FICHA TÉCNICA



Título obra Electra

Autoría Eurípides

Notas de autoría Pablo de Ballester / traducción

Dirección José Solé

Elenco Miguel Maciá, Susana Alexander, Héctor Bonilla, Ofelia Guilmain, Roberto Rivero, Patricio Castillo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Electra de Eurípides, dirige José Solé]”, en Siempre!, 8 septiembre 1976.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de septiembre de 1976

Columna Teatro

Electra de Eurípides, dirige José Solé

Rafael Solana

Estamos viviendo días de gloria para el teatro mexicano; quién sabe qué cara tendrían que poner esos amargados que hacen declaraciones o dan conferencias acerca de nuestra falta de teatro o lo malo que es el poco que hay; en cantidad, tenemos como nunca, docenas de locales en que irse a meter; y en cuanto a calidad, hay unos cuantos absolutamente de primera fila, espectáculos de que podría enorgullecerse cualquier ciudad culta del mundo. Ya hemos hablado, en semanas anteriores, de Bodas de sangre, que está ahora en el Tepeyac después de pasearse por la América Latina; ya de Casa de muñecas que, aunque haya reparos que oponerle, es un espectáculo de alta categoría, de primera clase; ya dijimos que no es ningún disparate considerar El fantasma de la ópera como lo mejor que en comedia musical se ha hecho hasta ahora en México; y hoy tenemos que agregar a todo esto el teatro de primerísima calidad, por donde quiera que se le mire, que el Instituto Cultural Helénico está ofreciendo en el Xola al público de primera clase.

El teatro griego no nos es por completo desconocido; desde que Julio Bracho montó en Bellas Artes Las Troyanas, hace sus buenos 40 años, periódicamente nos han sido presentadas algunas de las mejores obras del que es el padre de todos los teatros; en el mismo Xola estuvo mucho tiempo Edipo rey, y en el Hidalgo, La orestiada, y Carmen Montejo hizo otras Troyanas, y varias compañías han representado las dos Medeas, la griega de Eurípides y su copia latina, la de Séneca; el mismo Instituto Cultural Helénico, al que se debe la Medea más reciente, montó no hace mucho Teseo, de Kazantzakis, que es el mejor autor que ha tenido Grecia desde el siglo de Pericles; una obra muy bella y digna de tener una difusión más amplia que la que tuvo. Ahora se nos presenta una Electra (la versión lírica, con música de Richard Strauss, fue un enorme éxito de la ópera internacional de Conchita de Quezada, en Bellas Artes, hace años) que nos ha tirado de espaldas; es algo formidable; no vamos a descubrir el hilo negro diciendo que Eurípides es un gran autor; pero sí diremos que lo agiganta, que lo hace brillar más, la traducción estupenda del doctor Pablo de Ballester que traduce del griego directamente, no del inglés o del francés como han hecho algunos conocidos helenistas (sí sabía griego), y que, nos parece algo pone de su ronco pecho, pues nos sonó a nueva en muchos pasajes obra que tenemos tan conocida; parece que está hablando para el mundo de hoy Eurípides cuando hace decir a Electra: “no se diga que la vida de ningún tirano ha sido breve”, o a Clitemnestra al contestar con varios sonoros síes a la pregunta de si “se puede matar al rey”. Si a Beaumarchais se atribuye haber sugerido ideas para la Revolución Francesa con sus moderadas comedias El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro, Eurípides vendría a ser el promotor de muchas revoluciones más recientes, si en verdad escribió frases como las que el doctor de Ballester le atribuye y que Cromwell o Robespierre habrían suscrito.

Formidable la escenografía de Julio Prieto, que con ella podría aspirar al premio, si no lo tuviese ya ganado con la de El fantasma de la ópera. Magnífica la dirección de Pepe Solé, que es de entre todos nuestros directores uno que sí sabe el terreno que pisa, que ha estudiado, que se compenetra del espíritu de cada obra, logra actuaciones eminentes no sólo de los artistas eminentes, sino también de otros de menor experiencia. Basta como muestra una escena, la de la anagnórisis, que sacude de emoción al público, pues la han cargado de electricidad sus intérpretes, Miguel Maciá, Susana Alexander y Héctor Bonilla. Sacude, verdaderamente, estremece. Esto, dentro de una obra toda ella cargada de fuerza, como si se desarrollara dentro de una nube de tormenta.

Nos asombró, aunque bien conocida la teníamos, Susana Alexander, con un papel de gigante, todo en tono mayor, intenso, de muchísimos voltios. Exacta de actitud, de gesto, y vigorosa de voz y de intención; al grado de que llegó un momento en que pensamos: ¿qué tiene ya que hacer la Guilmain, si esta actriz ya se ha robado la obra? Pero, para nuestra gran sorpresa, cuando aparece Ofelia, ya al final de la pieza, y para una sola escena, sentimos la impresión de que una diosa hubiera bajado del cielo. Majestuosa, bellísima, la Guilmain impone, con su presencia primero, con su voz incomparable después, al decir sus sibilinos parlamentos, que son pocos, pero no tienen desperdicio, pues todos están en tono mayor, impone, aterra, acobarda esta actuación olímpica. Si de la Montoya, que fue genial, se dijo alguna vez que cuando pronunciaba en escena las palabras “paso a la reina” se hacía pipí la taquillera, allá fuera, de Ofelia Guilmain en el papel de Clitemnestra puede asegurarse que hace a los espectadores tragarse la dentadura postiza y despegarse de la butaca, y por la noche despertar en su cama, con la frente húmeda de sudor. Deja atrás todo lo que ha hecho; si cuando mató a sus hijos estuvo ciclópea, ahora que sus hijos la matan a ella alcanzan el plano de la sublimidad.

Se achican, ante estas proporciones, aunque estén excelentes, el magnífico Héctor Bonilla, que pudo haber salido un poco más desnudo, pues tiene figura para ello, y el impecable Miguel Maciá y Roberto Rivero y Patricio Castillo, que hace un mensajero que, toda proporción guardada, no desmerece del recuerdo del que en Los persas hacía Vittorio Gassman, que es uno de los mayores actores de nuestra época. Bien entonado y bien movido está el coro, en el que sobresale la voz fuera de serie de Lucía Guilmain; bien echadas las luces. Un gran espectáculo, que honra a todos los que en él han intervenido, y a la ciudad a la que es dado presenciarlo, y que ojalá lo retenga mucho tiempo en escena, para enriquecimiento de nuestra cultura y afinación de nuestro gusto.