FICHA TÉCNICA



Título obra El año próximo a la misma hora

Autoría Bernard Slade

Notas de autoría Federico Sánchez Seabrook / traducción

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Silvia Pinal, Héctor Bonilla

Escenografía Julio Prieto

Vestuario Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El año próximo a la misma hora, dirige Manolo Fábregas]”, en Siempre!, 13 abril 1977.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de abril de 1977

Columna Teatro

El año próximo a la misma hora, dirige Manolo Fábregas

Rafael Solana

Cuando se presenta una nueva obra en el teatro Manolo Fábregas nos sentimos tentados a contar primero su momento malo, pues el bueno, que es el más largo, ya lo dábamos por descontado. Sin embargo, hay ocasiones en que, por dispuesto que uno vaya a exigir lo mejor, todavía alcanza a sorprenderlo la calidad de algo de lo que ve, y que sale de lo bueno, y aun de lo muy bueno, para rayar en extraordinario, en sobresaliente.

Por eso de lo bueno, o de lo muy bueno, no quisiésemos hablar; ya contábamos con ello; muy buena, por ejemplo, diríamos excelente, es la escenografía del maestro Julio Prieto, de ultratumba, puesto que ya no la vio montada; pero la imaginó, la distribuyó en el amplio escenario, le dio vida. Muy bueno el vestuario de Silvia Pinal, además, colgado de estupenda percha; no necesita la señora de artificio alguno, ni faja ni sostén, para lucir un cuerpo espléndido, que hace brillar la buena ropa, tan bien escogida para cada uno de los momentos de la pieza, que se podría decir que cada vestido tiene el alma del cuadro en el que lo saca. Y son estupendos sus seis peinados, no sabemos si hemos de decir seis pelucas, o uno de ellos era de pelo natural de la señora. Apropiado también, y expresivo, pero menos suntuoso es el guardarropa de Héctor Bonilla; con un descuido: se tarda diez años en cambiarse de zapatos; en la vida real conocemos personas a las que los zapatos les duran no sólo diez, sino veinte años, o más; pero esto, que es una verdad de la vida, no es admirable como verdad en el teatro; tómese Héctor la molestia de cambiarse de zapatos en cada cuadro, que no es ni mucho gasto ni mucho trabajo.

Poco nos convenció la comedia El año próximo a la misma hora, de Bernard Slade, en el primer acto; es verbosa, como necesariamente tiene que ser una pieza de sólo dos personajes; hablan sin cansancio, y dicen muchas tonterías, en aras de la ligereza, de la sencillez del diálogo; no se llega al melodrama, como en Del brazo y por la calle o en El señor Lamberthier; sin embargo, en el acto segundo, que es mucho mejor que el primero, algunos golpes dramáticos tienen verdadera fuerza; Manolo Fábregas, al dirigir, con el cuidado, el detalle y el acierto que son en él habituales (ya cuidará de exigir a Bonilla más atención al enharinarse el pelo para los cuadros finales) ha sabido crear momentos de gran emoción, como, por ejemplo, aquella gran burbuja de silencio que construye al hacer el personaje masculino la revelación de la causa de su seriedad, y de su cambio de ideas políticas, en uno de los cuadros, en una situación que Bonilla ha sabido resolver con emotividad y con maestría. Otros golpes son cómicos, y también están conseguidos hábilmente.

El papel principal, el de más fuerza, es el de Bonilla, aunque, naturalmente, Silvia Pinal va por delante, y con letras un poco más grandes (alguna vez, no todas); el autor incurre en falsedades de tipo psicológico, discontinúa a sus personajes, en exagerados vaivenes, que los hacen cambiar diametralmente de un cuadro a otro; esto le ayuda a escapar del peligro de la monotonía, que tal vez habría sido inevitable si hubiera pretendido dar más consistencia y más realismo a sus caracteres; pero el realismo no es la única, ni la principal, cualidad en el teatro; lo teatral admite no digamos lo ligeramente retocado, sino lo distorsionado y aun lo increíble y lo absurdo; y a tanto no llegan las violencias que el autor hizo a sus personajes para llevarlos a extremos, con el propósito, que consideramos plausible, de dar variedad, colorido y gracia a sus seis breves actos, diferenciándolos netamente unos de otros.

Señalaremos un defecto al traductor, Federico Sánchez Seabrook; recae constantemente en uno que no llamaremos anglicismo, sino más bien yanquismo; el abuso del verbo "tratar"; sus personajes repetidamente dicen "estoy tratando de", o "sólo trataba de"; ése no es solamente un vicio idiomático de nuestros primos, sino se ha convertido en una peculiaridad ética. Se comienza por disculpar cualquier falta de tacto en la conversación con "sólo trataba de romper el hielo"; se acaba por enviar a la juventud a ser masacrada en pantanos asiáticos con “sólo trataba de estorbar la expansión del comunismo", o por derrocar gobiernos sudamericanos con el pretexto de que "sólo trataba de restablecer el orden", intenciones que se hacen aparecer como santas y plausibles; es de buenas intenciones como esas de las que dice que está empedrado el camino del infierno. Ganaría la pieza si en un retoque superficial se quitaran de la traducción docena y media de "trataba".

Para acabar con lo bueno, la dirección de Manolo, llena de astucia, de experiencia, de profesionalismo, de conocimiento del efecto de los pequeños detalles de gesto o de entonación, y de sensibilidad, para este tipo de obras. Manolo es ciudadano honorario de Manhattan, no sólo por sus triunfos personales allá, cantando en inglés El rey y yo, sino porque entiende la sicología yanqui, el tono exacto de la comicidad norteamericana, mejor que si doña hubiera viajado en el "Mayflower".

Y ahora, lo excepcional, lo estupendo. Eso está en las actuaciones magistrales, impecables y supremas de Silvia y de Héctor o de Bonilla y la Pinal, si, perdiendo el respeto debido a la señora por su sexo, su edad y su categoría, lo ponemos a él primero Virginia, pues se deja ver más, tal vez por ser más completo su papel, que el de ella; Silvia le gana en que además de como actriz luce como mujer, pues jamás ha estado más guapa, más elegante ni más esbelta; su obra anterior; Annie es un tiro, nos parece de su infancia artística, comparada con esto de ahora; claro que hay más director, y más obra. Dentro de una pieza que se desliza en una situación y un solo ambiente, los cambios tienen que darlos a pulso los artistas; sobre todo si, como es el caso de ella, se resisten a registrar cambio físico alguno, en el correr de un cuarto de siglo. Bonilla sí se pone un poco de maquillaje, y se lo pone mal; tiene más matices su papel, y los da con maestría. Cómico cuando hay que serlo, con finura, con delicadeza, sin chocarrería, al llegar el momento dramático sabe dar la campanada, conmover; pone sangre, y no tinta, en las venas de su personaje, que nos parece humano en todas sus reacciones, en sus momentos buenos y en los malos (no queremos decir artísticamente, que así, son buenos todos). Ya lo estamos candidateando para el premio de actuación masculina de este año. Vemos muy poco posible que haya quien pueda superarlo. Y, caramba, ya era hora; en Los hijos de Kennedy, en Tiempo de campeones, también había estado soberbio. No se pierdan ustedes por favor, estas dos actuaciones sensacionales.