FICHA TÉCNICA



Título obra Mi bella dama

Autoría Lola Tinoco, Mario Alberto Rodríguez, Marilú Elízaga, Javier del Valle, Manoella Torres, Magdalena del Rivero

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Manolo Fábregas

Espacios teatrales Teatro San Rafael

Productores Manolo Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Reposición de Mi bella dama, dirige Manolo Fábregas]”, en Siempre!, 3 agosto 1977.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   3 de agosto de 1977

Columna Teatro

Reposición de Mi bella dama, dirige Manolo Fábregas

Rafael Solana

Hemos sostenido, a lo largo de 20 años, una especie de polémica, en el más amistoso de los tonos, con Manolo Fábregas, a quien consideramos desde hace todo ese tiempo, pero ahora muchísimo más, uno de los hombres más valiosos del teatro mexicano, en todos sus aspectos; le hemos demandado mayor atención para el teatro mexicano, que ha sido desde hace un cuarto de siglo nuestra onda; hoy, al salir de verlo triunfar como actor, como director, como empresario, en un teatro que él ha levantado desde sus cimientos, y que es uno de los más bellos y cómodos de la ciudad de México, damos por terminado ese pleito, con la rendición absoluta e incondicional de nuestra parte; no le daremos más lata; él no ha hecho todo lo que hubiéramos deseado con respecto al teatro de autores mexicanos (aunque sí algo, que no es despreciable, pues le recordamos una obra de Sergio Magaña, una de don José Guadalupe Zuno y dos de otro autor, todas montadas con dignidad y con cariño); pero el de autores mexicanos, aunque es el que quisiéramos ver protegido y alentado, no es el único teatro mexicano; teatro mexicano es todo el teatro hecho en México, por artistas y directores mexicanos o residentes en México, y para el público de México; y, en ese sentido, Manolo Fábregas ha hecho por el teatro mexicano más que ningún otro particular, y tanto, él solo, como algunas instituciones que lo tienen por obligación; la prueba de que ha acertado a complacer al público está en que ha ganado mucho dinero y cada peso en la taquilla, como cada palmada en una ovación, es inequívoca señal de satisfacción y de agrado del público; con la advertencia de que para ganar ese dinero nunca se ha valido Manolo de medios ilegítimos, jamás ha halagado los gustos más bajos ni ha incurrido en la vulgaridad o en la pornografía a que otros empresarios para subsistir, se acogen; y con la de que ese dinero que ha ganado lo ha reinvertido en mejorar la calidad de sus espectáculos, en remodelar un teatro, el que antes se llamó Ideal, y al que ha dado su nombre (como su ilustre abuela dio el suyo, en mala hora cancelado, al que antes se llamó Renacimiento) y no conforme con eso en dotar a la ciudad de una nueva sala espléndida, comodísima, amplia, que él construyó desde sus cimientos, el teatro San Rafael, que hasta ahora hemos conocido por haber estado fuera de la ciudad en los días de su inauguración.

En la cordial controversia que hoy damos por terminada nuestra bandera fue el teatro de autores mexicanos; la de él, mucho más amplia, ha sido el teatro. El triunfo suyo ha sido absoluto.

Manolo, que nació en el teatro, hijo de actor y de actriz, nieto de una gloria nacional, es uno de los mayores triunfadores de la vida a quienes podamos citar como ejemplo; feliz en su matrimonio, con una bella familia, con una esmerada educación, en desahogada posición económica, con buena salud, con renombre y el respeto de su país y de algunos del extranjero, ha convertido en oro todo lo que ha tocado; como actor, está en la cima; como director, en la cumbre; como empresario, en todo acierta; al ovacionarlo al final de una representación de Mi bella dama, la hermosísima comedia musical que él dio a conocer a México, que hemos visto en cinco versiones en tres continentes, ninguna superior a la suya, no aplaudimos una función, sino aplaudimos a una personalidad, y toda una vida, y le agradecemos todo lo que por el teatro ha hecho, y cuya corona es cantar deliciosamente el Mr. Higgins en el San Rafael, el teatro que es ya en vida su monumento.

Como otros artistas notables (Dolores del Río, Nadia de Haro Oliva, Silvia Pinal) Manolo Fábregas está al margen del tiempo; es un videotape de sí mismo, y 18 años después está por lo menos igual (diríamos que un poco más joven y más delgado) que cuando estrenó el papel; Miguel Suárez, tan magnífico como siempre, ha embarnecido un poco, se habrá tenido que hacer ropa nueva y doña Lola Tinoco se ve un poco más vencida; Manolo, igual o mejor; Mario Alberto Rodríguez también se conserva; a Anita Blanch, que engordó mucho, y a Salvador Quiroz, que maduró, y a Cristina Rojas, que se descuidó en el peso, se les ha sustituido por nuevos artistas; Marilú Elízaga no solamente está señorial y encantadora, sino guapísima, Javier del Valle canta muy bien su breve parte, y Manoella Torres, que no es una belleza despampanante, ni una soprano, canta con gracia, actúa con mucho ángel y, arreglada, luce muy atractiva, en el género escuálido (al que pertenece también Audrey Hepburm, que hizo el papel en la pantalla); otra novedad en el reparto es Magdalena del Rivero, excelente actriz que se deja ver en un papel breve.

Dos cosas nos parecieron notables y dignas de mención: la funcionalidad, sin tropiezo de los cambios escénicos, y el buen corte de toda la ropa, especialmente la masculina; no solamente los artistas principales, sino el último corista, el último bailarín aparecen estupendamente vestidos, por contraste con lo que solemos ver en materia de fraques prestados, en "Traviatas", "Murciélagos", "Viudas" y "Condes". Así como alfombró todo el teatro y no nada más los pasillos, Manolo les puso un buen sastre, y buenas telas, no sólo a las estrellas, sino hasta a los comparsas.