de pura cepa, quintaesenciado.

Tal vez la noche del estreno no llegó toda la ropa(1); dos de los personajes importantes no alcanzaron zapatos, y ninguno camisa ni corbata; no podemos pensar que el diseñador del vestuario(2) quisiera adelantar en dos siglos el cuello de tortuga o la blusa de mujik; probablemente no terminaron a tiempo las sastras las corbatas de encaje indispensables, sobre todo en los personajes en que no puede atribuirse a la avaricia de Harpagón ese ahorro; confiamos en que después habrán quedado terminadas o en que las habrán podido comprar con el dinero que ya devolvió Félix Barra, y que ayudará a la Nación a salir de su parsimonia. Sería una lástima que un pequeño defecto, una mosca en la sopa, pudiera señalarse a una postura en escena tan espléndida, y que da la impresión de tan rica, por lo bien cuidados que están todos los demás detalles.

También la traducción es afortunadísima(3), y la música está bien escogida; por donde quiera que se le mire, obra, dirección, actuaciones, producción, El avaro es un espectáculo teatral de primerísima categoría, en nada, sino en no estar recitando en su original idioma, inferior a los que pueden verse en París, en la Comedie Française.


Notas

1. El 30 de septiembre. Teatro de la Nación 1977-1981. Memoria. México, Instituto Mexicano del Seguro Social. 1982, p. 21
2. Roberto Cirou. Idem.
3. De Carlos Solórzano. Idem.