FICHA TÉCNICA



Título obra Piedra de escándalo

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Lorenzo de Rodas

Elenco Julio Monterde, Luis Couturier, Gerardo del Castillo, Enrique Pontón, Eduardo Liñán

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Piedra de escándalo de Luis G. Basurto]”, en Siempre!, 10 agosto 1977.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   10 de agosto de 1977

Columna Teatro

Piedra de escándalo de Luis G. Basurto

Rafael Solana

Corría el año de 1967; el inquieto autor- actor- empresario- director Luis G. Basurto hacía una gira de teatro mexicano por el sur de Estados Unidos; no le iba muy bien, y algunos de sus artistas fueron desertándolo. Se fue reduciendo a obras de cada vez menor reparto; descartó desde luego Cada quien su vida, que requiere 30 actores y una pequeña orquesta; pero la deserción, como en Los adioses, de Haydn Hadon, continuaba, y un día se vio el director casi solo, mano a mano con el más fiel de sus acompañantes. Aparentemente no quedaba sino liar los bártulos y volver a casa.

Quien piense que eso hizo Basurto no lo conoce. Se sentó a escribir un casi monólogo, pues llamarlo diálogo sería excesivo, ya que no trata de dos personas que conversan, sino de una que habla y otra que escucha. El actor principal sería él mismo. Como para la obra Debiera haber obispas, que llevaba en su repertorio, se le había muerto el obispo (Héctor López Portillo, que hoy si viviera sería tal vez personaje importante) y él asumió ese papel, se había tenido que hacer una sotana, pues no hubo en ninguna parte una de su medida. ¿Qué hacer con esa prenda de ropa, poco usada? El papel que se escribió a sí mismo fue uno de obispo. Llamó a la obra Con la frente en el polvo, y la presentó en Chicago, bajo el patrocinio de un príncipe de la Iglesia, el cardenal de allá. Y así pudo regresar al fin a la patria, pero no derrotado, sino a banderas desplegadas, y con las alforjas llenas.

Después escribió su segunda pieza episcopal, Asesinato de una conciencia (en realidad ya había tenido a un arzobispo en Toda una dama; en un papel secundario, y en Miércoles de Ceniza el protagonista era un presbítero) y volvió a tener éxito, como autor y como actor. ¿Qué de raro tiene que pensara, en vista de ello, en escribir una tercera?

Pero a fuerza de representaciones, centenares de ellas, la sotana se le fue gastando. Se acordó entonces de que también se había hecho a su medida una de Papa, blanca, para actuar en la obra de Wilberto Cantón Tan cerca del cielo. Y para poder ponérsela en un papel de solamente obispo, situó su tercera pieza en un clima tropical; la sotana blanca no quiere decir que el obispo sea mercedario, ni menos pontífice, sino sólo que hace calor en Cuernavaca. (Las gentes de onda, para no decir que una actriz o un actor aparecen en una obra teatral en cueros, dicen que salen en Cuernavaca; Basurto ha encontrado la manera de entrar a esta moda, simplemente con tomar las cosas al pie de la letra).

¿Pensará la gente que ya es demasiado, que ya se abusó de los obispos, y que es aburrido escuchar homilías, fervorines y sermones en un teatro? Aparentemente, no. Ha ido el público, si no el de estudiantes al que el autor habría querido interesar, pues tan del lado de ellos se pone, sí uno de personas serias, con aire monjil las damas, asentados y reflexivos los caballeros; un público diferente, a la simple vista, del que acudió a ver las dos Lucrecias y del que va a ver No hay por qué darlas. Y ese público, que permanece más interesado en la obra que si se tratara de una de Agatha Christie, que sigue con la más viva atención los diálogos, que capta y ríe las ironías, las alusiones mordaces a personajes reales fácilmente reconocibles, estalla al terminar la pieza en un larga y calurosa ovación, porque se ha divertido, y desea premiar el teatro del dramaturgo, el del director (en esta ocasión, Lorenzo de Rodas) y el de los seis intérpretes, el principal de los cuales es el propio Basurto.

Basurto no es monedita de oro; siempre ha habido gente a la que cae mal, a unos, porque envidian su altura, y a otros porque les da entera ver a la que ha llegado; los celos de esos chaparros físicos o morales son causa, en muchos casos, de la malevolencia hacia este dinámico, valeroso hombre de teatro, a quien se ha acusado de escribir con un ojo puesto en la taquilla; bien ha demostrado que no es así, cuando ha renunciado a las ficheras y a las tacón dorado, a las mujeres alegres que alguna vez poblaron sus repartos, y que podrían aparecer con poca ropa y decir vulgaridades; el reparto de Piedra de escándalo; breve, es exclusivamente masculino, y no de galanes atrayentes, sino de quincuagenarios. La decoración de David Antón, es sobria; y no hay truculencia, no hay basurdrama, no hay sino, invención basurtiana, un bataclán de conciencias; desnudan los personajes las almas que portan en sus respectivos almarios. Hablan y hablan (en eso consiste el teatro, a diferencia de la pantomima y del ballet); pero como dicen cosas interesantes, bien escritas y bien pronunciadas, interesan vivamente. Y la obra resulta así, con elementos que no lo harían sospechar, un completo éxito, en el que acompañan a Basurto los actores Julio Monterde, Luis Couturier, Gerardo del Castillo, Enrique Pontón y Eduardo Liñán, todos ellos excelentes. He aquí una obra de teatro que podemos recomendar en la más amplia de las formas.