FICHA TÉCNICA



Título obra Los hijos de Kennedy

Autoría Robert Patrick

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Héctor Bonilla y Susana Alexander; Julieta Egurrola, Norma Lazareno, Morris Gilbert

Productores Morris Gilbert

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los hijos de Kennedy de Robert Patrick, dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 2 febrero 1977.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de febrero de 1977

Columna Teatro

Los hijos de Kennedy de Robert Patrick , dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

De "interesante" calificó un inteligente crítico la obra Los hijos de Kennedy(1),que, por tiempo limitado, está representándose en el remoto teatro Independencia; si sus productores consideran que ha logrado despertar alguna curiosidad en el público, existe la posibilidad de que, al término de la concesión que les es dada de esa sala, la traigan a alguna del centro de la ciudad, donde resulte más accesible para la mayor parte de la gente.

Desde el punto de vista formal, presenta la novedad, que sin duda llamará la atención de los conocedores; no existe en ella el diálogo, sino se trata de una sucesión de soliloquios, que representan el pensamiento, el recuerdo, de tres de los personajes, la memoria, el juicio y conversaciones imaginarias con personajes no existentes de uno más de ellos, y la lectura de cartas y otros documentos por la parte del que resta; aunque se cobijan todos de la lluvia invernal en una taberna semisubterránea de Nueva York, no llegan a cambiar entre ellos ni una sola palabra, ni siquiera dan señales, salvo algunas, en forma excepcional, de darse cuenta de la existencia unos de otros; con el cantinero que les atiende sostienen una relación muda, muy escueta. Qué ocasión para hablar del problema de la incomunicación en el mundo moderno y de otras manidas zarandajas.

El autor, el norteamericano Robert Patrick, además de hacer ese experimento formal, que se puede calificar de venturoso, pues los monólogos despiertan el interés del público, y lo mantienen, se ha propuesto, aparentemente pintar un mural (valga la socorridísima frase) de la vida norteamericana contemporánea, concretándose al decenio de los sesenta, pero no a la ciudad de Nueva York, aunque sea allí donde se contradice la visión del dramaturgo; se hable también de otros lugares; Alabama, San Francisco, y, destacadamente, Vietnam.

Un cuento muy famoso, de un gran novelista ruso, nos habla de cómo un Rabino encontró la belleza y la blancura de los dientes en un perro muerto, en quien los paseantes sólo hallaban motivo de horror y de asco; al revés de lo que ocurrió a ese taumaturgo, ejemplo de optimismo, acostumbran hoy los artistas, en el más bello paisaje, inclinarse a levantar una piedra para descubrir que hay debajo de ella algunos alacranes. Al buen afamado american way of life, que sin duda goza de algunos atractivos (véanse las películas de Walt Disney, sobre todo si describen algún bello lugar de vacaciones para jóvenes guapos, sanos y decentes) sólo le encuentra Patrick el lado trágico, doloroso, o vergonzoso; uno de sus personajes, por cierto estupendamente interpretado, representa la ramplonería intelectual y moral, dulzarrona, de una pequeña burguesía burocrática; allí no vemos agudamente caricaturizados sino la pobreza de espíritu, la mediocridad, el candor; otro personaje simboliza a la juventud en son de protesta, en busca de paz y amor, a lo hippie, pero con una jeringa de morfina en una mano y un tubo de pastillas en la otra; otro personaje se refiere al ejército, entre nubes de marihuana y con una crítica despiadada; en otro de los personajes encontramos a una chica que ha hecho el ideal de su vida de Marilyn Monroe, cuyos pasos tratan de seguir como, dice, 50 millones de jóvenes norteamericanas; finalmente, hay un personaje, tal vez el más ácido de los cinco, que recuerda a Óscar Wilde no solamente por lo punzante de sus observaciones y el ingenio de sus juicios críticos; por boca de esta marioneta el escritor enjuicia al arte moderno, particularmente al dramático, que no sale nada bien librado; la cosa está hecha sin piedad, pero con ingenio; nadie osará decir que son imaginarios, inexistentes, los tipos que el dramaturgo ha copiado; se podrá argüir, eso sí que sólo enfocó el autor un círculo con toda mala intención escogido, y que si bien lo allí pintado con fuertes colores corresponde a la verdad, no es a toda la verdad, sino sólo a una pequeña parte de ella; todo eso lo hay, en ese país, en ese tiempo; pero también hay, hubo otras manifestaciones vitales más edificantes. Patrick hizo "mi personaje inolvidable", sólo que al revés; escogió, prácticamente, cuatro monstruos aunque pueda decirse que se presentaron de ellos centenares, miles o centenares de miles de ejemplares.

Como en una corrida mixta, en que, con ganado de la misma ganadería y del mismo tamaño, en la misma fecha y en la misma plaza, ante el mismo público, actúan casi a la vez matadores y novilleros, se puede notar en esta pieza quién es quién, a pesar de que tengan la misma longitud y la misma importancia los cinco papeles. Dan cátedra, como no podía menos de ocurrir, los consagrados, los que ya son figuras cimeras en nuestro teatro, léase Héctor Bonilla y Susana Alexander; Julieta Egurrola se pasa, llega a gritar por demás; Norma Lazareno luce muy guapa, pero su voz desentona, se escucha débil, y algo verde, cruda todavía, sin el pulimiento que dan los años de experiencia y de estudio. En cuanto a Morris Gilbert, que es también el productor, nos ofrece, bajo la dirección atinada de José Luis Ibáñez, una actuación irreprochable, pero que no alcanza la altura, magistral, de las de Bonilla y Susana, que sobresalen.

¿Deja alguna enseñanza esta obra, amarga en el fondo, y divertida y cómica en lo superficial? Sí; además de que divierte, muestra vicios, lo que ya es algo, aunque todavía no sea proponer remedio para ello. Pero... si se asquea uno, o se horroriza, de los soldados, de los estudiantes, de los artistas, de los jóvenes, de las mujeres, de los hombres... ¿qué le queda a uno? Muy poco, en realidad; sólo pensar, con el poeta francés, que miraba amanecer sobre un cuadro de destrucción y de muerte; "Esto se llama la aurora".


Notas

1. La obra se había estrenado el 12 de enero. P. de m. A:Biblioteca de las Artes.