FICHA TÉCNICA



Título obra El fantasma de la ópera

Notas de Título basada en la novela de Gastón Senovia

Autoría Raúl Astor

Dirección Raúl Astor

Elenco Karibia Garzón, Tomás Seijas, Chela Nájera, Bárbara Ramson, Oscar Servín, Jorge Fink, Mónica Serna, Lucía Méndez, Julio Alemán

Coreografía Jerry Brentte

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Éxito de El fantasma de la ópera de Raúl Astor]”, en Siempre!, 1 septiembre 1976.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de septiembre de 1976

Columna Teatro

Éxito de El fantasma de la ópera de Raúl Astor

Rafael Solana

Ha sido dicho aquí, y no una sola, sino varias veces, que si bien consideramos un triunfo para el teatro mexicano el que se pongan aquí, tan perfectamente como una copia al carbón de las respectivas producciones originales, obras del género comedia musical imitadas de las que tienen éxito en Inglaterra o en Nueva York (My fair lady de Londres se parecía como una gota de agua a otra Mi bella dama, de Manolo Fábregas) mayor todavía sería nuestra satisfacción el día en que, en vez de ir a Broadway o a la Gran Bretaña Manolo o Julissa para ver qué copian, de allá vinieran los empresarios a ver alguna obra mexicana, y de aquí se la llevaran para sus teatros.

Ese día, el del estreno en Nueva York o en el Reino Unido de una comedia musical mexicana, todavía no ha llegado, pero ya no está lejos; ya existe la obra digna de ello, ya ha sido estrenada aquí, y ya vino un empresario neoyorquino, a verla, ya oyó las aclamaciones con que fue recibida por el público. Es decir, ya está hecha la mayor parte.

En 1934, cuando Cipriano Rivas Cheriff, director español, que vino a la cabeza de la compañía de Margarita Xirgu que nos dio a conocer el nuevo teatro de España, el de Federico García Lorca y el de Alejandro Casona, nos dijo en una conferencia que la obra cumbre del teatro español era Don Juan Tenorio, nos quedamos de una pieza los estudiantes que tal enormidad escuchamos. Entonces... ¿El alcalde de Zalamea? ¿Fuenteovejuna? ¿La vida es sueño? No sabíamos cómo interpretar ésta que nos parecía una boutade; ¿Y La malquerida? ¿Y Los intereses creados? ¿Y Un drama nuevo? ¿Y Locura de amor?

Rivas Cheriff explicaba así su sorprendente aserto de la misma manera que un poema tiene que ser poético (más que didáctico, que religioso, que social, etcétera), y una novela novelesca (más que política, etnográfica, educativa, o cualquier otra cosa) así el teatro tiene que ser teatral; qué bueno que sea además poético, como el de García Lorca, social, como el de Dicenta, místico, como el de Calderón, satírico, como el de Bretón, psicológico, como el de Benavente, o todo lo demás que se nos pueda ocurrir pero las teatrales han de ser sus principales virtudes; y qué duda cabe de que, visto así, Don Juan Tenorio, que como poesía es puro ripio, como moraleja es incierta, como psicoanálisis es poco convincente, resulta una pieza brillantísima, que por más de un siglo ya, tiene el aplauso de públicos numerosos, y no sólo los compuestos por selectas minorías.

Pues bien: esto viene a nuestra memoria porque acabamos de ver una obra mexicana (de autor radicado en México, incorporado desde hace años a nuestro quehacer teatral, a nuestros espectáculos) que, si no es poesía pura, si no es mensaje social, si no es estudio de caracteres, es teatro ciento por ciento, de la primera escena a la última, y está construido teatralmente, como por un maestro, y mantiene al público sin parpadear, sentado en la orilla de la butaca, y resuelve todos los problemas escénicos, y utiliza en sabias dosis los más diversos ingredientes, todos sápidos, todos sustanciosos; esa obra admirable, sólida, inatacable, es la comedia musical El fantasma de la ópera(1), nada aquí como una prueba, irrefutable, contundente, de que tenían razón quienes sostenían que podía hacerse en México ese tipo de teatro tan bien como pueda hacerse en cualquier otra parte.

El fantasma de la ópera, para decirlo de una vez, es una comedia musical no solamente tan buena como cualquiera importada, sino mejor que todas, con la sola excepción de Mi bella dama, que es una joya, de Jesucristo superestrella, que en realidad es una ópera, y, si acaso, y eso nada más por la música, de Violinista en el tejado y El hombre de la Mancha; todas las demás, y pongan ustedes los nombres que quieran, de las que todavía están en cartel o de las que ya no están, no les sirven ni para el arranque. Como obra de teatro es infinitamente superior a todas, a veces tan infantiles, tan simplonas, o tan rebuscadas; como espectáculo, tiene más malicia que ninguna; se mezclan en ella, en medidas justas, la comicidad, la intriga, el suspenso, el drama, el horror, la ternura, el romanticismo, el aparato escénico. La música, con ser lo menos bueno, es no solamente aceptable, sino plausible; la escenografía, de Julio Prieto, es formidable; en ninguna parte la habrían hecho mejor; ni Suzane Lalique en París, ni los checos, ni los polacos; dirán los demás escenógrafos, a quienes cruelmente despoja este año de toda posibilidad de aspirar al premio, que así será bueno, pues habrá gastado medio millón (o más, eso salta a la vista); el caso es que se trata de unos decorados que dejan al público sin aliento; hay cuadros que arrancan ovaciones, y todo funciona a la perfección, sin un segundo de pérdida en los cambios; se da crédito a un constructor, carpinteros, electricistas, pintores; pero nosotros, que sabemos cómo trabaja Prieto, cómo vigila personalmente cada detalle, todo el mérito se lo concedemos a él.

Hay una coreografía, de Jerry Brentte, que es muy oportuna, muy medida; la obra no está coreografiada con exceso, hasta parecer una pamplonada, o una estampida de búfalos, o un 12 de diciembre en el atrio de la Basílica, sino tiene baile donde puede tenerlo, y ése es bueno; se luce el corps de ballet, y en singular Karibia Garzón y Tomás Seijas, que lo encabezan.

Recomendamos también el sonido; casi siempre hay problemas en esta clase de espectáculos, porque o no se oye nada de la tercera fila para atrás, o micrófonos indiscretos vociferan, como con Imelda Miller; aquí no se da ninguno de los dos extremos; todo se oye, y se oye agradablemente; otro acierto.

Todas las actuaciones y son muchas, son correctas; el director escénico, aunque bien lo merece, si se da crédito, es el propio autor, Raúl Astor; ha utilizado con habilidad gran pluralidad de entradas y salidas, por atrás, por delante, por debajo, por arriba, por la izquierda, por la derecha, por la sala (donde también la araña toma su parte); los bailarines hablan, los actores bailan, o cantan; destaquemos, sin embargo, a unos cuantos artistas; excelente está Chela Nájera, cómicos y simpáticos Bárbara Ramson, Oscar Servín y Jorge Fink, este último en un papel que en él es nuevo; Mónica Serna está sencillamente sensacional; su papel se parece a alguno que ya haya hecho antes, pero muy bien hecho; no exageramos al decir que ella se roba la primera mitad del espectáculo. En la segunda, crece Lucía Méndez, actricita que, en el cine, no nos había llamado la atención, y en la televisión tampoco; ella no solamente cumple, sino brilla, cuando su papel se agranda, en la segunda parte de la obra. Muy merecidos los aplausos que la premian; de otras jovencitas que hemos visto debutar en obras de este tipo, recientemente, es la señorita Méndez la que nos parece más adelantada y más prometedora.

En cuanto a Julio Alemán, parecía inexplicable que hubiese aceptado encabezar la compañía, en un papel que, fuera de ser el titular, no le dio ocasión alguna de lucimiento en el largo primer acto; a tal grado que, pensamos, los días de dos funciones, en que esté fatigado, podrá hacer Alemán que cualquiera lo doble en toda esta parte de la obra; pero en el segundo acto tiene ya mayor actividad, y una escena que es básica, la clave de la obra, en la que Julio no solamente actúa con sinceridad, con emoción, con ternura, cualidades que le hacen apoderarse de las simpatías del público, sino, además, canta excelentemente, cosa con la que no nos sorprende, pues ya varias veces lo hizo en otras obras, aunque nunca con el gran éxito que alcanza en esta ocasión. Para Alemán, que pasó sin dar color por toda la primera parte del espectáculo, es la más clamorosa de las largas ovaciones que se producen al cerrarse el telón.

Pero todavía nos queda alguien a quien hemos dejado para el final, el autor-director de la obra; no solamente ha escrito la pieza, sino creado el espectáculo y con esto se pone en primera fila entre quienes en México tales cosas hacen, una y otra. Es Raúl Astor, ningún desconocido, aunque como actor no ha hecho una impresión profunda. Hombre de teatro cabal, puesto que organiza, imagina, escribe, dirige y actúa, constituye una deslumbrante revelación; aunque lo tengamos sabido de memoria desde tantos años. Algo tocará a México, es decir, al teatro mexicano, cuando Astor aparezca delante de una cortina, en un teatro de Broadway, o en uno de Londres, al estrenarse allá, como pensamos que tendrá que ocurrir, su fantasma de la ópera.

Una última sorpresa nos llevamos, hojeando el programa al descubrir los “precios populares” que han sido señalados a este espectáculo teatral de excepción, puesto que los boletos más caros cuestan apenas 60 pesos; por menos hemos pagado (el público, queremos decir) 200 o 300 en Bellas Artes. Pensábamos que aquí costaría 100 pesos la luneta, lo que estaría sobradamente justificado. A 60, es tan heroico ponerla, como lo fue en el Manolo Fábregas, hace 15 años, poner allí mismo Mi bella dama.


Notas

1. Fue anunciada como “Misterio musical original de Raúl Astor basado en la novela de Gastón Senovia". P. de m. A: Biblioteca de las Artes.