FICHA TÉCNICA



Título obra La casa de los corazones rotos

Autoría Bernard Shaw

Dirección Xavier Rojas

Elenco Virginia Gutiérrez, Adriana Roel, Mónica Serna, Augusto Benedico, Carlos Ancira, Miguel Córcega, Luis Gimeno, Otto Sirgo, Ricardo Blume, Yolanda Mérida

Vestuario Graciela Castillo

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La casa de los corazones rotos de Bernard Shaw, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 31 agosto 1977.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   31 de agosto de 1977

Columna Teatro

La casa de los corazones rotos de Bernard Shaw, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

En su magnífica concepción de la Compañía Nacional de Teatro, que ha venido a superar en cien codos las que tuvieron Salvador Novo, Celestino Gorostiza y Héctor Azar, en los treinta años anteriores, José Solé, que une a su personalidad de actor, de escenógrafo, de director, de promotor, la de catedrático, pues ha sido director de la Escuela de Arte Teatral, ha contemplado un amplio panorama de la historia del teatro, como si asumiese la misión de educar en esa historia al pueblo metropolitano. Las seis primeras obras escogidas para esa compañía cubren un campo amplísimo; dejando a un lado a los griegos, pues de ellos el propio Solé se ocupa, con gran éxito, en otra sala (en la temporada del Instituto Cultural Helénico, en el teatro Julio Prieto) se ha fijado en el gran teatro español con ejemplos de su Siglo de Oro (La verdad sospechosa) y de su segundo siglo de oro (esta vez con minúsculas) con Luces de bohemia, de Valle Inclán; el teatro isabelino queda representado con Volpone, de Ben Jonson (a Shakespeare acabamos de verlo en el Teatro de la Nación, que es no un rival, sino un complemento); no hay siglo de oro francés porque El avaro, de Molière, va muy pronto al Hidalgo; no hay, por ahora, romanticismo; pero del segundo siglo de oro inglés, que va desde Wilde hasta Coward y Rattigan, pasando por Maugham, sí nos da un ejemplo muy interesante, una obra de Shaw, que es el máximo escritor teatral de esa época, y a quien aquí conocemos muy poco (Pigmalión, Don Juan de los infiernos, alguna remota Cándida); escogió Solé La casa de los corazones rotos(1), lo que nos ha parecido una excelente selección.

Shaw, cuya vida extraordinariamente larga cabalga entre dos siglos, pues llena la mitad del XX y casi toda la mitad del XIX, no es ya un moderno, sin ser todavía un clásico; algunas de sus obras más famosas son ya casi centenarias, y él murió hace tan poco que alcanzó a entrevistarlo Usigli; la pieza que ahora se nos presenta, que es de 1917, al hacer en sus escenas finales alusiones a bombardeos (de la Primera Guerra Mundial) parece acercarse más a un público que recuerda la Segunda. La ropa(2), sin embargo, muy bien cuidada, nos sitúa en la verdadera época; el diálogo también, pues tiene la cercana influencia del otro irlandés ilustre, el autor de El abanico de Lady Windermere; esgrima de ingenio, frases agudas y amables, un floreteo de paradojas, un torrente de definiciones... un diluvio de conversación, con acción limitada; nadie pierde la compostura, nadie se quita los guantes. Esto resulta ahora interesante... hasta cierto punto. Nadie habrá censurado a Xavier Rojas que metiese un poco de tijera; ya quitó el prólogo; no sería mala idea prolongar un poco la poda; hay escenas (una de Blume con Sirgo, por ejemplo) que ninguna falta hacen; el episodio entero del ladrón es un entremés, una interpolación; aligerar la obra en media hora alejaría las posibilidades de aburrimiento.

En Shaw, como en otros de sus distinguidos contemporáneos, ningún personaje habla por sí mismo; todos son portavoces del autor y resultan tan inteligentes, tan agudos, tan sarcásticos como él; la paradoja es el idioma común entre ellos; los bocadillos podrían intercambiarse sin que se alterase el carácter de nadie.

Nos alegra ver que con esta obra sale a flote, y vuelve a situarse entre los primeros directores de México, donde había estado casi siempre, Xavier Rojas, a quien ciertas aventuras renterianas habían sumado en lo más profundo, hasta el grado de que hubiese quien ya no le concediera esperanzas de redención; brilla mucho Rojas como director de actores; claro que ayudado por un cuadro estupendo; dudamos mucho que en parte alguna, ni en Londres misma, pueda conjuntarse un reparto más idóneo; más rico ni más brillante que el que aquí tiene esta larga obra, de personal importante numeroso; casi no hay papel secundario; todos los actores están bien escogidos, dan el tono y el tipo; Virginia Gutiérrez luce bellísima, y lo mismo puede decirse de Adriana Roel; ambas están convenientemente vestidas, y dicen sus frases con soltura e inteligencia; siempre tienen una respuesta aguda o un comentario ingenioso a flor de labio; Mónica Serna, por su parte, en el papel central, está tan marisabidilla, tan impertinente y tan cínica como el autor la concibió; también su texto es un manual de frases; los actores de carácter están formidables; a Wilberto Cantón le encantó Benedico; nosotros encontramos de mayor mérito su actuación en la obra de Dürrenmatt porque allí cambia de personalidad en cada acto, y acá es el mismo viejo chocho, medio loco, lleno de sabiduría (Shaw tenía sesenta y dos años al escribirlo) y de experiencia; Ancira está, como siempre, en maestro, y Córcega no se queda atrás; Gimeno saca partido de su breve episodio, pero está clownesco, hasta en el vestido; parece caído de otra obra o de otro planeta, como en aquellas películas cómicas en que se metía un personaje absurdo que se equivocaba de ser durante la filmación; los galanes, Blume y Sirgo, están como los dibujo el humorista; Yolanda Mérida da muestras de laudable disciplina al aceptar un papel insignificante, siendo, como es, una de las luminarias de la espléndida compañía.

En fin, si la obra tiene sus altas y sus bajas, la interpretación que de ella se hace es la perfección misma. Hay que verla.


Notas

1. Se había estrenado el 5 de agosto en el teatro Julio Jiménez Rueda. Xavier Rojas medio siglo en escena. p. 157.
2. Diseñada por Graciela Castillo. Idem.